Todo colectivo que se organiza lo hace en función de alguna tarea o cometido a
realizar. En el caso de nuestra Comunidad de Cristianos de Base, el objetivo se
centra en vivir el Evangelio de una manera radical, fraterna y comprometida con la
transformación social. Ello comporta buscar ser focos de evangelización y motor
de liberación, haciendo presente y actuante la misión de la Iglesia en la
construcción del Reino de Dios en la Tierra.
Es claro que la realización de ese cometido no puede ser algo de carácter interno de
la organización, sino que comporta vocación de trasladar un mensaje al público,
dentro y fuera de la Iglesia. Vivimos en una realidad eclesial y social que postula
una vigorosa contestación, a la luz del Evangelio. Nuestros medios de difundir el
mensaje que nos interpela son este boletín y nuestra página de Internet.
E
n este nú
m
ero del boletín aborda
m
os problemas y cuestiones de interés y urgencia
en la sociedad y la
I
glesia
. Co
nsidera
m
os necesario difundir un infor
m
e de
CARITAS
que enu
m
era y aborda graves proble
m
as sociales
:
altas tasas de desigualdad econó
m
ica
,
precariedad laboral, escasez de viviendas, deficiencias en el sistema educativo,
instrumentalización política de la desconfianza y el miedo a colectivos, como el de
los inmigrantes, que se rechazan o se pretende marginar… Y también, y sobre todo,
la ofensiva que se realiza sobre los servicios públicos y la intervención estatal. En
este número dedicamos especial atención al deterioro de la Sanidad Pública.
En el ámbito eclesial, tenemos los problemas de siempre, que la institución, quizá
precisamente por su carácter institucional, no puede, no sabe, o no quiere afrontar
debidamente. Nuestra manera de enfocar el asunto no es rupturista ni secesionista.
La propia Iglesia es consciente de sus carencias, como atestigua el hecho de que
convoque Concilios y Sínodos para afrontar su problemática. Pero, decepcionante-
mente, esas asambleas se saldan con ampulosos documentos y declaraciones que
no se traducen en las reformas necesarias. Precisamente, de la infructuosidad del
Concilio Vaticano II nació, como crítica respuesta, la Teología de la Liberación
que inspira las comunidades de cristianas populares, como los grupos de
Cristianos de Base de nuestra ciudad.
En este número del boletín presentamos algunos textos que se refieren a esa
problemática eclesial de reducir la acción del colectivo cristiano a lo meramente
religioso en vez de al objetivo, trazado por Jesús, de construir en este mundo un
Reino distinto de los de este mundo. Que nuestra insistencia sobre estos temas sirva
de convocatoria, para acompañarnos en esta tarea, a quienes, en nuestra ciudad, se
sienten interpelados por nuestros objetivos, y a quienes reciben este boletín, lo
difundan si consideran digno e interesante su contenido.
B
oletín nú
m.
82
- 19
de novie
m
bre de 2025
Marciano Sánchez Bayle
Médico y portavoz de la Federación de Asociaciones en Defensa de la Sanidadblica
L
a
S
anidad pública es un servicio funda
m
ental para la población porque garantiza el derecho
y el acceso de toda la población a prestaciones sanitarias de calidad,
sin barreras econó
m
icas
y permite una sanidad universal y de calidad a la que tienen acceso todos/as de acuerdo con
su necesidad sin que la situación económica sea una barrera de acceso. En esencia se trata
de dar a toda la población servicios sanitarios según sus necesidades y recibir, en su
financiación, de acuerdo con sus posibilidades, un gran acuerdo social en el que los más
sanos y con mejor situación económica hacen un esfuerzo solidario con las personas más
enfermas y con menos recursos. Al final, una base de la justicia y la democracia social, por
eso es clave su mantenimiento y por eso todos los organismos internacionales (ONU, OMS,
etc) defienden la importancia de potentes servicios sanitarios públicos como garantía de la
convivencia, de la salud, la sostenibilidad y el desarrollo social y económico.
P
or eso nuestro siste
m
a sanitario tiene tan buen aprecio internacional y es envidiado en general
en casi todos los países del
m
undo
,
y en las comparaciones internacionales se sitúa en los 10
pri
m
eros puestos del
m
undo.
P
or eso precisa
m
ente ta
m
bién
,
es evidente la irresponsabilidad de
quienes han jugado a deteriorarlo
,
recortar sus estructuras
(
en
A
tención
P
ri
m
aria
,
en hospitales
,
en personal
,
en medios, etcétera) y en privatizarlo con la excusa de una supuesta eficiencia
del sector privado que nunca se ha demostrado, ni en España ni en ningún país del mundo.
