En un momento de la historia donde la incertidumbre parece ser la única constante,
los grupos de Cristianos de Base de Gijón volvemos a alzar la voz para convocar a
la reflexión colectiva los próximos días 29 y 30 de mayo. Bajo el lema: Un mundo
en colapso: ¿Hay razones para la esperanza?”, se presenta la trigésimo quinta
edición de un encuentro que, tras décadas de trayectoria, sigue siendo un referente de
pensamiento crítico y compromiso social en Asturias. Fieles al espíritu de la Teología
de la Liberación, estos encuentros no buscan refugio en el dogma, sino que
pretenden recuperar la esencia del Evangelio: esa enseñanza de Jesús de Nazaret que
prioriza la dignidad humana y la justicia, valores que a menudo han quedado
desdibujados tras siglos de institucionalización eclesiástica.
Dos miradas para entender nuestro presente
La organización ha diseñado un programa que aborda las heridas abiertas de nuestra
sociedad desde dos ángulos complementarios: el análisis sociopolítico y la respuesta
ética-espiritual.
La amenaza a la democracia: Contaremos con la participación de la politóloga y
socióloga Cristina Monge, quien bajo el título Los populismos y los gobiernos
tecnócratas: amenaza para la democracia, desgranará los riesgos que acechan a
nuestras libertades. En un contexto de polarización y soluciones simplistas, Monge
nos invita a pensar cómo blindar la participación ciudadana.
La respuesta desde la fe comprometida: Por su parte, el teólogo y psicólogo José
Antonio Vázquez Mosquera presentará la ponencia Radicalizar el Cristianismo
ante la vida vulnerada. Una invitación a volver a la raíz (radicalidad) para
proteger aquello que es más frágil en nuestra sociedad, proponiendo una
espiritualidad encarnada en el dolor y las necesidades del prójimo.
Una invitación para todas y todos
Este XXXV Encuentro no es sólo una cita para creyentes. Es un espacio abierto a un
público heterogéneo: a quienes se preocupan por el futuro de nuestras instituciones, a
quienes buscan alternativas al pesimismo sistémico y a quienes creen que otro mundo
y otra Iglesia son posibles.
El colapso puede ser una amenaza, pero también es la grieta por donde puede entrar la
luz de una esperanza activa. Los grupos de Cristianos de Base de Gijón invitamos,
un año más, a no ser meros espectadores del tiempo que nos toca vivir, sino
protagonistas de su transformación.
Boletín núm. 85 - 16 de febrero de 2026
“El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz” (Mt. 4, 16) se nos
decía en la liturgia de la Navidad. La medida de regularización de inmigrantes,
que el Arzobispo cuestiona, es una gran luz para las 500.000 personas que se
beneficiarán del real decreto para una regularización extraordinaria; una medida
que responde a una demanda ciudadana sostenida durante años con 700.000
firmas de apoyo. Es un hecho que nos debería llenar de alegría, porque se hace
realidad que ese “pueblo” migrante ve una luz grande para sus vidas. Parroquias,
comunidades cristianas, creyentes en general, viendo esta realidad desde la
mirada de Jesús, apoyan y se alegran por este paso necesario,
independientemente de circunstancias de oportunidad política u otras que se
están mencionando con intención de confundir y amedrentar a la gente.
Pero las manifestaciones públicas del Arzobispo de Oviedo sobre esta materia,
reiteradamente usan argumentos y expresiones que se alejan de los mandatos
bíblicos y se aproximan mucho más a las voces extremistas que tratan de
presentar al inmigrante como sospechoso, delincuente, invasor… En concreto,
en su última “aportación” hasta ahora, insiste en que “todos no caben”, expresión
absurda, entre otras cosas porque los que serán regularizados ya están aquí. Y
siembra de nuevo la sospecha con la frase: “descartando a cuantos se nos
cuelan”. En otras ocasiones ha sugerido la invasión demográfica musulmana
planificada o que “algunos traen carnet de terrorista”. Sus palabras traslucen una
visión del inmigrante alejada de los valores cristianos y de la doctrina católica,
insistentemente reiterada desde antiguo por el magisterio de la Iglesia y
actualizada con gran empeño por el papa Francisco y ahora por León XIV.
¿Todos no caben? Debe recordar el Arzobispo que el ministerio sagrado no le
confiere competencia alguna para dilucidar la capacidad (y necesidad) que tiene
un país, en este caso España, o una región, en este caso Asturias, para incorporar
población inmigrante. Se trata de una valoración que corresponde a los técnicos
en la materia y que, más allá del recurso de las regularizaciones (usado varias
veces por gobiernos de diferente signo en las últimas décadas), debería ser
establecida políticamente mediante leyes adecuadas. Por cierto, que en la
Fundación FOESSA de Cáritas hay excelentes técnicos en estas materias que le
podrán asesorar.
Y en vez de sembrar sospechas y reticencias, sería muy pertinente que hiciera
una llamada a todos los políticos para buscar un acuerdo cuanto antes que
proporcione un marco legal estable y generoso a las migraciones en España;
sería mucho más constructivo y propio de su ministerio eclesial, en lugar de
apuntarse al “bombardeo” tendencioso, usando argumentos extremistas que
ofenden a la inteligencia, faltan a la misericordia e insultan a las personas
extranjeras, en su inmensa mayoría gente honrada y trabajadora, que están entre
nosotros buscando una vida mejor.
