C
uando nos dispone
m
os
,
una vez
m
ás
,
a celebrar la
N
avidad
,
la fiesta del naci
m
iento
de Jesús de Nazaret, conviene ir más allá del aspecto festivo y folklórico que suele
acompañar estas fechas. La Navidad puede ser ocasión para plantearnos una
cuestión profunda y audaz: repensar quién es Jesús y, por extensión, qué significa
seguirlo hoy, tanto en la vida personal como en la Iglesia y en la sociedad. En este
contexto, la pregunta sigue siendo vigente: ¿quién es ese niño de Belén y qué tiene
que decirnos en pleno siglo XXI, un mundo cargado de problemas?
L
as i
m
ágenes tradicionales de
J
esús
,
fruto de un largo proceso histórico
,
han ofrecido
respuestas diversas
,
pero hoy resultan insuficientes para sostener la vida y la esperanza
.
P
or un lado
,
está el
J
es de los dog
m
as
,
ese lenguaje
m
etafísico y abstracto que se nos
hace lejano
. P
or otro
,
está el
J
es
H
istórico
,
reconstruido por la investigación
m
oderna
,
cuyos datos son escasos y no bastan para fundar una vida de fe. La cuestión
fundamental es otra: necesitamos reencontrarnos con el Jesús que inspiraba a sus
oyentes, el que tocaba la vida de quienes lo conocieron y lo siguieron. Ni la rigidez
doctrinal ni la frialdad de los datos históricos cumplen esa función.
L
os pri
m
eros dispulos lo reconocieron por algo profunda
m
ente hu
m
ano
:
la fuerza del
amor compartido, la memoria de sus gestos y palabras, y la esperanza que encendía
en medio de la persecución, la pobreza y el miedo. Lo confesaron como el profeta
que les daba sentido para resistir cuando todo parecía perdido. Si bien es cierto que
esta experiencia simple se transformó con el tiempo en fórmulas complejas, lo que
permanece inalterable es el impacto de Jesús sobre quienes debían afrontar
problemas reales y urgentes. Ellos encontraron en él una razón para resistir, para
mantener viva la esperanza y para creer que la vida podía ser transformada.
Esa misma fuerza puede y debe inspirarnos hoy. Vivimos en un mundo marcado
por guerras que desgarran pueblos, desigualdades que excluyen a millones, crisis
climáticas que amenazan el futuro y migraciones forzadas que ponen a prueba
nuestra solidaridad. No se trata de repetir fórmulas antiguas, sino de descubrir
cómo su mensaje de compasión, justicia y fraternidad puede ayudarnos a enfrentar
las heridas del presente.
El corazón de ese mensaje, el plan de vida que Jesús ofreció a la humanidad, se
encuentra destilado en el Sermón de la Montaña, especialmente en las Bien-
aventuranzas. Este texto no es una lista de promesas fáciles, sino un mapa ético
para vivir de manera opuesta a la lógica dominante del mundo. Las Bienaven-
turanzas nos invitan a:
B
oletín nú
m.
83
- 20
de diciembre de 2025
S
er pobres de espíritu
:
E
s decir
,
a vivir desapegados del poder y la acu
m
ulación
,
asu-
m
iendo nuestra dependencia y fragilidad
. E
n un
m
undo obsesionado con el éxito y la
riqueza material, este valor denuncia la avaricia que alimenta la desigualdad global.
Llorar con los que lloran y tener hambre y sed de justicia: Jesús valida el dolor
de los que sufren las injusticias y nos llama a un compromiso activo para restaurar
el orden ético y social. Es una protesta radical contra la indiferencia ante la
exclusión, la explotación y la violencia que perpetúan los conflictos.
Ser mansos y misericordiosos: Esto no es debilidad, sino la fortaleza de quien
elige la no-violencia y la compasión frente a la agresión y la venganza. Es la
enseñanza crucial para tiempos de polarización y guerra, recordándonos que la paz
verdadera se construye con perdón y entendimiento, no con dominación.
Ser limpios de corazón y pacificadores: Nos insta a la coherencia interior y a ser
agentes activos en la construcción de la paz. Los pacificadores, los constructores
de puentes, son llamados hijos de Dios, marcando la paz como el criterio
fundamental para la vida humana y social.
Aceptar la persecución por causa de la justicia: Es el reconocimiento de que
vivir de acuerdo con estos valores puede significar ir a contracorriente de las
estructuras de poder injustas.