L
a pasada crisis sirvió de excusa para recortar los fondos del siste
m
a sanitario público que
aún están por recuperarse
,
y esos recortes se concretaron en una dis
m
inución i
m
portante de
los trabajadores de la
S
anidad
P
ública
(m
ás de
55.000
en el
m
o
m
ento álgido
),
de cierres de
ca
m
as hospitalarias
(
12.079
m
enos entre
2010
y
2019
)
y un largo etcétera en el que lo
m
enor no
fue la i
m
plantación de copagos sobre los
m
edica
m
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1
,
4
m
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,
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m
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m
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edica
m
entos prescritos
,
con los potenciales efectos
lesivos sobre su salud que conlleva.
P
ero
,
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m
ás
,
se incre
m
entaron las privatizaciones
,
con lo
que se produjeron sobrecostes y se debilitó aún
m
ás los ya debilitados servicios sanitarios de
gestión blica
,
y de
m
anera general se e
m
peoró la calidad de las prestaciones asistenciales
.
T
odo ello con grandes beneficios de las e
m
presas privadas y ade
m
ás favoreciendo la presencia
hege
m
ónica en el sector de grandes
m
ultinacionales que tienen una capacidad cada vez
m
ayor
de condicionar las políticas sanitarias públicas.
E
n tér
m
inos generales este ha sido el panora
m
a,
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peorando de
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anera global la
S
anidad
P
ública
aunque con grandes diferencias entre
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sta política ha debilitado la capacidad de respuesta
del siste
m
a sanitario ante situaciones críticas
,
reales o sobredi
m
ensionadas
,
porque ya está fun-
cionando de manera habitual al límite de su capacidad. La epidemia actual lo está poniendo
de relieve, los centros sanitarios públicos, especialmente allí donde la política de recortes y
privatizaciones ha sido más agresiva, como sucedió en Madrid, están siendo sometidos a un
muy duro estrés que les está llevando a situaciones límite, que se están sobrellevando
gracias a la dedicación y el esfuerzo de los profesionales sanitarios que hacen gala de una
entrega que es de agradecer y que la sociedad debería recordar cuando pase la crisis.
P
arece una ironía
,
si no fuera real
m
ente un insulto que la
adicta a los atascos
que preside la
C
o
m
u
-
nidad
m
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B
argueño
,
uno de los
principales responsables del deterioro que hoy viven los centros sanitarios blicos de la
región
,
y que todo apunte a que sur
m
ula de afrontar la situación sea
m
ás privatización
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-
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m
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S
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P
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que cuando hay un serio proble
m
a de salud
,
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m
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-
nado
,
es el único con capacidad de respuesta
,
porque sólo la
S
anidad
P
ública es capaz de anteponer la
salud de la poblacn por delante de la rentabilidad econó
m
ica o los beneficios e
m
presariales.
TOMANDO CONCIENCIA
Este artículo se suma a los muchos que, en los últimos tiempos, abordan un tema que
despierta inevitablemente el interés público: el progresivo desmantelamiento de los
derechos sociales garantizados por la intervención estatal, comenzando por la Sanidad
Pública. La preocupación social crece ante un plan cada vez más evidente por parte de las
clases dominantes, que buscan reducir estos derechos fundamentales.
La defensa de los derechos sociales, fruto de largas luchas obreras y ciudadanas, se ha
convertido en una prioridad ineludible en el actual contexto político. Las fuerzas
conservadoras, históricamente alineadas con los intereses de quienes concentran el poder
económico, promueven un proyecto que, bajo discursos de eficiencia o austeridad, pretende
debilitar la intervención del Estado en sectores clave como la salud, la educación, la
vivienda y las pensiones.
Este mes de noviembre ha sido testigo de multitudinarias manifestaciones en todo el país,
reclamando una Sanidad Pública Universal y de Calidad. Estas movilizaciones evidencian
la urgencia de frenar un proceso que no es meramente técnico o presupuestario, sino
profundamente ideológico: se busca transformar derechos universales en servicios privati-
zados, accesibles solo para quienes puedan pagarlos.
A los sectores dominantes no les interesa mantener estructuras públicas que limiten sus
oportunidades de negocio. La privatización, la desregulación y la precarización de los
servicios públicos son herramientas de un modelo que erosiona el Estado de Bienestar y
profundiza la desigualdad. Este modelo deja a los más vulnerables en situación de
indefensión, sometidos a la lógica del mercado.