¿Ha visto el Arzobispo a los grupos de trabajadores senegaleses recogiendo las
manzanas en las pumaraes de Asturias este pasado otoño? Pues ahí han estado,
ganándose apenas la manutención del día. Con su humildísimo trabajo están
aportando a esa “Cultura de la Sidra”, orgullo de Asturias y Patrimonio de la
Humanidad; pero lo hacen en condiciones de gran precariedad. Y muchos nos
alegramos de que ahora, ellos y otros muchos hombres y mujeres trabajadores
vayan a tener una vida algo mejor, puedan trabajar legalmente y tener los
derechos que corresponden a la dignidad de toda persona (repase por favor
Dignitas Infinita, del Papa Francisco).
¿N
o todos caben
? ¿Q
uiere decir que hay ya
m
ás de los que caben
? ¿S
e es
apuntando a la política de las deportaciones? ¿Va a desautorizar a las
organizaciones de Iglesia que apoyaron esta medida de regularización y a su
propia Cáritas? Y en cuanto a su discrepancia con la posición acordada en la
Conferencia Episcopal a favor de la ILP que reclamaba esta regularización
excepcional, es todo lo contrario de una expresión de comunión y lealtad con sus
iguales en el ministerio.
¿Cuántos caben? Lo que está claro y es de notorio sentido común, es que cada
vez van a “caber” más, dada nuestra evolución demográfica y el contexto de
nuestro mercado laboral. Por ello, en lugar de preocuparse por cuántos hay o
cuántos vienen, al ministerio pastoral corresponde la tarea de enseñar e
implementar la doctrina católica que manda “acoger, proteger, promover e
integrar” al migrante (repase Fratelli Tutti de Francisco) y que recuerda, en
palabras de León XIV (Dilexi Te), que la misión de la Iglesia es construir
puentes, no muros, ver hijos donde otros ven amenazas y descubrir que cada
migrante rechazado es Cristo llamando a la puerta de la comunidad.
L
e roga
m
os encarecida
m
ente a
m
onseñor
S
anz que deje de avergonzar
reiterada
m
ente
,
con sus manifestaciones impropias, a esta Iglesia de Asturias, que
hace dieciséis os también le acogió a él para ejercer entre nosotros no otra
cosa que la función de pastor, maestro de la fe y testigo del evangelio de la
misericordia.
100 firmantes:
Con posterioridad a la publicación del manifiesto trascrito, se fueron
produciendo en nuestra diócesis asturiana otros apoyos personales y colectivos,
como el de nuestras Comunidades de Cristianos de Base de Gijón, que lo
hicieron con el siguiente comunicado:
Las comunidades cristianas de base de La Calzada y El Bíbio, expresamos
públicamente nuestro apoyo al escrito “Señor Arzobispo de Oviedo, deje de
avergonzarnos”, firmado por 101 personas cristianas, ampliamente divulgado
estos días por los medios de comunicación, que alza la voz contra el arzobispo
Jesús Sanz por criticar la regularización de migrantes, aprobada en el consejo de
ministros el pasado 27 de enero. Nos sumamos a la denuncia de que “sus
argumentos extremistas se alejan del Evangelio de Jesús y de la propia
doctrina social de la Iglesia y se aproximan mucho más a las consignas
ultraderechistas que tratan de presentar al migrante como sospechoso,
delincuente, invasor…” También queremos hacer notar a quienes acusan a los
firmantes del documento de sacar de contexto o malinterpretar las palabras del
arzobispo, que se olvidan o desconocen las frecuentes opiniones del mismo,
coincidentes con las de los líderes del partido más ultraderechista de la política
española, con los que, no hace mucho, tuvo el honor de fotografiarse, en
Covadonga, a los pies de la imagen de la Santina.
Nuestras comunidades, que intentan siempre ser sensibles a las dificultades de
las personas más vulnerables y maltratadas, aplaudimos este manifiesto de
repulsa a las declaraciones del Obispo y al que ya se han sumado, por el
momento, otras 288 firmas en una campaña de recogida a través de la plataforma
change.org.
Por una Iglesia feminista, igualitaria y al servicio de los más empobrecidos.
Comunidades de Cristianos y Cristianas de Base de Gijón.
La celebración de una misa tridentina, que tuvo lugar hace unos
meses en la Basílica de San Pedro, bajo el amparo de una
autorización papal que ha dejado perplejos a propios y extraños, no
puede leerse como un simple gesto de apertura hacia las periferias
espirituales. La imagen del celebrante de espaldas al pueblo, envuelto
en una liturgia de ritos crípticos y latín distante, se erige como un
símbolo inquietante de una Iglesia que parece capitular ante sus
sectores más reaccionarios. Lo que se presenta como una concesión
de “misericordia” es, en realidad, una peligrosa rendición a las
presiones de un tradicionalismo que nunca ha aceptado la primavera
del Vaticano II y que hoy se siente empoderado por el auge global de
las extremas derechas y los fundamentalismos políticos.
Esta regresión no es un hecho aislado, sino la culminación de un
proceso de resistencia que ha logrado estancar el Sínodo de la
Sinodalidad, esa gran apuesta por una Iglesia horizontal que hoy
languidece entre tecnicismos y miedos burocráticos. Figuras como los
cardenales Burke y Müller, o el desafío abierto de quienes ordenan
obispos al
m
argen de
R
o
m
a e
m
ulando la rebela lefebvriana
,
sonlo la
punta de lanza de un modelo eclesial que busca refugio en el pasado
para no tener que responder a las preguntas del presente. Para
entender esta deriva, es necesario recordar que la historia de nuestra
institución ha sido
,
a
m
enudo
,
la historia de un paulatino aleja
m
iento del
frescor del Evangelio en favor de una estructura de poder corporativo.