P
ero quizás la enseñanza
m
ás práctica y desafiante sobre el significado de la fe en la
vida diaria es la
P
arábola del
B
uen
S
a
m
aritano
. A
tras de esta historia
, J
esús responde
a la pregunta crucial: ¿quién es mi prójimo? Y su respuesta es revolucionaria. La
parábola narra cómo un hombre, apaleado y abandonado en el camino, es ignorado
por un sacerdote y un levita, figuras que representaban la religiosidad oficial y el
cumplimiento estricto del culto del Templo. Sus obligaciones rituales o su miedo a
contaminarse los detienen, priorizando el rito sobre la vida humana. En contraste,
el samaritano, un extranjero y hereje para los oyentes de Jesús, es el único que se
detiene, se conmueve, le presta asistencia inmediata y se hace cargo de los gastos.
La lección es ineludible: la verdadera fe se mide por el nivel de nuestra compasión
activa. Jesús nos enseña que el culto verdadero no se celebra dentro de las paredes
sagradas, sino al lado del necesitado, del maltratado y del excluido en el camino.
Este mensaje sacude los cimientos de cualquier religión que anteponga la obser-
vancia formal a la urgencia del dolor ajeno.
E
n tie
m
pos de incertidu
m
bre global
,
el
m
odelo de
J
esús nos invita a i
m
itarlo en los gestos
de a
m
or y solidaridad que sostienen a quienes sufren
,
convirtiéndonos en sa
m
aritanos
para los
m
illones de
“m
altratados en el ca
m
ino
que son hoy los
m
igrantes
,
las cti
m
as
de guerra y los
m
arginados por la pobreza extre
m
a
. L
a
N
avidad
,
entonces
,
no es sólo
memoria de un nacimiento lejano, sino oportunidad para reimaginar a Jesús como
compañero de camino en medio de nuestras crisis. Es un llamado a que su mensaje
de esperanza activa y compromiso transformador nos inspire a ser esa luz en el
mundo desgarrado, cumpliendo con la vocación de amor y justicia que él encarnó.
Tiempo de Adviento, tiempo de esperanza, tiempo de espera: ¿Qué
esperamos los que, con la Iglesia, hemos entrado en los caminos del
Adviento?
En la liturgia del primer domingo, esa esperanza se llamaba “monte del
Señor”, “casa del Dios de Jacob”, “ley del Señor”, “palabra de Dios”, y ésos
eran nombres que reconocíamos verdaderos para Cristo Jesús nuestro Señor,
para aquel Hijo cuyo nacimiento nos disponemos a celebrar.
En este segundo domingo, la esperanza se llama “renuevo” y “vástago”,
y la palabra del profeta nos dice que, sobre esa esperanza, sobre ese
“renuevo”, sobre ese “vástago”, se posará el espíritu del Señor, que es
“espíritu de sabiduría y entendimiento, de consejo y fortaleza, y de ciencia y
temor de Dios”.
Y se nos dirá también que ese “renuevo” brotará “para juzgar con justicia a
los pobres”, y que ese “vástago” florecerá para “sentenciar con rectitud a los
sencillos de la tierra”.
Mientras escribo, me alcanza la
noticia:
«Salvamento Marítimo ha resca-
tado este domingo un cayuco con
cuatro fallecidos entre las más de
cien personas que viajaban a
bordo, algunas de las cuales
presentan mal estado de salud, tras quedarse sin comida y agua a 30
kilómetros al sur de El Hierro. Siete personas han sido trasladadas al
Hospital, una de ellas grave».
Entonces la oración de la fe empieza a dar nombres nuevos a la
esperanza de los últimos, al Dios que viene, y a nuestro Dios lo llamamos
justicia, y nuestra esperanza la llamamos paz: “Que en sus días florezca la
justicia, y la paz abunde eternamente”. Y, mientras el salmista va cantando
los verbos que describen la acción de aquel a quien esperamos: “él librará al
pobre que clamaba”, “él se apiadará del pobre y del indigente”, “él salvará
la vida de los pobres”, la fe va grabando nuevos nombres en las paredes del
corazón, en las seras tablas de todos los cayucos: “mi libertador”, “mi
dador compasivo”, “mi salvador”…
Ese pronombre posesivo: “mi”, si está referido a Cristo Jesús, sólo los
pobres podrán decirlo con verdad, pues sólo para ellos es el “renuevo” que
va a brotar, sólo para ellos es el “vástago” que va a florecer; el que
esperamos será un libera pobres, un protege afligidos, un abraza indigentes,
un recoge abandonados al borde del camino.