Frente a esta amenaza, es imprescindible mantener una vigilancia ciudadana constante y
una movilización activa. Pero la defensa más decisiva se juega en el terreno electoral. Es
vital distinguir entre las opciones políticas que buscan blindar los derechos sociales como
pilares de la democracia, y aquellas que, bajo retóricas técnicas, avanzan la agenda de las
élites económicas.
El voto ciudadano es la herramienta más poderosa para decidir el rumbo de nuestra
sociedad: si avanzamos hacia una comunidad más justa e igualitaria, o si permitimos que
los derechos básicos se conviertan en privilegios reservados a unos pocos.
Otro de sus discípulos le dijo: -Señor, permíteme que primero vaya y entierre
a mi padre. Pero Jesús le dijo: -Sígueme y deja que los muertos entierren a sus
muertos. (Mateo 8, 21-22)
El texto es conocido, pero su profunda enseñanza a menudo pasa inadvertida. La
respuesta de Jesús —“Sígueme y deja que los muertos entierren a sus
muertos”— no es sólo un llamado a la prioridad, sino una rotunda declaración de
que el seguimiento radical de Él constituye una alternativa de vida fundamental-
mente distinta. Dicho seguimiento se opone, o al menos relativiza, la primacía de
los deberes sociales, los ceremoniales tradicionales y el culto funeral, así como
cualquier otra forma de culto que distraiga de la acción presente.
Este mandamiento de priorizar la misión de Jesús por encima de los ritos fúnebres
parece no haber sido asumido en nuestro ámbito religioso. El contraste se me hizo
palpable el pasado 2 de noviembre (Día de los Fieles Difuntos) al asistir a la
celebración eucarística en una parroquia de mi ciudad. En su homilía, el clérigo
oficiante no sólo encomió la celebración del culto a favor de los difuntos, sino que
deploró la pérdida de la costumbre de encargar misas funerales. Su disertación se
centró en la idea de que incluso las almas salvadas deben padecer tormentos en el
Purgatorio por la pena debida a sus pecados ya perdonados, y que estos
sufrimientos sólo pueden ser aliviados efectivamente mediante nuestra oración y,
sobre todo, a través de la celebración de misas pagadas con esa intención.
Lo escuchado no era más que la doctrina tradicional, inculcada desde la infancia
en el catecismo, las aulas de religión y la predicación sistemática. Tanto los
asistentes al culto como el propio predicador, formados bajo la tutela del seminario
y la costumbre, asumían esta enseñanza como la verdad incuestionable. Sin
embargo, si el creyente se libera de esa instrucción dogmática y se atreve a leer el
Evangelio y otros textos bíblicos algo que la Iglesia institucional no fomenta,
descubre que hay pasajes, como el mencionado, que no sólo no avalan, sino que
confrontan directamente esta enseñanza tradicional.
La pregunta clave es: cuando Jesús convocaba a sus discípulos a seguirle, ¿su
intención real era que se convirtieran en participantes regulares de un culto pasivo
y descomprometido, como el observado en ese templo? La llamada de Jesús es
una interpelación, una movilización y una convocatoria a la acción. No es para
la simple adhesión a devociones; es para imitarle, para llevar a cabo Su proyecto: la
construcción activa del Reino de Dios en este mundo. Los muertos ya están en
manos de Dios; el plan de Jesús es para los vivos, especialmente para aquellos que
son víctimas de la opresión y la injusticia. Su proyecto es eminentemente
profético, destinado a entrar en confrontación y contradicción con el sistema
dominante, razón por la cual Él y los profetas fueron perseguidos.
Es precisamente a la realización de este proyecto mesiánico de confrontación
social a lo que estamos llamados los seguidores de Jesús. No obstante, la Iglesia
institucional, no profética, utiliza enseñanzas y prácticas como la doctrina del
Purgatorio y las misas de sufragio para reorientar la energía de sus fieles. Mediante
la promoción de estos cultos enajenantes, la institución consigue mantener al
personal alejado del cumplimiento de la llamada de Jesús en la calle y lo
recluye en devociones intramuros.
Esta estrategia se hizo necesaria históricamente cuando el concepto del Purgatorio
fue popularizado, no en tiempos apostólicos, sino en la alta Edad Media por figuras
como el Papa Gregorio Magno (siglo VI). Su encumbramiento se dio en un
contexto de absoluto colapso político, con el Imperio Romano de Occidente
desaparecido y la ineficaz dependencia de la corte bizantina ante la invasión
bárbara. Forzado a ser el defensor, administrador civil y proveedor de Roma,
Gregorio Magno legitimó al papado como la única autoridad efectiva. La
consolidación de doctrinas como el Purgatorio ofreció entonces a esta nueva
autoridad temporal una herramienta de influencia popular y una fuente de
ingresos (a través de las ofrendas por las misas de difuntos), reforzando la figura
del clero como mediador indispensable entre la vida y la muerte, y desviando la
atención de la lucha social inminente.