El proceso de deformación comenzó pronto. Ya desde los siglos III y
IV, la Iglesia inició una metamorfosis que la llevó de ser una
comunidad de iguales a una pirámide rígidamente jerarquizada. El
Edicto de Milán y el Concilio de Nicea marcaron el inicio de una deriva
dog
m
ática donde la fidelidad al segui
m
iento de
J
es fue sustituida por la
adhesión a fórmulas metafísicas complejas, diseñadas para establecer
un “Magisterio capaz de controlar el pensamiento y asegurar la
ortodoxia imperial. Fue en este periodo cuando se consolidó el
empoderamiento de un sector clerical que comenzó a vestirse con las
ropas de la burocracia romana, alejándose de la sandalia y el camino
para instalarse en el trono, el palacio y el privilegio.
A lo largo de los siglos, la formulación sacramental fue redefinida para
blindar esta jerarquía. Los sacramentos, que nacieron como signos de
la gracia y la vida comunitaria, se transformaron en herramientas de
control e intermediación. Al enfatizar casi exclusivamente el carácter
sacrificial de la Misa, el clero se auto-constituyó en el único mediador
necesario entre la Divinidad y una humanidad que fue declarada, de
facto, incapaz de acceder a lo sagrado por misma. Se construyó así
una muralla de incienso y ritualismo que sofocó la misión original: la
transformación del mundo y la atención a la problemática social. El
banquete compartido de los primeros cristianos fue sustituido por un
espectáculo de sacralidad vertical donde el laicado quedaba reducido
a una audiencia pasiva, mantenida en una ignorancia teológica
deliberada para asegurar la supervivencia de los intereses de la casta.
Ante este escenario, el laicado progresista no puede permanecer
como un espectador melancólico de la involución. Si la jerarquía se
repliega en el ritualismo, el pueblo de Dios debe radicalizarse en el
servicio. La respuesta a la “deriva de San Pedro” no es el abandono,
sino la ocupación de los espacios: devolver la teología a las mesas de
nuestras comunidades, recuperar la autonomía de la conciencia frente
al dogmatismo vacío y practicar una fe que se mida por su
compromiso con los derechos humanos y la justicia climática, y no por
la dirección en la que mira el sacerdote.
Hoy más que nunca, es imperativo denunciar que el clericalismo es
una forma de idolatría que utiliza el nombre de Dios para conservar
privilegios de grupo. Si el Sínodo está estancado en los despachos,
debe revivir en las bases. La Iglesia sólo será fiel a Jesús si recupera
su vocación de comunidad abierta, donde la autoridad sea servicio y la
liturgia sea la celebración de una vida entregada al prójimo. La historia
nos enseña que las regresiones son poderosas, pero el Espíritu
siempre sopla hacia los márgenes, allí donde la vida clama por justicia
y donde el latín, por muy solemne que suene, no tiene nada que decir
al corazón sufriente del mundo.
Guillermo Jesús Kowalski
Introducción: cuando la exclusión se disfraza de excelencia
Existe una antigua y humana tentación de confundir valor con distinción, verdad con
pertenencia, autoridad con privilegio. En las sociedades contemporáneas, esta tentacn
adopta formas visibles: clubes privados, listas de espera, rituales de admisión, arquitectura
disuasoria, membresías costosas. Espacios diseñados no solo para encontrarse, sino para
separarse. El auge de estos clubes no es solo fenómeno urbano o cultural: es un síntoma
moral y espiritual de un mundo fragmentado por la desigualdad y la inseguridad identitaria.
Sin embargo, esta lógica de la exclusividad no habita únicamente en el ámbito civil.
También encuentra eco en la Iglesia. No podemos señalar la paja en el ojo ajeno y
olvidarnos de la viga en el propio (Mt 7,3)
Aunque el Evangelio promueve una mesa abierta, existen salones reservados: élites
teológicas, clericalismos ilustrados, magisterios blindados que miran con sospecha toda
palabra que no provenga de los lugares “autorizados” en los que parecería estar enjaulado el
Espíritu Santo para convalidar las ocurrencias de su status “superior”.
I. El elitismo como mecanismo de seguridad: sociología del “solo para miembros”
Los clubes privados contemporáneos intentan responder a necesidades reales: comunidad,
red de contactos, intimidad, protección frente a la intemperie urbana. La sociología
confirma que los seres humanos necesitamos pertenecer. Pero el problema es el modo de
construir pertenencias. No todo agrupamiento es comunidad...
Como señala Diana Kendall, el club funciona simultáneamente como espacio de cohesión
interna y de exclusión externa. La exclusividad no es un efecto colateral: es el producto
principal. Pertenecer a un club selecto genera prestigio; la admisión produce identidad y el
rechazo de otros refuerza la autoestima del grupo.
Este mecanismo no es nuevo, caracteriza la grieta humana. La reproducción de las élites no
siempre es por dinero, sino por capital simbólico y social, transmitido en espacios cerrados
que se presentan como naturales, neutrales o meritocráticos.(Pierre Bourdieu)
La Doctrina Social de la Iglesia enseña que este tipo de segregación erosiona el bien
común. Gaudium et Spes ya denunciaba que las desigualdades excesivas rompen la
fraternidad social. Cuando los espacios de encuentro se amurallan, la ciudad deja de ser
lugar de encuentro, deja de tener olor a "pueblo y cercanía humana".
En Fratelli Tutti, el Papa Francisco denuncia los «mundos cerrados» y grupos
autoexcluyentes, frente a la necesidad de un amor que rompa las burbujas de exclusión.
Aunque aplica a la sociedad, la crítica resuena en la propia iglesia en los capítulos 1 y 3.
