E
stos discursos nunca e
m
piezan por arriba
. N
unca hablan de sacrificar privilegios
,
herencias
,
rentas de capital o redes de poder
. Em
piezan sie
m
pre por lo
m
is
m
o
:
pensiones
,
festivos
,
derechos
sociales. Porque saben que quien no tiene red no puede decir que no. No tiene margen, no
tiene alternativa, no tiene púlpito digital desde el que responder. Y así, el sacrificio se
convierte en espectáculo y los que sostienen la sociedad, en mártires de escritorio.
Resulta edificante este discurso cuando subir 10 o 15 euros a quien vive con 1.000 euros se
presenta como amenaza al orden mundial, pero cuando se suben sueldos desde las
instituciones, la épica se disuelve. No hay patria, no hay Evangelio, no hay sacrificio. Hay
normalidad administrativa. Y el resto, por supuesto, aplaude desde el margen, con la
conciencia limpia y los bolsillos llenos.
Cayetana invoca a Macron y Francia. Un espejo revelador. Francia no demuestra sacrificio;
demuestra imponerlo siempre a los mismos. El recorte convertido en dogma, la política en
fatalismo. Los que sufren, invisibles para el relato. Mientras tanto: sanidad colapsada, listas
de espera indecentes, cribados de cáncer desmantelados. Personas que llegan tarde al
diagnóstico. Personas que no llegan. Frente a eso, no hay cuidado: más paciencia, más
sacrificio, más silencio. Muy evangélico todo, si tu evangelio se escribe con billetes.
C
ayetana habla de vacaciones, festivos
,
pensiones como si fueran caprichos de una sociedad
blanda, no derechos conquistados con décadas de lucha. Convertir la dignidad en exceso y
el descanso en pecado. El Evangelio según Instagram. La misa se oficia desde el salón.
Mucho Evangelio mal leído. Mucha cruz ajena, muy poco pan compartido. El Evangelio
auténtico hablaba de poner al pobre en el centro, no de usarlo como ejemplo moral mientras
se le recorta. Sufre tú, que yo lo explico bien. Si protestas, te acusarán de no comprender la
grandeza del sacrificio.
Y el cinismo: cuando aparecen SICAV, fortunas y privilegios fiscales, el tono se vuelve
técnico, prudente. Nada de épica, nada de deber. El cinturón solo se aprieta hacia abajo. Los
que viven arriba aplauden desde sus salones blindados.
T
odo encaja
:
capitalis
m
o que dificulta la vida
,
derechos sociales convertidos en variable de ajuste
,
derecha encantada de ejercer de bastión ideológico. Patriotismo de pandereta. Banderas
para tapar tijeras. Mucha democracia en abstracto y muy poca vida digna en concreto.
El mensaje de Cayetana no es coraje. Es pedagogía de la resignación con aroma
aristocrático. Pedir sacrificios desde el lujo, citar el Evangelio sin pasar por el pobre,
mantener las manos limpias. Una democracia que exige dolor solo a los que menos tienen
no se defiende; se vacía. Recortar pensiones y festivos no es libertad: es disciplina social
bendecida desde Instagram. ¡Ninguna misa lo bendecirá!
Bienaventuranzas: no dicen “bienaventurados los que recortan”, ni “los que ajustan”, ni
“los que piden a los pobres que entiendan el contexto internacional”. Empiezan con los
pobres, los que lloran, los que tienen hambre y sed de justicia. No los que administran el
dolor desde arriba. Y a esos, ni el Evangelio los salva.
El cristianismo de verdad no bendice el sufrimiento impuesto, ni convierte la precariedad
en virtud cívica. No pide sacrificios a quien ya carga la cruz; pregunta quién la puso ahí y
por qué siempre son los mismos. Todo lo demás es teología del recorte, moral de salón y
Evangelio sin pobres. Ni Dios lo bendice.
Esto no va de democracia, ni de libertad, ni de fe compartida. Va de quién paga, quién
decide y quién sonríe mientras explica que no hay alternativa. Cuando el sacrificio cae
sobre los mismos y la red solo existe para unos pocos, no es debate moral: es coartada.
Ni la liturgia la toca. Y si alguien dice lo contrario, que se mire en el espejo antes de
predicar sacrificios que nunca conocerá.
José Carlos Enríquez Díaz