Así se inculca la preocupación primordial por la salvación eterna individual y el
alivio de los tormentos post-mortem, desviando la atención de la tarea central de
construir el Reino de Dios en el presente, luchando contra la opresión y
promoviendo la igualdad y la fraternidad. Esta estrategia, que tiene sus raíces en
conceptos extra-bíblicos (como la idea del Purgatorio y el remedio interesado de
las “misas gregorianas” que recetan para mitigarlo), sirve para neutralizar el
potencial revolucionario del Evangelio. De hecho, las personas asistentes a la
mencionada misa del Día de los Fieles Difuntos, salimos del templo sin alguna
orientación o convocatoria a hacer algo en este mundo por mejorar la sociedad,
sólo instados a rezar y encargar misas.
Debe quedar claro, no obstante, que en esta crítica no se está minusvalorando la
celebración eucarística en. Este acto fue instituido por Jesús con una función de
importancia trascendental. El problema radica, más bien, en la forma en que el rito
se ha instrumentalizado y la finalidad a la que se lo destina, lo que le impide
cumplir el objetivo radical para el que fue pensado.
En la Santa Cena, Jesús instó a sus seguidores a repetir ese gesto en recuerdo
suyo. Recordar a Jesús no puede significar un mero recuerdo afectivo, sino la
actualización de su enseñanza y su proyecto de vida. Si no fuera así, sería
superfluo leer y comentar pasajes evangélicos durante la celebración. Sin embargo,
nuestras misas introducen elementos que pervierten el sentido original: la
recitación del Credo inyecta dogmas discutibles e innecesarios que desvían el
foco de la acción evangélica. Más grave aún es que lo que inicialmente era un
ágape de hermandad se transformó progresivamente en un ritual de carácter
sacrificial, equiparándose a los cultos paganos de la antigüedad. Al adquirir una
forma puramente litúrgica y cultual, pierde su contenido de asamblea de estudio y
debate para analizar y concretar en el mundo los pasos a seguir en la realización
del proyecto del Reino de Dios que Jesús quería instaurar.
Esto es, en esencia, lo más grave. Lo que debería ser un marco de trabajo y
movilización para la acción profética en este mundo, queda reducido a un acto
estéril de piedad individual, cuyo único fin es acumular méritos para una vida
eterna futura. Con este modelo, los sistemas de dominación que persiguieron a
Jesús y a los profetas pueden estar tranquilos. La Iglesia institucional promueve un
tipo de seguidor tan acomodaticio y ensimismado que jamás cuestionará las
relaciones de poder y las estructuras de injusticia establecidas en la sociedad. A lo
sumo, su activismo se limitará a la beneficencia; en la misa antes mencionada se
realizó una cuestación para Cáritas. Si bien la caridad es una acción noble, ésta no
interpela al sistema: no le hace ni cosquillas. La caridad, separada de la lucha por la
justicia y la igualdad, se convierte en un cojín amortiguador que alivia temporal-
mente la opresión sin desmontar sus causas, manteniendo el statu quo que Jesús
vino precisamente a subvertir con la instauración del Reino.
Lamentablemente, la Iglesia que observamos parece irremediablemente modelada
por el peso de una tradición establecida por “Santos Padres” y Doctores como
Gregorio Magno, Agustín de Hipona, Juan Crisóstomo o Cirilo de Alejandría.
Estas figuras, inmensamente influyentes en la configuración dogmática y litúrgica
de los primeros siglos, sentaron las bases de una estructura que prioriza la
autoridad institucional y la ortodoxia devocional sobre la ortopraxis profética.
A pesar de los esfuerzos reformistas de concilios y sínodos modernos, esta herencia
parece haber blindado a la institución contra el cambio radical. Una Iglesia
marcada por este tipo de figuras, cuya teología consolidó el poder clerical (como en
el caso del Purgatorio) y se alejó del mensaje subversivo del Evangelio, está
esencialmente condenada a defraudar y desanimar. Para aquellos que vemos en
Jesús de Nazaret el modelo y Maestro a seguir, cuya llamada implica la confronta-
ción activa de la injusticia para construir el Reino de Dios aquí y ahora, esta Iglesia
resulta ser un obstáculo: es la institución del status quo y no el motor de la
transformación que este mundo desgraciado necesita.