Sin "pueblo" no hay Pueblo de Dios.
II. Jesús frente a la doble vanidad: la de los ricos y la de los “puros”
El Evangelio critica dos tipos de elitismo: el económico y el religioso. Ambos comparten
un mismo núcleo: la autorreferencialidad.
J
esús no condena la riqueza co
m
o tal
,
pero sí su absolutización narcisista
. “¡A
y de vosotros
,
los
ricos, porque ya habéis recibido vuestro consuelo!” (Lc 6,24). Es una radiografía espiritual:
quien se encierra en su privilegio pierde la capacidad de ver, aprender y convertirse.
La parábola del rico Epulón y el pobre Lázaro (Lc 16,19-31) revela con crudeza este
pecado : el rico no golpea al pobre, simplemente no lo ve. Vive amurallado en su banquete
cotidiano, en su élite exclusiva y excluyente, un refugio sordo a la interpelación del otro.
Pero Jesús es aún más incisivo con el elitismo religioso. “¡Ay de vosotros, escribas y
fariseos!, que cerráis a los hombres el Reino de los cielos” (Mt 23,13). El problema no es
"la competencia teológica, moral o espiritual", sino su apropiación excluyente. El
conocimiento de Dios convertido en frontera, no en puente. Es una apropiación para
legitimar superioridad, control y dominación de “los de abajo”.
Jesús invierte la lógica "de toda la vida": el acceso a Dios no pasa por la pertenencia a una
élite intelectual, mística o moral, sino por la apertura humilde a los pequeños”.“Te alabo,
Padre, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la
gente sencilla” (Mt 11,25).
Por eso Jesús rompe deliberadamente la lógica del “solo para miembros”. Elige apóstoles
entre la gente sencilla, come con pecadores, toca impuros, escucha a mujeres, ayuda a
extranjeros. El amor que proclama no es solo sentirse bien con los amiguetes: “Cuando des
un banquete, invita a los pobres…” (Lc 14,13). Tampoco es resentimiento de clase, es
encontrarle solución al mundo desde otro ángulo, uno que desmonta el orden del prestigio y
pone en su lugar a los bienaventurados, crucificados y samaritanos. No les tiene lástima,
sabe que “los pobres son sujetos de una inteligencia específica, indispensable para la Iglesia
y la humanidad” (Papa León, Dilexit Te 82).
Pablo profundiza: “Dios escogió lo que el mundo tiene por necio… para que nadie pueda
presumir delante de Dios” (1 Cor 1,26-29). La comunidad cristiana nace así, como una
desautorización permanente de toda tentación imperial.
III. El elitismo dentro de la Iglesia: clericalismo, academia y falsa seguridad
La Iglesia, tan divina y tan humana, no está exenta de esta tentación. Son históricos los
elitismos intraeclesiales similares a los clubes privados: derecho de admisión, lenguaje
críptico, latines y ritos de espalda al pueblo, legitimación mutua, sospecha del diferente,
desprecio del “no iniciado”... y la "omertá" para los "traidores" que desertan.
El clericalismo, denunciado por el papa Francisco, no es solo un error pastoral; es una
patología espiritual. Se manifiesta cuando prelados o teólogos se consideran los únicos
autorizados para hablar de Dios, olvidando que como recuerda Lumen Gentium todo el
Pueblo de Dios participa del sensus fidei.
Gustavo Gutiérrez decía que hace teología quien vive la fe y la confronta con la realidad
histórica. La teología es antes que nada una racionalización de la experiencia de fe. Es
necesaria la de todos para componer el Poliedro del Reino: desde el blog hasta la cátedra,
todos somos necesarios para que la Iglesia no se convierta en una “cámara de eco” donde
sólo escuchamos a los "selectos" que piensan como nosotros.
L
os insignificantes sie
m
pre tendrán
m
ucho que decir en la galaxia cristiana y
sin ellos
,
la teo
-
logía se vuelve ideología religiosa” (Jon Sobrino). Leonardo Boff denunció el “narcisismo
eclesiástico” de una Iglesia más preocupada por custodiar su prestigio que por acompañar el
sufri
m
iento hu
m
ano
,
en resaltar la autoridad co
m
o su
m
isión que co
m
o servicio
. I
vone
G
ebara
añade que el elitismo teológico reproduce lógicas patriarcales de control del saber, en las
que la experiencia especialmente la de las mujeres y los pobres es deslegitimada.
La experiencia del papa Francisco fue decisiva. Él mismo sufrió ese exclusivismo. No
terminó su doctorado en Alemania. No encajó en ciertos círculos académicos. Eligió volver
a su pueblo, a la pastoral concreta, a la escucha de la vida real. Y desde areformuló el
modo de teologizar: una teología en salida, para hospitales de campaña, encarnada, atenta a
los signos de los tiempos, herida por la realidad.
Esa experiencia marcó su línea: “Prefiero una Iglesia accidentada por salir que enferma por
encerrarse” (Evangelii Gaudium, 49). Lo mismo vale para la teología que ha de estar
abierta a todas las experiencias de fe y expresiones, no solo a las academicistas que giran
sobre sí mismas autocitándose.
El clericalismo reduce el pensamiento teológico a comentario obsequioso al magisterio. La
fidelidad crítica y creativa le resulta “peligrosa” a su concepción de “ortodoxia”
burocrática. Por eso, mientras haya clericalismo, siempre habrá inquisición, aunque sus
escarmientos parezcan más sutiles.