Si Cristo Jesús nos ha encontrado, si nos ha librado, abrazado, salvado, si
nos ha hecho nuevas criaturas en él, si estamos en comunión con él por la fe,
si somos uno con él, también compartimos con él la misión entre los pobres;
si somos su cuerpo, también nacemos con él para los pobres; si somos su
presencia viva en el mundo, también sobre nosotros se ha posado el espíritu
del Señor, que es “sabiduría y entendimiento, consejo y fortaleza, ciencia y
temor de Dios”: se ha posado, nos ha ungido, nos ha hecho de Cristo, nos ha
hecho
C
risto, y nos ha enviado, al modo de Cristo Jesús, a ser evangelio para
los pobres
.
L
a hu
m
anidad de los ca-
yucos es nuestra
m
isión
. S
i so
m
os
de
C
risto Jesús, he
m
os nacido para
los pobres
.
L
a
N
avidad no la ilu
m
i
-
nan las luces de las calles, sino el
amor a los pobres.
La Navidad no la hacen las felicita-
ciones que interca
m
bia
m
os
,
sino
la di
cha que a los pobres pode
m
os ofrecer.
La Navidad no la hacen los regalos que nos hacemos, sino un Dios que,
siendo rico, envuelto en papel de fragilidad, se nos entrega para enri-
quecernos con su pobreza.
Su nombre es “bendición” para todos los pueblos, para todos los
hambrientos de justicia y de paz.
Ven, Señor Jesús; ven, salvador; ven, bendición.
Ven, para que se haga la Navidad en los caminos de los pobres.
1) ¿En qué forma de sociedad nos gustaría vivir?, ¿qué valores deberían ser los ejes de la
convivencia en las relaciones sociales próximas, en la economía, en la política española,
en las relaciones internacionales?
Deberíamos vivir en una sociedad en donde se perfeccione la democracia en su sentido s
amplio. Donde hubiera un reparto equitativo de la riqueza, una sociedad igualitaria, donde
se respeten las diferencias y que a la vez sea interpeladora. También en una sociedad
pacifista sin ejército, con los servicios básicos cubiertos (medicina, educación, vivienda,
transporte…) a disposición de toda la población.
Los valores que deberían regir son: la solidaridad, el compromiso social, la honradez, el
diálogo y el pacifismo, junto con la ética del cuidado, sobre todo para los que más lo
necesiten, y requieran. También el cuidado de nuestra naturaleza y cosmos, así como de
todos los bienes comunes que se han ido construyendo y los que aún tendrán que venir.
Los valores económicos y políticos a nivel nacional e internacional deberían ser: la
mentalidad universal, la responsabilidad y honradez, la solidaridad, el compromiso social,
el diálogo, y que desaparecieran los privilegios de los políticos (aforamiento, pagos
vitalicios), así como, en nuestro país, la revisión de la Constitución.
La economía debería de estar enfocada a evitar la tasas de pobreza. Y puesto que la
macroeconomía va bien esto repercuta en una mejora de los ciudadanos, paliando el nivel
de precariedad y mejorando las condiciones laborales.
A nivel internacional, deberían cambiar radicalmente algunas de las organizaciones
internacionales creadas después de la II Guerra Mundial: la ONU debe ser reformada y
tener un sistema de funcionamiento más justo, democrático e igualitario, suprimir el
derecho al veto. Otra organización creada más tarde y que tiene que revisarse es la
coordinadora del cambio climático, el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el
Cambio Climático (IPCC).
Es esencial una defensa internacional del cuidado del Planeta, todas las políticas tienen que
tener en cuenta la Casa Común, la Madre Tierra. La Emergencia Climática debe ser una
prioridad, tenemos que colaborar en un transición ecológica justa y que no deje a nadie a
trás, la transición ecológica va de la mano de la justicia social
En definitiva, quisiéramos vivir en una sociedad equilibrada, compasiva y pacifista,
orientada por la promesa del “Reino” sobre la tierra: “El reino de Dios estará entre
vosotros”, Lucas 17:21.
2) ¿Qué podemos hacer para avanzar en el modelo de sociedad que queremos construir?:
tendencias actuales que no aceptamos, cómo oponernos a ellas; tendencias a apoyar en
el plano personal y colectivo.
Creemos que la posición correcta debe ser la RESISTENCIA, entendida ésta como
mantener los valores que hemos dicho en la anterior pregunta: igualdad, justicia,
fraternidad, democracia, pacifismo, defensa de la vida de la gente más necesitada, servicios
públicos, cuidado del medio ambiente y adaptación al cambio climático.
También tenemos que explicar nuestra ideología progresista, teniendo con los demás un
trato respetuoso, afectivo y sobre todo igualitario y solidario.
Es fundamental que luchemos contra todo movimiento violento, armamentístico o
dictatorial, conscientes de que en este momento el principal peligro provenga del
crecimiento de los movimientos neofascistas, o basado en la corrupción.