“Vivimos una metacrisis”. Cáritas Española lanzó este miércoles una llamada de
atención ante el “proceso inédito de fragmentación social” que está viviendo
España y que, por primera vez, está amenazando seriamente a la clase media.
Durante la presentación de su IX Informe FOESSA, la entidad católica advirtió
cómo “tras dos décadas de crisis encadenadas, las fases de recuperación no han
cerrado la brecha y han llevado a España a contar con una de las tasas de
desigualdad más altas de Europa”.
E
l riesgo no es baladí
:
así
,
según los datos del infor
m
e
,
realizado por un equipo de
140
investigadores procedentes de universidades
,
centros de investigación
,
fundacio-
nes y
T
ercer
S
ector
,
la integración social se erosiona y la exclusión grave per
m
anece
m
uy por encima de los niveles de 2007. Así, En 2024, la exclusión severa se
sitúa un 52% por encima de 2007, afectando a 4,3 millones de personas.
Durante su intervención, la secretaria general de Cáritas, Natalia Peiro, habló de
“un momento histórico de profunda complejidad”, marcado por un fallo
sistémico del sistema, que permite que tres de cada cuatro hogares vivan en
situación de exclusión, ajustando gastos, buscando empleo, y topándose con
“barrerras estructurales”. El informe “demuestra que no fallan las personas, falla
el sistema”, añadió Raúl Flores, coordinador del mismo. “La desigualdad es lo
que genera pobreza”.
“La conclusión del informe es un golpe a nuestra promesa de igualdad de
oportunidades. La exclusión social se hereda, y es necesario actuar para
compensar las desigualdades de origen porque el código postal y la mochila
familiar pesan más que la capacidad y que el esfuerzo”, indicó Flores.
La vivienda, “un derecho fake”
Entre los principales factores de exclusión están la vivienda y el empleo. Así,
uno de cada cuatro hogares no puede considerarse digno, y el 45% de la
población que vive en régimen de alquiler se encuentra en riesgo de pobreza y
exclusión social, la cifra más alta de la UE. “El alquiler se ha convertido en una
trampa de pobreza”, constata Cáritas. “La vivienda es un derecho fake”, subrayó
el responsable del informe.
Pese a la mejora de los datos del empleo, FOESSA insiste en que “la precariedad
laboral se ha convertido en la nueva normalidad, afectando a casi la mitad
(47,5%) de la población activa”. Una situación que afecta a 11,5 millones de
personas atrapadas en diversas formas de inseguridad laboral. De hecho, más de
un tercio de la población excluida moderada o severa trabaja.
J
unto a estos dos factores
,
se su
m
an otros cuatro
,
que ejercen co
m
o
m
ultiplicadores
de la desigualdad: la educación, el origen familiar, la salud y las relaciones
sociales. El dato es rotundo: si una persona no consigue completar estudios
superiores a la ESO, su riesgo de caer en exclusión severa se multiplica por 2,7.
El segundo factor es el familiar. Así, se constata que los hijos de personas con
bajo nivel educativo tienen más del doble de probabilidades de caer en
situaciones de pobreza que los de progenitores altamente formados. En lo
tocante a la salud, el informe FOESSA muestra cómo la desigualdad también se
mide en años de vida, con elementos como la malnutrición, las listas de espera o
el acceso a una sanidad pública de calidad. De este modo, el informe denuncia
que el 6% de las familias más vulnerables que tenían una enfermedad grave no
recibió atención médica el año pasado, el doble que en el conjunto de la
sociedad. La salud mental también se resiente.
Junto a ello, Cáritas observa una “herida más profunda”, la de la soledad, que
supone “una fractura aterradora” para las personas en exclusión, cuyo nivel de
aislamiento se ha quintuplicado, pasando del 3,2% en 2018 al 16,6% en 2024.
“El informe nos alerta sobre cómo nuestro ‘escudo comunitario’, se está
debilitando justo donde más se necesita. Donde se tejen vínculos, la exclusión se
vuelve reversible; donde se rompen, la dependencia se acelera. Reconstruir esos
lazos exige reconocer lo relacional como estratégico: las políticas deben medir y
fortalecer el capital social (familia, vecindad, asociaciones) con acciones
preventivas y comunitarias”, indicó Flores.