Gustavo Gutiérrez insistió en que la teología no es un lujo de élites intelectuales, sino una
reflexión crítica nacida de la praxis histórica de la fe, desde los pobres. Significa admirar su
sabiduría frente a la sospecha ilustrada. Los pobres hacen teología todos los días con su
experiencia de fe, no para competir con las admirables obras de los grandes, ni para
contrariar las voces del magisterio, sino para encarnar capilarmente su insustituible lugar
hermenéutico del Poliedro del Reino.
Conclusión: de los salones cerrados a la intemperie del Evangelio
E
l auge de los círculos exclusivos y el persistente elitis
m
o intraeclesial buscan seguridad cerrando
puertas
. F
rente a ello
,
el
E
vangelio propone una alternativa arriesgada
:
la
m
esa co
m
partida con
los descartados, la palabra que circula, la verdad que se discierne en común, sinodalmente.
L
a esperanza cristiana desactiva toda apropiación excluyente
. J
esús no fundó una élite ilustrada
,
sino una co
m
unidad frágil
,
plural y conflictiva
,
donde la única credencial era el deseo de seguirlo.
En un mundo obsesionado con la distinción, el cristianismo sigue anunciando una verdad
incómoda: nadie posee a Dios. La fe no se administra desde clubes cerrados, curias
imperiales ni bibliotecas blindadas, sino que se vive, se arriesga y se discierne en la historia
concreta, allí donde el Espíritu sigue ardiendo y desconcertando.
Tal vez hoy la verdadera excelencia social y eclesial consista en renunciar al “solo
para miembros VIP” y atreverse al éxodo bíblico. Porque solo allí, lejos de los círculos
privilegiados que esclavizan el sentido, el Evangelio vuelve a ser Tierra Prometida.
Los dirigentes de la derecha española presumen de fe, de tradición y de valores
cristianos, pero cuando bajan del altar hacen política o incluso gobiernan como
si el Evangelio fuera un folleto publicitario que reparten para captar votos”.
L
os principales líderes de la derecha española
,
A
lberto
N
úñez
F
eijóo
,
S
antiago
A
bascal
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adrila
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,
hacen constantes
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anifestaciones públicas de catoli-
cis
m
o
. E
n las pasadas fiestas de dicie
m
bre incluso gastaron abundante
m
unición
m
ediá-
tica para criticar a sus adversarios que las felicitaban en general y no co
m
o
N
avidad.
Feijóo acaba de decir hace pocos días que los ideales de su partido son «la
libertad, la paz, la democracia, la sostenibilidad, la defensa del Estado de
Derecho y la tradición y la cultura cristiana». Aunque Abascal afirma que su
partido no es confesional y que en él caben personas de diferentes creencias, en
diversas ocasiones se ha declarado expresamente católico. Y lo mismo ocurre, e
incluso en mayor grado, con Díaz Ayuso. En su último discurso navideño, dijo
que «el nacimiento de Jesús es un mensaje de amor y verdad» y que «ser
católico es la antítesis de ser racista o insolidario».
La derecha española ha sido siempre de sacristía y siempre ha presumido de
alma limpia y conciencia recién planchada
. Sus líderes se santiguan en público,
comulgan y hacen continua ostentación de fe. Pero salen de las iglesias y acto
seguido se ponen a mentir con tranquilidad pasmosa.
No exagero. Estos últimos días lo están haciendo sin piedad, vergüenza ni límite
para combatir no a la regularización de inmigrantes en sí, sino al gobierno -
según ellos enemigo de España- que ha aprobado la medida (defendida entre
otras instituciones por la Conferencia Episcopal y las patronales de sectores en
donde se emplea a mayor número de trabajadores extranjeros).
Denuncian los dirigentes de la derecha que la regularización del gobierno de
Pedro Sánchez modificará el censo electoral.
Dejando a un lado que dan por hecho que los inmigrantes regularizados votarían
en masa a la izquierda -lo que desde luego estaría por ver-, se trata de una
afirmación mentirosa porque en España (como en todos los países) sólo votamos
los nacionales, y una cosa es regularizar y otra nacionalizar.
No cabe pensar ni por un momento que Feijóo, Ayuso y Abascal y su plétora de
asesores no sepan la diferencia entre ambos procesos, de modo que es inevitable
asegurar que están mintiendo a sabiendas.
Los dirigentes de la derecha española presumen de fe, de tradición y de valores
cristianos, pero cuando bajan del altar hacen política o incluso gobiernan como
si el Evangelio fuera un folleto publicitario que reparten para captar votos.
Y no sólo mienten, sino que mantienen completamente alterados los valores y
principios éticos que cabe asociar con el catolicismo. Se supone que ser cristiano
es seguir a Jesús de Nazaret quien, según el Evangelio de Mateo, dijo: “Apartaos
de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el Diablo y sus ángeles (…) era
forastero, y no me acogisteis».
Feijóo, Abascal y Ayuso mienten y criminalizan sin misericordia a las personas
que trabajan a nuestro alrededor, empleadas allí donde nosotros no queremos
trabajar, o que vienen a suplir nuestra falta de mano de obra
.
Y lo hacen,
ade
m
ás de
m
intiendo
,
con inhu
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ano desprecio
,
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o igual
m
ente le sucedió a José
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eida
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,
quien ta
m
bién ha confesado en diversas
ocasiones su ferviente catolicis
m
o
. E
n novie
m
bre de
2024
dijo
: «H
e sido bendecido
por el don de la fe», pero su ayuntamiento prohibió que una ONG repartiera
bocadillos a personas sin hogar. A diferencia, como en los casos anteriores, de la
enseñanza de Jesús: “… tuve hambre, y no me disteis de comer”.