Tenemos que apoyar acciones pacifistas siempre que se pueda, y que sean populares y
democráticas. Tenemos que seguir luchando para que la Esperanza en un mundo mejor esté
viva y sea realidad. Esperanza en que desaparezcan la tiranía política y económica,
oligarquías familiares e ideas tan mezquinas como “fuera los emigrantes y el colectivo
LGTBI”. Esperanza en la equiparación de la mujer al varón en nuestro mundo y en la
Iglesia. Esperanza sobre la Desesperación. Pues todo esto como Cristianos de Base no lo
aceptamos, y debemos unirnos a colectivos sociales y partidos políticos de izquierdas, u
otros cuyo interés principal sea la defensa de los explotados, oprimidos y empobrecidos y el
cuidado de la madre tierra, que luchan por un mundo mejor con realismo, y pensándolo
bien también con los pies (como dice el poema de Pedro Casaldáliga). Se trata de apoyar
con sentido crítico las iniciativas que juzguemos orientadas a nuestros ideales, evitando la
parcialidad y el partidismo irreflexivo, con una neutralidad análoga a la que procuran tener,
por ejemplo, ONGs humanitarias como la Cruz Roja, pero también estando comprometidos,
sin equidistancia o tibieza, con la misma determinación con la que Jesús se rebeló contra
los escribas y los fariseos y contra los poderosos de su tiempo (Mateo 23: 29-39; Marcos
12:38-40; Lucas 11: 37-54 y 20:45-57).
3) El mensaje del evangelio ¿puede aportar claves propias para orientarnos en el
laberinto? En caso afirmativo, ¿cuáles serían y qué transformaciones exigirían al
modelo de iglesia y a los cristianos de base en particular?
El Evangelio puede aportar fundamentalmente, porque ya aportó en algunos momentos de
la historia y puede sumar claramente a la consecución de una sociedad justa y más
igualitaria si partimos del carácter revolucionario del mensaje y la palabra de Jesucristo.
Debemos tener en cuenta sus enseñanzas económicas, políticas y sus gestos de denuncia
como la reacción ante los mercaderes en el templo (Mateo 21:12-13, Marcos 11:15-18, Juan
2:13-25) o su explicación sobre la dificultad de los ricos para llegar al Cielo (Mateo 19:23).
Jesús identificó el problema social y se comprometió con los humildes reflejando siempre
su amor por los más pobres y su compromiso con la liberación.
P
or todo ello cree
m
os que los
C
ristianos/as actuales ya no debe
m
os poner el acento tanto en la
reflexn sino en la
decisión
,
pues no se trata de soñar
,
sino de
embarrarnos
en la utopía evanlica.
C
ree
m
os que el cristianis
m
o debe avanzar en la línea de la
T
eología de la
L
iberación
,
siendo esto
cada vez
m
ás necesario porque los pobres de este
m
undo han au
m
entado
. L
as cifras de e
m
pobre-
cidos aumentan a la vez que crece también la agresión a la casa común, es decir, la Tierra.
La Iglesia debe abrirse a la igualdad real, incorporando activamente a las mujeres; abrirse
al uso adecuado de los bienes de la Iglesia para hacer el bien a los más necesitados/as;
abrirse a la autocrítica y asunción de responsabilidad ante los graves errores cometidos, por
ejemplo en el escándalo de los abusos sexuales y la negación de apoyo a las víctimas.
En definitiva nuestras claves están resumidas en el libro Cristianismo Radical (2025) de
Juan José Tamayo con referencia a los Evangelios: un cristianismo contra las pobrezas,
alterglobalizador, feminista, ecológico, interreligioso, contra-hegemónico, pacificador,
hospitalario, utópico, resistente en política, laicista, no dogmático, compasivo, simbólico e
indignado contra los autoritarismos y la corrupción. Todo esto es tarea a retomar por los
grupos de Cristianos de Base para que la Iglesia avance en estas líneas. Es necesaria nuestra
crítica a la Iglesia Católica, por ejemplo al conformismo y corporativismo de la jerarquía, y
nuestro énfasis en la sinodalidad. Pero ante todo debemos buscar formas de predicar con el
ejemplo, como hizo Jesús en su vida y nos cuentan los Evangelios.