La brecha de género también tiene un hueco en la exclusión, que sigue
penalizando a los hogares encabezados por mujeres, Del total de hogares
excluidos graves, casi la mitad están encabezados por mujeres (el 42%, más de
15 puntos porcentuales desde 2007). 7 de cada diez personas en exclusión son
españolas, aunque los datos muestran “una brecha persistente y preocupante:
casi la mitad (47,4%) de la población de origen inmigrante está en exclusión,
una tasa que casi triplica la de la población autóctona (15,3%)”, sacude el
informe. “Es una evidencia que esta irregularidad está repuntando, agravada por
la lentitud de los trámites que deja a miles de personas en un limbo, el 62% de
quienes no tienen papeles afirma estar intentando regularizarse”, especialmente
entre la población africana. “Esta falta de una política pública de integración
ambiciosa y transversal desde el primer momento es una asignatura pendiente
que genera y perpetúa la exclusión”, destacó Raúl Flores.
E
l infor
m
e ta
m
bién señala que los proble
m
as son
sínto
m
as de un
m
odelo de sociedad
que genera estructural
m
ente desigualdad
,
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. P
ara
F
lores
,
vivi
m
os
en una sociedad del desasosiego
(…),
en una sociedad ecológica
m
ente vulnerable
,
anímicamente desasosegada y socialmente desgarrada”. Junto a ello, el drama de
la huella ecológica, que en España triplica la capacidad de su territorio. O, en
otras palabras: si todo el mundo viviera como lo hace la población en España,
necesitaríamos el equivalente a 2,5 planetas. A mayor ingreso, más consumo de
las “élites climáticas” con consumos sobredimensionados.
Y es que “esta crisis climática y ecológica no es un problema aparte; es una
‘metacrisis’, una crisis sistémica y universal que atraviesa y agrava todas las
demás dimensiones sociales, económicas y políticas que hemos analizado.
Abordarlas por separado o con las lógicas actuales resulta contradictorio e
ineficaz”, destacaron los responsables del informe FOESSA.
Instrumentalizar políticamente el miedo
Un caldo de cultivo en el que la desconfianza y el miedo “se instrumentalizan
políticamente”, denuncia Cáritas, quien observa cómo se construyen identidades
excluyentes y ‘enemigos simbólicos’ para desviar la atención de las causas
estructurales
. “A m
enudo
,
se señala a la poblacn
m
igrante
,
proyectando sobre ella
m
iedos e inseguridades
,
a pesar de que los datos de este infor
m
e
,
co
m
o he
m
os repetido
,
demuestran que la exclusión no tiene su origen ni causa en la inmigración,
aunque sí algunas de sus peores consecuencias”, advirtió Raúl Flores.
T
odo ello lleva a un ca
m
bio de valores
:
si hace décadas se priorizaba la igualdad
,
ahora
se antepone la libertad personal a la igualdad social
. U
n relato que no es inocente
,
ya que
,
denuncia el infor
m
e
,
legiti
m
a la desigualdad y oculta las barreras estructurales
.
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ivi
m
os una sociedad frag
m
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,
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m
o ro
m
pe la red co
m
unitaria
y nos sla
. U
na sociedad herida que se
m
anifiesta con desesperanza
,
especial
m
ente
en las nuevas generaciones, como angustia ecológica. Cuando la conciencia del
riesgo no genera acción colectiva, sino repliegue, la esperanza se quiebra,
dejando una profunda cicatriz emocional”, alerta.
Un cambio radical de paradigma
¿Qué hacer? “Necesitamos un cambio radical de paradigma civilizatorio, un
nuevo pacto social basado en valores diferentes que ponga en el centro la
interdependencia, la ecodependencia y el cuidado. No somos individuos aislados
y autosuficientes. Dependemos los unos de los otros y dependemos de la
naturaleza”, insistió el coordinador del IX Informe FOESSA.
“Este informe nos sitúa ante una encrucijada. Podemos seguir por el camino
actual, el del individualismo, la desigualdad y la insostenibilidad, que nos lleva a
una sociedad del miedo. O podemos elegir un cambio de rumbo valiente,
construir un nuevo imaginario social basado en el cuidado mutuo, la justicia y la
responsabilidad compartida. Ese es el camino que, desde FOESSA y Cáritas,
creemos posible y necesario”, concluyó Flores.