La fe católica de los dirigentes de la derecha española es de quita y pon. Se
la lleva el humo cuando se trata de ayudar al débil o de repartir la riqueza: «Lo
más grave de la ley es la justicia, la misericordia y la fidelidad» (digo yo, que
esta última también aplicada a la verdad).
La regularización de inmigrantes no da papeles automáticos, no concede nació-
nalidad, no otorga derecho a voto, no convierte a nadie en delincuente ni supone
invasión alguna. Es simplemente un intento -modesto y hasta tardío- de sacar de
la clandestinidad a personas que ya viven y trabajan en nuestro país, al que de
esa forma ayudan a sostener y hacer más grande y próspero. Pero mentir sale
más barato que pensar, el miedo moviliza más que la verdad y a estos dirigentes
que presumen de católicos le vale todo para acabar con sus adversarios.
Ahora bien, si la fe de los Abascal, Feijóo y Ayuso no parece muy coherente por
todo esto que señalo, el príncipe de los sepulcros blanqueados («¡escribas y
fariseos, hipócritas!: por fuera parecen hermosos, pero por dentro están llenos de
huesos de muertos y de toda podredumbre») es, sin lugar a dudas, el obispo de
Orihuela-Alicante, José Ignacio Munilla.
Este va mucho más lejos. No sólo no se pronuncia con las palabras de Jesús que
he mencionado, ni habla como quien cree en ese Dios justo y misericordioso,
sino creyendo que él mismo es Dios omnisciente y que, por tanto, dispone de la
capacidad que ningún ser humano tiene: la de saber las intenciones reales de
cualquier otro y, en este caso, las de Pedro Sánchez y su gobierno cuando
proponen la regularización.
Según este obispo, no la han aprobado por las razones que han señalado: dar un
justo estatus legal, seguridad jurídica, derechos y una vía ordenada de
integración a miles de personas que ya están entre nosotros, la inmensa mayoría
de ellas conviviendo aquí en paz y generando riqueza; para favorecer la cohesión
social y la dignidad humana, permitiendo que ejerzan sus actividades legalmente
y reciban las contraprestaciones que legalmente les corresponda; para desarrollar
una política migratoria basada en derechos humanos, integración y convivencia,
no sólo compatible sino que impulsa el crecimiento económico; y para atender la
demanda ciudadana plasmada en una Iniciativa Legislativa Popular suscrita por
cientos de miles de firmas.
N
o
.
E
l
O
bispo asegura que esta
m
edida se ha to
m
ado co
m
o
estrategia para conseguir
otros fines
,
para hacer
«
patente el desprecio de nuestros gobernantes hacia los pen-
sionistas y hacia los inmigrantes, a quienes utilizan como moneda de cambio…».
Dijo Jesús en su Sermón de la montaña: «Guardaos bien de los falsos profetas,
que vienen a vosotros disfrazados de oveja, pero por dentro son lobos voraces.
Por sus frutos los conoceréi.
Por mucha Misa a la que vayan y organicen, por muchas veces que comulguen y
por muy abundantes que sean sus declaraciones de fe, los dirigentes de la
derecha española no pueden disimular cuáles son sus actos reales. Por sus frutos
se les puede conocer perfectamente y por eso se les puede decir exactamente lo
mismo que dijo Jesús a los fariseos: «Os hacéis pasar por justos delante de la
gente, pero vuestro interior está lleno de hipocresía y maldad».
Mucha misa, mucha comunión y mucho símbolo y actos religiosos… pero
poca justicia, poca misericordia y demasiada mentira.
PD. Después de haber publicado este artículo, una amiga me envía el siguiente
video de hace unos años en el que se ve a Isabel Díaz Ayuso declarando que no
es creyente. Más engaño todavía.
Publicado en La Voz del Sur
Hay personas que hablan de sacrificio como quien habla de un hobby. No porque lo hayan
vivido, sino porque lo han observado desde la comodidad de su mundo blindado, con
curiosidad académica y ningún riesgo personal. A Cayetana Álvarez de Toledo, marquesa,
diputada y predicadora
m
oral en redes sociales
,
se le enciende el verbo
y casi el gesto
cuando
habla de recortar pensiones, festivos o derechos sociales. No es sadismo: es convicción
ideológica. La serenidad de quien sabe que nunca le tocará pagar la factura. Mientras ella
habla de sacrificio, el resto del mundo sufre con la sonrisa de los privilegiados.
Sus palabras, difundidas en Instagram, ese púlpito digital donde la moral se mide en likes,
se presentan como reflexión sobre el precio de la democracia. Pero no hay profundidad: hay
catecismo. El de siempre: más gasto militar, menos derechos sociales, una homilía solemne
para que el recorte parezca virtud. Recortar derechos nunca fue para ellos un drama: es
vocación. La tragedia ajena se convierte en espectáculo de salón.
Cuando Cayetana pregunta qué estamos dispuestos a sacrificar, insiste: no es una pregunta
retórica
. B
aje
m
os del púlpito al suelo
,
co
m
o reco
m
ienda el
E
vangelio
. ¿Q
sacrifica ella
? ¿Q
pensión ve recortada? ¿Qué festivo necesita para llegar a fin de mes? ¡Ninguna! Su vida ha
estado protegida por la santa trinidad del privilegio: seguridad económica, capital cultural y
red social de poder. Colegios de élite, títulos acumulados, universidades prestigiosas,
apellido compuesto y biografía blindada. La precariedad, para ella, es una categoría
analítica, no una experiencia vital. Y aún así, se permite sermonear sobre sacrificio.