Cuando hablamos de la guerra en Ucrania, la mayoría de los medios nos presentan una
imagen simplificada: un agresor y una víctima. Esta narrativa, repetida hasta el cansan-
cio, oculta las raíces profundas del conflicto y el papel que Europa está desempeñando
en una confrontación que amenaza con arrastrarnos a una crisis económica, social y
política de gran magnitud. La cobertura mediática dominante tiende a centrarse
exclusivamente en la agresión de 2022, ignorando el largo proceso geopolítico que la
precedió, un enfoque que permite despojar al conflicto de su complejidad histórica. Para
comprender por q debemos cuestionar nuestra participación
y la sumisión a la
estrategia marcada por Washington
, es necesario mirar hacia atrás y analizar las últimas
tres décadas de expansión militar y presión económica. Esta guerra no es, por lo tanto,
un episodio aislado e inexplicable, sino la culminación de una estrategia prolongada de
cerco y debilitamiento de Rusia que pone en riesgo nuestra prosperidad y, lo que es más
grave, nuestra paz continental, al convertirnos en un actor subsidiario de una
confrontación impulsada por intereses externos.
La caída de la Unión Soviética en 1991 no abrió una era de paz y cooperación, como
muchos esperaban, sino una etapa de saqueo sistémico y desmantelamiento de las
capacidades productivas de Rusia. Las potencias occidentales y sus instituciones
financieras, como el Fondo Monetario Internacional, aprovecharon la debilidad post-
soviética para imponer terapias de choque basadas en privatizaciones masivas y
ultrarrápidas. Este proceso, lejos de generar un mercado próspero, destruyó buena parte
de su economía industrial, generó una hiperinflación devastadora y entregó sectores
estratégicos (como el energético y el de las materias primas) a monopolios tanto internos
creando la nueva clase de oligarcas
como extranjeros. Este proceso no sólo empo-
breció a millones de rusos, sumiéndolos en la miseria y reduciendo drásticamente su
esperanza de vida, sino que también generó un vacío político y social que fue ocupado
por mafias y élites corruptas, instalando un profundo resentimiento hacia las políticas de
Occidente. Paralelamente, la OTAN incumplió las promesas verbales hechas a Mijaíl
Gorbachov de no expandirse ni una pulgada hacia el Este después de la reunificación
alemana, y comenzó un avance implacable, incorporando a países del antiguo
Pacto de
V
arsovia
y repúblicas bálticas, acercándose cada vez más a las fronteras rusas. El
resultado de esta doble estrategia
econó
m
ica y
m
ilitar
fue un cerco estratégico que colocó
a Rusia en una posición defensiva permanente, sintiéndose sistemáticamente amenazada.
Para Washington, esta expansión geopolítica, tanto de la OTAN como de la influencia
económica, tenía un objetivo estratégico claro y bien documentado: mantener su
posición de líder mundial unipolar tras el fin de la Guerra Fría. El principal temor de la
élite estratégica estadounidense era que una Europa con vínculos sólidos y mutuamente
beneficiosos con Rusia una potencia rica en recursos energéticos (gas, petróleo) y
materias primas esenciales pudiera convertirse en un bloque euroasiático demasiado
fuerte y autónomo, capaz de desafiar su hegemonía global, especialmente en términos
económicos y financieros. Por ello, la clave de la política exterior estadounidense de las
últimas décadas fue impedir cualquier entendimiento significativo y duradero entre la
Unión Europea y la Federación Rusa. La expansión incesante de la OTAN hasta las
fronteras rusas, junto con el uso de sanciones económicas como arma política, fueron los
instrumentos predilectos para garantizar que Europa permaneciera política y
militarmente subordinada a los intereses estadounidenses, forzando al continente a una
dependencia atlántica en seguridad y energía.
Ante esta presión constante, combinada con la humillación económica de los años
noventa, Rusia, bajo el liderazgo de Vladimir Putin a partir del 2000, reaccionó
buscando recuperar su autonomía y su estatus de gran potencia, intentando evitar quedar
totalmente subordinada a los intereses extranjeros y manteniendo el control sobre sus
propios recursos. Su política, vista desde el Kremlin, no fue simplemente una política de
agresión inicial, sino más bien de resistencia activa frente a un cerco que, a su juicio,
amenazaba con la desaparición efectiva de su soberanía nacional. Esta búsqueda de
reequilibrio de poder, que implicó la denuncia de tratados de control de armas y la
consolidación interna de su sistema político, fue respondida por Occidente no con
diálogo, sino con un aumento del acoso político, económico y mediático, incluyendo el
apoyo a movimientos de oposición interna y la demonización sistemática de su
liderazgo. De esta manera, se construyó una narrativa dominante que presenta a Rusia
únicamente como la agresora caprichosa e irracional, ocultando convenientemente las
décadas de expansión militar de la OTAN y las políticas de debilitamiento económico
que la precedieron y que actuaron como catalizadores de su reacción.