E
l
25
de octubre de
2025
se celebró en la
B
asílica de
S
an
P
edro
,
específica
m
ente en el
A
ltar
de la
C
átedra
,
una
m
isa en rito tridentino
,
con la autorizacn expresa del
P
apa
L
eón
XIV. E
ste
hecho resulta polé
m
ico pues constituye un desafío al esritu conciliar que quiso una
I
glesia
en diálogo con el
m
undo
,
no encerrada en ritos que pueden alienar a los fieles de hoy
. D
e
hecho
,
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m
itir al
C
ardenal
R
ay
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ond
B
urke celebrar la
M
isa
tridentina
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B
alica de
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an
P
edro
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o un desafío o una tensn
directa con el esritu renovador del
C
oncilio
V
aticano
II
y su apuesta por una liturgia
m
ás
participativa
,
en lengua vercula y despojada de excesos
. S
e subraya que este per
m
iso
,
otorgado a
B
urke
una figura clave para los tradicionalistas que rechazan la refor
m
a litúrgica
, no es un mero detalle, sino un gesto de gran si
m
bolis
m
o que arriesga avivar las divisio-
nes dentro de la Iglesia, poniendo a prueba el corazón conciliar y el objetivo de unidad de
la fe
. A
unque se reconoce la conexión e
m
ocional de algunos con el rito antiguo, la
pregunta central que plantea el asunto es si esta acción es un riesgo calculado o una
peligrosa rendición a las presiones tradicionalistas.
S
i aborda
m
os una polé
m
ica
,
es necesario definir los conceptos en disputa
,
es decir, lo que
constituye el núcleo de la controversia
. L
a
M
isa
T
ridentina
,
codificada por el
P
apa
P
ío
V
en
1570
tras el
C
oncilio de
T
rento
(1545
1563) m
ediante la bula
Quo Primum
, representó una
profunda unificación y estandarización de la liturgia ro
m
ana en toda la
I
glesia
C
atólica de
O
ccidente
. S
u principal efecto fue la supresión de la
m
ayoría de los ritos locales y variantes
litúrgicas que, a lo largo de los siglos, se habían desarrollado en diversas diócesis y
órdenes religiosas. El Misal Romano de 1570, que recogía el rito tridentino, se estableció
como obligatorio para toda la Iglesia occidental, con excepción de aquellos ritos que
pudieran demostrar una antigüedad mínima de 200 años, como el rito ambrosiano en
Milán o el rito mozárabe en Toledo, aunque este último con un uso restringido.
E
l contenido del ritual i
m
puesto con la
M
isa
T
ridentina i
m
plicaba una estricta unifor
m
idad
textual y cere
m
onial
. S
e fijaron de
m
anera definitiva los textos
,
oraciones y lecturas a e
m
plear
,
y se especificaron con detalle las acciones, gestos y movimientos que el sacerdote debía
realizar en el altar, eliminando así las variaciones regionales. Aunque no se introdujo
una nueva doctrina, la liturgia se orientó de forma explícita hacia la afirmación del
carácter sacrificial de la Misa. En síntesis, más que una innovación, el rito tridentino
representó un esfuerzo de consolidación: buscaba restaurar lo que se consideraba el uso
antiguo y auténtico del rito romano, suprimiendo la diversidad litúrgica para establecer
una práctica homogénea frente a los desafíos planteados por la Reforma Protestante.
Como es sabido, el Rito Tridentino estuvo en vigor desde su codificación tras el
Concilio de Trento hasta el siglo XX. Una de las principales tareas del Concilio
Vaticano II fue abordar la forma y el significado de ese rito litúrgico para adaptarlo a las
necesidades del mundo moderno.
Las diferencias esenciales se establecen entre la Misa Tridentina (Forma Extraordinaria,
1570/1962)
y el
N
ovus
O
rdo
(M
isa de
P
ablo
VI,
1970
). E
n la
T
ridentina
,
la liturgia es casi
toda en latín, el sacerdote reza el
C
anon en voz baja y
m
ira
ad oriente
m
(
de espaldas al
pueblo
);
en contraste
,
el
N
ovus
O
rdo
usa principal
m
ente la lengua vernácula
,
el
C
anon se
procla
m
a en voz alta y el sacerdote
m
ira
versus populu
m
(
hacia el pueblo
). R
especto a las
lecturas
,
la for
m
a antigua tiene un ciclo anual con dos lecturas y una única plegaria
eucarística (el Canon Romano),
m
ientras que la for
m
a nueva usa un ciclo trienal/bienal
con tres lecturas do
m
inicales y varias plegarias
. L
a participación del pueblo es li
m
itada en
el rito antiguo y fo
m
entada activa
m
ente en el nuevo. La Comunión se recibe en la boca y
de rodillas en el rito tradicional, y en la mano o de pie también en el nuevo. Los
ministerios litúrgicos antiguos están restringidos a hombres (sacerdote y acólitos),
mientras que en el Novus Ordo pueden participar laicos y mujeres. El Saludo de la Paz
no está presente en el rito tridentino, pero en el
Novus Ordo
. Ambos ritos expresan la
misma fe, aunque la Tridentina enfatiza el carácter sacrificial y el Novus Ordo resalta
también la dimensión de banquete y asamblea.