Y
aquí entra la expresión incó
m
oda: “quienes nunca han tenido red”. No es poesía social. Es
realidad
m
aterial
. T
ener red es no ro
m
perse; no tenerla es vivir al filo del vacío. Pero esto no
aparece en Instagram. Quien tiene red puede hablar de sacrificios con calma, perder un
festivo o retrasar una pensión porque no pone en juego su vida ni su dignidad. Tiene
ahorros
,
patri
m
onio
,
sanidad privada y contactos. El Estado es solo una opción más. Si caen,
caen sobre plumas. Mientras tanto, el resto sostiene el mundo sobre sus espaldas desnudas.
Quien nunca ha tenido red vive sin paracaídas. La pensión no es un complemento: es el
suelo. La sanidad no es una preferencia: es supervivencia. Un festivo no es ocio, es
descanso sico tras semanas de trabajo agotador. Un recorte no es ajuste técnico: es un
golpe al estómago. Pero nunca se les pregunta si pueden sacrificar más. Se da por hecho.
Siempre hay que pedirles un poco más. Y cuando se les exige, la aristocracia sonríe y llama
a eso responsabilidad.
Presentar como universales renuncias que solo soporta una minoría protegida es abuso
estructural. Pedir el mismo esfuerzo a quien tiene colchón y a quien no, no es igualdad ni
justicia. Una obra maestra de retórica al servicio de la desigualdad. Mientras los pobres
caen, los ricos escriben lecciones de vida desde sus sillones acolchados.
E
stos discursos nunca e
m
piezan por arriba
. N
unca hablan de sacrificar privilegios
,
herencias
,
rentas de capital o redes de poder
. Em
piezan sie
m
pre por lo
m
is
m
o
:
pensiones
,
festivos
,
derechos
sociales. Porque saben que quien no tiene red no puede decir que no. No tiene margen, no
tiene alternativa, no tiene púlpito digital desde el que responder. Y así, el sacrificio se
convierte en espectáculo y los que sostienen la sociedad, en mártires de escritorio.
Resulta edificante este discurso cuando subir 10 o 15 euros a quien vive con 1.000 euros se
presenta como amenaza al orden mundial, pero cuando se suben sueldos desde las
instituciones, la épica se disuelve. No hay patria, no hay Evangelio, no hay sacrificio. Hay
normalidad administrativa. Y el resto, por supuesto, aplaude desde el margen, con la
conciencia limpia y los bolsillos llenos.
Cayetana invoca a Macron y Francia. Un espejo revelador. Francia no demuestra sacrificio;
demuestra imponerlo siempre a los mismos. El recorte convertido en dogma, la política en
fatalismo. Los que sufren, invisibles para el relato. Mientras tanto: sanidad colapsada, listas
de espera indecentes, cribados de cáncer desmantelados. Personas que llegan tarde al
diagnóstico. Personas que no llegan. Frente a eso, no hay cuidado: más paciencia, más
sacrificio, más silencio. Muy evangélico todo, si tu evangelio se escribe con billetes.
C
ayetana habla de vacaciones, festivos
,
pensiones como si fueran caprichos de una sociedad
blanda, no derechos conquistados con décadas de lucha. Convertir la dignidad en exceso y
el descanso en pecado. El Evangelio según Instagram. La misa se oficia desde el salón.
Mucho Evangelio mal leído. Mucha cruz ajena, muy poco pan compartido. El Evangelio
auténtico hablaba de poner al pobre en el centro, no de usarlo como ejemplo moral mientras
se le recorta. Sufre tú, que yo lo explico bien. Si protestas, te acusarán de no comprender la
grandeza del sacrificio.
Y el cinismo: cuando aparecen SICAV, fortunas y privilegios fiscales, el tono se vuelve
técnico, prudente. Nada de épica, nada de deber. El cinturón solo se aprieta hacia abajo. Los
que viven arriba aplauden desde sus salones blindados.
T
odo encaja
:
capitalis
m
o que dificulta la vida
,
derechos sociales convertidos en variable de ajuste
,
derecha encantada de ejercer de bastión ideológico. Patriotismo de pandereta. Banderas
para tapar tijeras. Mucha democracia en abstracto y muy poca vida digna en concreto.
El mensaje de Cayetana no es coraje. Es pedagogía de la resignación con aroma
aristocrático. Pedir sacrificios desde el lujo, citar el Evangelio sin pasar por el pobre,
mantener las manos limpias. Una democracia que exige dolor solo a los que menos tienen
no se defiende; se vacía. Recortar pensiones y festivos no es libertad: es disciplina social
bendecida desde Instagram. ¡Ninguna misa lo bendecirá!
Bienaventuranzas: no dicen bienaventurados los que recortan”, ni “los que ajustan”, ni
“los que piden a los pobres que entiendan el contexto internacional”. Empiezan con los
pobres, los que lloran, los que tienen hambre y sed de justicia. No los que administran el
dolor desde arriba. Y a esos, ni el Evangelio los salva.
El cristianismo de verdad no bendice el sufrimiento impuesto, ni convierte la precariedad
en virtud cívica. No pide sacrificios a quien ya carga la cruz; pregunta quién la puso ahí y
por qué siempre son los mismos. Todo lo demás es teología del recorte, moral de salón y
Evangelio sin pobres. Ni Dios lo bendice.
Esto no va de democracia, ni de libertad, ni de fe compartida. Va de quién paga, quién
decide y quién sonríe mientras explica que no hay alternativa. Cuando el sacrificio cae
sobre los mismos y la red solo existe para unos pocos, no es debate moral: es coartada.