El momento decisivo que llevó a la confrontación actual llegó en 2014, con el violento
cambio de gobierno en Ucrania el llamado Euromaidán, que fue percibido por
Rusia como un golpe de estado instigado por potencias occidentales. Desde entonces, el
nuevo gobierno de Kiev quedó fuertemente alineado con la estrategia estadounidense,
acelerando su proceso de militarización (con ayuda y entrenamiento de la OTAN) y
promoviendo grupos ultranacionalistas abiertamente hostiles hacia la población de
origen ruso. Las regiones del Este, como Donbás, con una fuerte presencia de población
ruso-parlante y lazos históricos y culturales con Rusia, se opusieron firmemente a este
nuevo rumbo y a la prohibición de facto del uso de su lengua, siendo reprimidas con
violencia por el ejército ucraniano en una guerra civil que du ocho años. La
intervención militar rusa de 2022, por lo tanto, debe entenderse en este contexto de ocho
años de conflicto interno y de avance inminente de la estructura militar occidental: como
una respuesta defensiva percibida ante el avance final de la OTAN a través de un socio
armado y como un apoyo directo a las comunidades del Este que se sentían amenazadas
de exterminio cultural o físico. Reducir todo el conflicto actual a una simple “invasión
injustificada y sin motivo” es ignorar deliberadamente el complejo trasfondo histórico,
político y geopolítico que condujo a la escalada final.
En Europa, el discurso dominante, impulsado por los gobiernos y los medios alineados
con la OTAN, presenta la guerra como una “defensa nacional justa” y heroica de
Ucrania contra la tiranía rusa. Sin embargo, la realidad que se vive en el terreno es más
compleja y dolorosa, marcada por el cinismo estratégico: vemos un reclutamiento
forzoso y masivo de hombres ucranianos, una dependencia total del país de la ayuda
militar y financiera extranjera, y el sacrificio constante de la población y la
infraestructura nacional para satisfacer los intereses geopolíticos y comerciales de las
élites financieras y militares de Estados Unidos y Reino Unido, quienes son los
principales beneficiarios del conflicto. En la práctica, esta guerra se libra materialmente
sobre las espaldas de los trabajadores europeos y estadounidenses, quienes financian el
armamento y pagan el coste económico de las sanciones, mientras que el pueblo
ucraniano es utilizado como un mero peón descartable en una confrontación de poder
que es totalmente ajena a sus intereses de paz y prosperidad.
El riesgo actual que enfrentamos es inmenso: que la guerra, lejos de detenerse, se
extienda más allá de las fronteras de Ucrania y desemboque en una conflagración global
directa, un escenario nuclear. Europa ya sufre las consecuencias directas de su
participación subordinada: una inflación galopante exacerbada por la crisis energética,
sanciones económicas con fuertes efectos de rebote que perjudican a nuestras propias
industrias, recortes necesarios en el gasto social para reorientar los presupuestos, y un
gasto militar creciente e insostenible que empobrece de forma directa a las familias
trabajadoras. Estas medidas no nos hacen más seguros ni más autónomos; al contrario,
nos vuelven más dependientes de los intereses de Washington, que dicta la estrategia
militar, y de las grandes empresas de armamento, que ven dispararse sus ganancias. La
seguridad y la autonomía energética europea se están hipotecando gravemente en favor
de una estrategia que no responde en absoluto a nuestras verdaderas necesidades de
estabilidad y crecimiento.
Lamentablemente, la clase trabajadora europea, que es la que más sufre las consecuen-
cias económicas del conflicto, permanece desmovilizada y políticamente pasiva. Muchos
líderes políticos y sindicales considerados tradicionalmente “progresistas” han abdicado
de su papel histórico y repiten acríticamente el discurso oficial de la OTAN, llegando
incluso a justificar el envío de armas, y evitan organizar una oposición firme y trans-
versal a la guerra. Esta actitud de sometimiento ideológico y político debilita la
solidaridad internacional entre los pueblos y deja a los trabajadores europeos sin la
capacidad de respuesta política necesaria para revertir esta espiral bélica. La pasividad
actual sólo favorece la continuidad de la estrategia imperialista y de las élites
transnacionales, condenándonos a un mayor empobrecimiento sistemático y a un peligro
bélico creciente y cada vez más inminente.
La guerra en Ucrania no es un conflicto simple ni un error casual de un solo hombre,
sino parte de una cadena de confrontaciones impulsadas por los intereses de las grandes
potencias occidentales que buscan mantener a toda costa su hegemonía global. Europa,
si quiere asegurar su futuro, debe rechazar activamente esta contienda y buscar vías de
negociación y paz, porque la prolongación de la guerra amenaza con arrastrar al
continente a una crisis económica y humanitaria aún mayor y sólo beneficia de manera
concreta a las élites financieras y militares externas, especialmente estadounidenses.
