dio lugar a un tipo específico de creyente: personas preocupadas sobre todo por su
“santificación personal”, por cumplir preceptos religiosos, asistir con frecuencia a
misas y procesiones, confesarse, comulgar, rezar, ayunar, y en algunos casos, buscar
la guía de un director espiritual. Sin embargo, ese tipo de religiosidad, tan centrada en
lo individual y en lo ritual, suele vivir de espaldas a la realidad humana. En el mejor
de los casos, puede incluir limosnas ocasionales o participación en obras de caridad
—como las que organiza CÁRITAS—, pero rara vez se cuestiona ni se enfrenta a las
estructuras sociales que generan la pobreza, la marginación o la desigualdad.
Jesús no vino a instaurar ese tipo de religiosidad vacía. Esa forma de búsqueda
espiritual habría resultado muy conveniente para el joven del que habla el Evangelio,
quien no se atrevió a seguir a Jesús debido a lo que implicaba respecto a la riqueza. El
verdadero seguimiento del Maestro exige un compromiso radical de confrontación y
rechazo frente a los valores que sostienen esta sociedad basada en el mercado y la
propiedad privada. Los sacramentos del bautismo y la eucaristía, instituidos por Jesús,
tienen una clara intención de denuncia y oposición a la desigualdad inherente al
sistema clasista dominante. Sin embargo, esa dimensión transformadora del llamado
de Jesús está siendo ignorada bajo la ritualización impuesta por la liturgia clerical.
Tal modelo de religiosidad cultual requiere, además, un personal especializado que la
administre: una jerarquía clerical encargada de organizar y presidir las celebraciones,
de consagrar, perdonar, predicar y otorgar los sacramentos. Esta clase sacerdotal
disfruta de un estatus superior dentro de la comunidad, asume roles prominentes en
los actos litúrgicos, y encuentra en la estructura eclesial una vía para su promoción y
ascenso. Es significativo que muchos de sus privilegios giren en torno al
mantenimiento de templos, santuarios y ritos.
No fue eso lo que Jesús quiso instaurar. En su tiempo, ya existía un sistema religioso
dirigido por un estamento sacerdotal, y su relación con él fue crítica, cuando no
abiertamente conflictiva. A esos dirigentes religiosos los llamó “ciegos que guían a
otros ciegos”. No buscaba Jesús perpetuar ese esquema, sino superarlo. Los
seguidores de Jesús, según el espíritu del Evangelio, se sienten convocados a cambiar
radicalmente el mundo. Les resulta inaceptable que persistan las desigualdades y
opresiones que dividen a hombres y mujeres, a ricos y pobres, a pueblos enteros. Su
organización comunitaria no gira en torno al culto ni a la liturgia, sino a la acción
transformadora y liberadora.
Por eso, la reunión de la comunidad de seguidores de Jesús no debería tener un
carácter ritualista, sino vivencial y participativo. La lectura del Evangelio y la
celebración de la eucaristía deben rescatarse del marco litúrgico formal en el que
fueron encapsuladas, para recuperar su sentido original: concienciar a las personas
sobre la misión liberadora que Jesús les encomienda.
No necesitamos lamentarnos por el declive de ciertas formas alienantes de
religiosidad. Lo que debe inspirarnos es la esperanza de poder caminar hacia una
forma de seguir a Jesús más fiel a su mensaje: una fe viva, comprometida con la
justicia, el amor y la dignidad de todos los seres humanos.