Ni la liturgia la toca. Y si alguien dice lo contrario, que se mire en el espejo antes de
predicar sacrificios que nunca conocerá.
José Carlos Enríquez Díaz
No deja de sorprender que quienes
m
ás sufren el deterioro de sus condiciones de vida
acaben respaldando discursos que lo justifican. El malestar social se desvía hacia miedos
identitarios que se usan para favorecer una política de recortes y privatizaciones.
Recuperar la conciencia de quién toma las decisiones y a quién benefician es clave para
dejar de enfrentarnos entre iguales y volver a poner la vida en el centro.
El panorama político actual presenta una paradoja que merece un análisis profundo: ¿por qué
tantas personas cuyas condiciones de vida dependen de servicios públicos fuertes y salarios
dignos terminan apoyando opciones políticas que favorecen los intereses de las grandes
élites económicas? Para entender esto, es fundamental recuperar un concepto que parece
haber sido borrado del discurso público, pero que sigue determinando nuestra realidad
cotidiana: la lucha de clases. La teoría marxista aclara certeramente que la sociedad no es un
conjunto armónico de individuos, sino que está dividida fundamentalmente por la posición
que ocupamos en el sistema de producción. Por un lado, están quienes poseen los medios
para generar riqueza y, por otro, la inmensa mayoría que sólo dispone de su fuerza de trabajo
para subsistir. Esta diferencia genera intereses contrapuestos que no pueden ignorarse sin
caer en el engaño, ya que la realidad material se nota cada día en el acceso a la vivienda, la
calidad de la sanidad o la estabilidad laboral.
Sin embargo, para que el sistema dominante se mantenga, necesita que la clase trabajadora
olvide su identidad y se fragmente. Aquí es donde entran en juego estrategias como el
nativismo, que se presenta como una defensa de “los de aquí” frente a “los de fuera”, pero
que en la práctica funciona como una cortina de humo. En lugar de señalar a quienes recortan
derechos o bajan impuestos a los más ricos, se culpa a personas migrantes que suelen trabajar
en condiciones de extrema precariedad. Este mecanismo busca que el trabajador local vea
con sospecha a su igual en lugar de unirse a él contra la explotación, desviando el foco del
verdadero conflicto de clase hacia un conflicto de identidad nacional. Cuando un trabajador
cree que su problema es otro trabajador
lo que nacido en otro país
deja de ver que sus
dificultades vienen de decisiones económicas tomadas por quienes concentran el poder.
A este escenario se suma el autoritarismo, que se alimenta del cansancio de quienes sienten
que las instituciones no responden. Se promete “mano dura” y orden como solución rápida,
pero esa fuerza suele utilizarse para acallar la protesta social y disciplinar a quienes
cuestionan el orden económico establecido, despojando a las clases populares de sus
herramientas de resistencia. Este cuadro se completa con un populismo excluyente que
divide el mundo entre un “pueblo puro” y una “élite corrupta”, pero que a menudo señala
como enemigos a intelectuales o artistas mientras protege las políticas de las grandes
corporaciones y el capital financiero. La retórica es popular, pero las medidas benefician a
los fondos de inversión y a los sectores más privilegiados.
Un ejemplo clarificador de esta deriva lo encontramos en la etapa de gobierno de Mariano
Rajoy en España, que las fuerzas de la Derecha quieren reeditar. Bajo el paraguas de la
“austeridad”, se ocultó una transferencia masiva de recursos y derechos desde la clase
trabajadora hacia los grandes capitales. Mientras se rescataba con dinero público al sector
bancario
esa élite financiera real que rara vez es señalada
, se aplicaba una devaluación
salarial sistemática y se liquidaban servicios esenciales como la sanidad, la educación y las
pensiones. Esta maniobra no fue un error, sino una herramienta consciente para aumentar el
beneficio empresarial, confirmando que el Estado, en manos de la burguesía, actúa como
administrador de sus propios negocios. Para que este saqueo fuera aceptado, fue necesaria
una maquinaria mediática implacable que, a través de la desinformación y el miedo,
convenció a muchos de que “habíamos vivido por encima de nuestras posibilidades”,
culpabilizando a la víctima para que aceptara el castigo de los recortes.
Recuperar la conciencia de clase significa entender que nuestras necesidades no se resuelven
señalando al inmigrante o entregando el poder a un líder mesiánico, sino reconociendo que la
verdadera fuerza reside en la solidaridad colectiva. Cuando la clase trabajadora
en toda su
diversidad
comprende que sus problemas no vienen de otros trabajadores, sino de
estructuras que concentran riqueza y poder, se vuelve mucho más difícil que prospere la
división
. D
es
m
ontar estas tra
m
pas ideológicas es el pri
m
er paso para volver a poner la política
al servicio de la
m
ayoría social y defender los intereses de quienes
,
con su esfuerzo diario,
sostienen el mundo. La pregunta clave no es quién grita más fuerte, sino quién protege
realmente las condiciones materiales de vida de la gente común.
Si algo demuestra el avance de las políticas antisociales es que no se sostienen sólo en la
fuerza de quienes dominan, sino también en la ignorancia inducida y la insolidaridad
cultivada entre quienes padecen la explotación. Un sistema que necesita trabajadores
enfrentados, desinformados y desconfiados no teme a la mayoría social, sino a su toma de
conciencia. Afrontar esa realidad
reconocer cómo se fabrica el consentimiento y cómo se
debilitan los lazos colectivos
es un primer paso imprescindible para no seguir allanando el
camino al orden capitalista. Porque ningún proyecto de emancipación es posible mientras se
asuma como natural lo que es, en esencia, una relación de dominio.
F. Castaño