Nuestro camino debe ser la búsqueda urgente de la paz por la vía diplomática, la
reafirmación de nuestra autonomía estratégica respecto a bloques militares, y la defensa
irrenunciable de los intereses de los trabajadores, no la subordinación a un conflicto de
poder que no es genuinamente nuestro.
La Decepción del Sínodo y el Retroceso Institucional
Recientemente, ha abundado la discusión tras la decisión del Vaticano de rechazar la
admisión de mujeres al diaconado y a cualquier forma de ministerio ordenado. Esta
negativa se produce en un contexto de intensa expectativa, dado que la reivindicación de la
mujer al ministerio, junto con otras como la supresión del celibato obligatorio del clero y el
reconocimiento eclesial de los matrimonios no heterosexuales, constituía un postulado
crucial que emergía con fuerza del Sínodo de la Sinodalidad.
La respuesta eclesial ha sido interpretada por numerosos observadores y grupos católicos
reformistas de todo el mundo como un claro y doloroso retroceso en el reconocimiento de
la igualdad fundamental entre varones y mujeres en el ámbito religioso. La decepción
y el desánimo son palpables, especialmente en comunidades que viven de cerca la escasez
crítica de sacerdotes, con parroquias que quedan sin la celebración de la Eucaristía por
largos periodos y clérigos ancianos a cargo de múltiples iglesias.
Con razón, quienes abogan por la inclusión recuerdan que entre los primeros seguidores de
Jesús existían mujeres en igualdad de condiciones que los discípulos varones. Figuras
como María Magdalena, María de Betania y otras desempeñaron un papel activo, de
liderazgo y testimonial fundamental en el movimiento original.
¿Es la Ordenación Femenina la Meta del Reino?
Debemos sumarnos a quienes postulan la igualdad de género tanto en la Iglesia como en la
sociedad. Sin embargo, surge una pregunta ineludible: si la Iglesia Católica Romana
consiguiera finalmente el diaconado, el sacerdocio o el episcopado femenino (algo que,
como tendencia histórica, es muy probable que suceda), ¿habría avanzado con ello hacia
la consecución de la meta del Reino de Dios que Jesús perseguía?
Tenemos que concluir que no, y es fundamental explicar el porqué. Si en dos milenios no se
ha avanzado significativamente hacia el ideal de la comunidad de Jesús, es porque no se ha
abordado la raíz del problema.
El factor que lastra cualquier avance auténtico es el clericalismo.
El Clericalismo: Un Fenómeno No Cristiano en la Iglesia
Es importante aclarar que el clericalismo no es un fenómeno cristiano per se; existía ya en
las culturas paganas y en el judaísmo pre-cristiano.
- Definición: Por clericalismo se entiende una mentalidad de dominio y superioridad
que las jerarquías o castas sacerdotales ejercen sobre el pueblo común.
Estas castas se auto-crearon como mediadores imprescindibles entre la divinidad y la
humanidad. Se asignaron funciones de culto, generalmente de carácter sacrificial o ritual, a
las que atribuyen la facultad exclusiva de complacer y aplacar a la divinidad, obteniendo
así beneficios y perdones a favor de los fieles a quienes pretenden pastorear.
En el ámbito cristiano, lo más impactante es que este sistema de poder, tal como funciona
hoy, no fue la intención original de Jesús. Es una invención histórica que se ha construido
y auto-justificado a lo largo de los siglos.
- La Comunidad Original: La comunidad que Jesús formó se basaba en la igualdad
completa de todos los bautizados y en el principio de que el verdadero valor reside
en el servicio humilde (diakonía) a los demás.
- La Prohibición de Jesús: Jesús fue taxativo al prohibir a sus seguidores imitar a los
gobernantes de este mundo que dominan y oprimen. Les dijo que, en su
comunidad, la lógica debía ser inversa: quien quiera ser importante, tiene que
convertirse en el servidor de todos (Mc 10, 42-45).
- El Llamamiento: Él nunca llamó a sacerdotes del Templo para continuar los rituales
antiguos; llamó a gente común pescadores, recaudadores, mujeres para que
fueran sus discípulos y anunciaran el Reino. El mensaje central era una invitación a la
justicia y a transformar el mundo.
El Proceso de Monopolio y la Reinvención del Clero
Con el paso del tiempo, la Iglesia se hizo más grande y compleja. Sus líderes iniciaron un
sutil proceso de monopolio que llevó a la reinvención de un clero sacerdotal análogo al
de las antiguas religiones. Este estamento reclamó para sí unas funciones que no estaban en
el corazón del llamamiento de Jesús.
El grupo de líderes decidió que era necesario asignar a un grupo especial el clero
reconstruido la potestad exclusiva de realizar los actos cultuales y litúrgicos clave,
como la Eucaristía.