El Concilio Vaticano II, a pesar de la apología que lo rodeó, resultó frustrante. No supo,
no pudo o no quiso afrontar todas las reformas necesarias para que la Iglesia fuera
realmente la asamblea de los se-
guidores de Jesús de Nazaret
dedicados a su proyecto mesiá-
nico. Quizás sea imposible rea-
lizar una reforma tan profunda
desde el ámbito interno de la
institución, dada su estructura
organizativa y sus normas (Có-
digos de Derecho Canónico, je-
rarquías, dogmas, etc.). En todo
caso, debe valorarse con indul-
gencia el intento de mejorar el
rito de la celebración eucarística
con las reformas enumeradas.
Es evidente que se llegó a tomar conciencia, aunque fuese con cuatro siglos de retraso,
de que el rito tridentino relegaba al pueblo laico al papel de mero asistente, y no de
participante, en la celebración.
Incluso esos cambios limitados encontraron, y aún encuentran sesenta años después del
Concilio, oposición en sectores conservadores del clero, incluidos altos grados de la
jerarquía eclesiástica. La reciente autorización del Papa para la celebración tridentina
puede interpretarse de dos maneras: como un intento de perpetuar o potenciar el antiguo
culto, o como una necesidad de contentar a sectores que buscan entorpecer o anular las
reformas. En ambos casos, la situación es lamentable y representa un bloqueo a la
dinámica reformista que, al parecer, pretendía impulsar el Sínodo de la Sinodalidad.
La capacidad de la Iglesia para una verdadera reforma genera escepticismo. Esto se debe
a que las posturas enfrentadas en la actual controversia sobre el rito eucarístico no repre-
sentan una alternativa genuina. Esta falta de opciones reales nos lleva a calificar la con-
troversia como una «polémica estéril».
Veamos. Es claro que los padres conciliares del Vaticano II percibieron con claridad que
la Misa Tridentina relegaba al papel de simples asistentes, no participantes, a los laicos
que acudían al culto eucarístico. Pero, quienes acudimos, desde hace sesenta años, a las
misas del Novus Ordo, ¿nos sentimos, realmente, más participantes que antes? Es
inevitable constatar que, a pesar de las reformas superficiales, el culto de las misas
actuales mantiene una distinción radi-
cal entre el celebrante clerical y el
pueblo laico.
El énfasis insistente en asignar a la
misa el carácter de sacrificio convier-
te la celebración eucarística en un
mero culto litúrgico y marco de de-
voción, desvirtuando así su sentido y
significado originales. Este enfoque
margina o ignora que la intención de Jesús al instituirla no fue crear un acto de culto y
devoción, sino establecer un marco de recordatorio y convocatoria para que, al rememo-
rarle a él, se recuerde y asuma la misión de trabajar en el mundo por la realización de su
proyecto de construir el Reino de
Dios. La misa cultual y litúrgica,
al ignorar este carácter de inter-
pelación y asamblea, reduce la
participación a devociones vacías
y sitúa al sacerdote como el actor
principal, investido del poder
exclusivo de realizar el sacrificio
en el altar, mientras que el laico
queda relegado a un rol pasivo de
mero asistente piadoso.
Otro punto crítico de continuidad clerical es el acaparamiento, por parte del clero, de la
función de cátedra y magisterio durante la celebración. La homilía es una función
estrictamente reservada al clero, y el pueblo laico carece de participación en la reflexión
magisterial. Esta estructura unidireccional refuerza la imagen de una Iglesia donde la
autoridad para interpretar y enseñar reside verticalmente en la jerarquía, sin mecanismos
litúrgicos que permitan al laicado ejercer la corresponsabilidad profética, como se
esperaría de una verdadera asamblea de seguidores de Jesús.
Al centrar la controversia únicamente en el formato, se ignora que la estructura de poder
y la dinámica de exclusión del laicado del centro activo del misterio (el magisterio y la
acción sacrificial) permanecen fundamentalmente intactas. La reforma se quedó a medio
camino, cambiando la forma pero manteniendo la esencia clerical.
E
n resu
m
en
,
el
V
aticano
II
apenas arañó la superficie de las refor
m
as necesarias
. L
a persis-
tente oposicn conservadora y la a
m
biedad de las posturas actuales sobre el rito eucarís
-
tico evidencian que la Iglesia sigue priorizando la Misa como un culto sacrificial clerical
antes que co
m
o la asa
m
blea de diálogo y debate de los seguidores de Jesús. La polémica
actual es una distracción formal que enmascara el fracaso de una verdadera reforma
estructural que recupere la misión profética y liberadora de los seguidores del Maestro.