su 60 aniversario, añadió Belgrave, “nos encontramos en medio de la mayor y más compleja
crisis de seguridad alimentaria de los tiempos modernos”.
De hecho, el GRFC solo se publica desde hace siete años, desde 2016, pero ya ha
documentado un gran aumento en la cantidad de personas que sufren las peores formas de
hambre desde entonces. En aquel año, el número de personas que padecían hambre en fase 3 o
superior era menos de la mitad del actual: 105 millones.
En 30 de las 42 principales situaciones de crisis alimentaria analizadas en el informe, más de
35 millones de niños menores de cinco años sufrían emaciación o malnutrición aguda, y 9,2
millones de ellos padecían emaciación grave, la forma de desnutrición que pone más en
peligro la vida y una de las principales causas del aumento de la mortalidad infantil.
Parte del crecimiento de la cifra de hambre severa en el último informe de la GRFC refleja
también un aumento en las poblaciones de los países analizados.
Pero el hecho de que la proporción de personas en esos países que experimentan inseguridad
alimentaria aguda subió a 22,7 % en 2022, respecto a 21,3 % en 2021, demuestra que la
situación está empeorando significativamente con independencia de factores demográficos.
El informe señala que los principales impulsores de la inseguridad alimentaria aguda y la
malnutrición son las crisis económicas, los conflictos y los fenómenos meteorológicos
extremos, que están aumentando debido a la crisis del clima.
Según el GRFC, las crisis económicas fueron los principales factores el año pasado, aunque los
límites entre estos factores son difusos, ya que los tres se afectan mutuamente: por ejemplo, el
cambio climático aviva los conflictos, y los conflictos generan crisis económicas.
E
n
2022,
las repercusiones econó
m
icas de la pandemia
,
del virus de la in
m
unodeficiencia hu
m
ana
y el síndro
m
e de in
m
unodeficiencia adquirida
(VIH/
sida
)
y de los efectos de la guerra en
U
crania
fueron los principales i
m
pulsores del ha
m
bre
,
sobre todo en los países
m
ás pobres del
m
undo
.
E
llo obedeció principalmente a su gran dependencia de las importaciones de alimentos e
insumos agrícolas.
El problema central es que gran parte de la población mundial es vulnerable a estas crisis
extremas, en parte porque han sido insuficientes los esfuerzos para reforzar la resistencia de
los agricultores pobres de las zonas rurales y luchar contra la inseguridad alimentaria.
El GRFC señala que las naciones y la comunidad internacional deben centrarse en una
asistencia humanitaria más eficaz, que incluya acciones anticipadas y redes de seguridad que
respondan a las crisis. También deben aumentar las inversiones para abordar las causas
profundas de las crisis alimentarias y la malnutrición infantil, haciendo que los sistemas
agroalimentarios sean más sostenibles, resistentes e inclusivos.
“La lucha mundial contra el hambre está retrocediendo, y hoy el mundo se enfrenta a una crisis
ali
m
entaria de proporciones sin precedentes
,
la
m
ayor de la historia
m
oderna”, afirmó Belgrave.
“Millones de personas corren el riesgo de que se agrave el hambre a menos que se actúe ahora
para responder juntos -y a escala- a los motores de esta crisis”, dijo el portavoz del PMA.
Remarcó que “la vida es cada día más difícil para los más vulnerables del mundo y los logros
en materia de desarrollo conseguidos con tanto esfuerzo se están erosionando”.
“El PMA se enfrenta a un triple desafío: el número de personas que padecen hambre aguda
sigue aumentando a un ritmo que es improbable que la financiación pueda igualar, y el coste
de la prestación de asistencia alimentaria ha alcanzado un nivel sin precedentes debido al
aumento de los precios de los alimentos y el combustible”, reflexionó.
P
uso co
m
o un eje
m
plo a seguir el de
“
países como
S
o
m
alia
,
que han estado al borde de la ha
m
bruna
,
la comunidad internacional, en colaboración con el gobierno y sus socios, ha demostrado lo
que se necesita para sacar a la gente adelante”. Pero remarcó que “no basta con mantener a la
gente con vida”. “Tenemos que ir más allá, y esto solo puede lograrse abordando las causas
subyacentes del hambre y centrándonos en desterrar la hambruna para siempre”, planteó.
“Debemos trabajar en dos frentes: salvar a aquellos cuyas vidas están en peligro y sentar las
bases para que las comunidades aumenten su resiliencia y satisfagan sus propias necesidades
alimentarias”, concluyó.