Al hacer que el sacerdote fuera el único capaz de abrir las puertas a estos actos sagrados
(una potestad que se justificó teológicamente con el concepto de sacerdos alter Christus),
se volvieron indispensables para la vida espiritual de todos y, por lo tanto, adquirieron un
poder enorme.
Para justificar y visualizar este poder, la Iglesia adoptó:
- Estructuras de poder jerárquico propias de los antiguos imperios.
- Símbolos y vestimentas que recordaban a los cultos paganos y la realeza (mitras,
báculos, tronos).
- Una doctrina que afirmaba que el clérigo consagrado era esencialmente diferente y
superior al laico (la muralla entre la jerarquía y el pueblo).
El Vínculo entre Poder y Ambición
E
sta concentración de las funciones cultuales en un grupo selecto no es sólo un proble
m
a
teológico
;
es
una
fuente de a
m
bición
. E
l poder genera una estructura de incentivos
m
uy clara
:
Si el sacerdocio es la vía para acceder a la posición de mayor prestigio, influencia y
autoridad moral dentro de la comunidad, automáticamente se convierte en un objeto de
aspiración.
- Esta aspiración no siempre se basa en el deseo de un servicio humilde, sino en la
búsqueda de ese rango y espacio de poder que el sistema clerical ha instituido.
- Esto afecta por igual a hombres y mujeres. Al ver en el sacerdocio la cúspide de la
influencia religiosa, las mujeres se sienten legítimamente atraídas por esa posición,
aunque sólo esté disponible para varones en la actualidad.
E
sto revela que el proble
m
a no es lo la exclusividad
m
asculina
,
sino la
existencia
m
is
m
a de
una estructura de poder
basada en la funcn ritual que se ha vuelto el centro de la vida eclesial.
El clericalismo promovió un tipo de religión mucho más fácil de controlar. En lugar del
compromiso de ayudar a los pobres y luchar contra las injusticias, se puso el énfasis en el
ritual ciego y en el cumplimiento de normas externas, descuidando la invitación de Jesús
a la transformación personal y social. Se le pide al fiel que obedezca sin cuestionar las
directrices que vienen de arriba, y la jerarquía se autoproclama como la única con derecho a
interpretar la verdad y la moral.
-
E
l clericalis
m
o es
,
en definitiva, la consecuencia de que un grupo se haya inventado
un rol central y poderoso, olvidando que la verdadera misión de la comunidad de
seguidores de Jesús no es la de oficiar ritos, sino la de transformar el mundo.
La Última Trinchera
Llegados a este punto, ¿cómo quedan las peticiones de clero femenino o clero no célibe? Si
lo que se desea es simplemente mantener la función clerical tal como vino funcionando
hasta ahora, dándole tanta importancia al sacerdocio y la función que realiza, se está
reforzando la estructura que Jesús criticó.
Reclamar este status de empoderamiento, para varones y mujeres, no contribuye a mejorar
el seguimiento del Maestro. Por el contrario, está creando una trinchera, la última
trinchera del clericalismo.
La experiencia en iglesias que ya han adoptado estas reformas como la Anglicana o
algunas Luteranas, muestra que, si bien se gana en igualdad, persiste la situación generada
por el nefasto rol del clericalismo, que mantiene al pueblo dependiente y pasivo. El foco
sigue estando en el orden y el poder del clero, no en la misión de la comunidad.
Un Liderazgo para Otra Dirección
Lo que necesita la asamblea de seguidores de Jesús de Nazaret es otro tipo de liderazgo
para otro tipo de función.
Jesús señaló un objetivo y una dirección radicalmente distinta a la que apuntan los cleros
sacerdotales de todas las religiones. Por su parábola del Buen Samaritano, señaló que la
dirección que sus seguidores deben seguir es la del desgraciado tirado en la cuneta al
lado del camino: los pobres, los explotados, los enfermos sin recursos, los marginados, los
sin-techo, los inmigrantes...
Los estamentos clericales, al igual que el sacerdote y el levita de la Parábola, apuntan en
otra dirección: hacia el Templo, al culto, a los sacrificios expiatorios, a las devociones
descomprometidas.
Es una lástima que la mayoría de los afanes de reforma de las personas que participaron en
el debate sinodal se centraran en postulados de organización institucional (¿quién oficia el
rito?) y no en cuestionar el rumbo errado que la institución eclesial está siguiendo desde
hace muchos siglos.
Seguimos intentando poner remiendos nuevos a un vestido viejo. La verdadera revolución
no está en feminizar el clero, sino en desclericalizar la Iglesia y volver a la misión esencial
de justicia y servicio de Jesús.