ante fenómenos migratorios que, lejos de ser perjudiciales, resultan esenciales para
sectores como la agricultura o los servicios.
La historia enseña que estas dinámicas ya condujeron hace un siglo al ascenso del
fascismo en Europa. Para no repetir los mismos errores, es esencial formar ciudadanos
críticos, informados y capaces de diferenciar entre hechos y manipulaciones, entre
soluciones reales y consignas destructivas. La educación en valores democráticos y en el
respeto a la diversidad cultural no es solo un asunto político: es un deber ético que nos
compromete a todos como sociedad.
A lo largo del tiempo, las élites han utilizado el miedo y los prejuicios para manipular a
las mayorías, recurriendo a estas estrategias en momentos de crisis para sembrar
división. Así ocurrió en la Alemania de entreguerras, cuando el nazismo canalizó la
frustración provocada por el desempleo, la inflación y la humillación tras la Primera
Guerra Mundial hacia las minorías, en especial el pueblo judío. Hoy, ciertos grupos
neofascistas replican el mismo esquema: en lugar de señalar las causas reales del
malestar social —como los bajos salarios, la dificultad para acceder a la vivienda, el
deterioro de los servicios públicos o el debilitamiento del Estado del bienestar— culpan
a los inmigrantes, provocando enfrentamientos entre los propios sectores desfavorecidos.
Esta táctica divide a los más vulnerables y desvía la atención de los verdaderos
responsables: las élites económicas y políticas a las que, en realidad, estos grupos
protegen. Su discurso, lejos de aportar soluciones, se basa en un nacionalismo
excluyente y una xenofobia que alimenta la desconfianza y el rechazo. No es una
reacción espontánea, sino una estrategia calculada para instaurar un sistema autoritario
que se sostiene en el miedo y la división.
E
n la era digital
,
este proyecto encuentra nuevos
m
edios de difusión en las redes sociales,
que priorizan los mensajes virales y emocionales, favoreciendo la propagación de bulos.
Estas narrativas, consumidas sobre todo por jóvenes sin suficientes herramientas críticas,
minan los cimientos de la democracia y dificultan el acceso a una información veraz,
restando a la ciudadanía su capacidad para comprender y transformar su realidad. Como
en otros momentos históricos, el peligro no está solo en quienes promueven estos
discursos, sino también en quienes los toleran sin cuestionarlos. Siempre que se permite
que el odio se normalice, toda la sociedad acaba pagando el precio.
P
reocupa la actitud de quienes dicen defender la
“E
uropa cristiana
” m
ientras rechazan a los
in
m
igrantes
,
contradiciendo los valores del
E
vangelio
,
que llama a acoger al extranjero.
L
a
m
entable
m
ente
,
algunos obispos e instituciones eclesiales si
m
patizan con la ultraderecha
,
olvidando que
J
esús se identificó con el extranjero y el
m
arginado
,
y que la verdadera defensa
de la cultura cristiana consiste en vivir según sus enseñanzas
. L
a credibilidad de quienes
apelan a la
“E
uropa cristiana
”
se des
m
orona cuando esa defensa se usa co
m
o pretexto para
rechazar al inmigrante
. E
sa postura choca con el
E
vangelio
,
basado en la acogida
,
la co
m
pasión
y la dignidad de toda persona
,
especial
m
ente el extranjero y el
m
arginado
. L
a parábola del
B
uen
S
a
m
aritano enseña que quien actúa según la voluntad de
D
ios no es el religioso sino el
que practica la
m
isericordia
. “F
ui extranjero y
m
e acogisteis
”
recuerda que la hospitalidad no
es sólo una opción
m
oral
,
sino una exigencia espiritual
. L
a
I
glesia ha de alzar la voz cuando
el odio se disfraza de patriotis
m
o cristiano
. C
onfundir el
m
ensaje del
Jesús con ideologías
extre
m
istas desacredita la fe y desvirtúa su testi
m
onio
. U
sar al
m
igrante co
m
o pretexto va en
contra de la
m
isión profética de la
I
glesia. Defender la civilización cristiana no significa
levantar muros, sino vivir los valores de Jesús: misericordia, verdad y justicia social. El
Evangelio es una invitación universal a la fraternidad.