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¡Basta de Secuestro Evangélico!



La Misión de Jesús es
la Justicia, no el Culto

No estamos ante hechos aislados. En diversos ámbitos geográficos, incluyendo focos cada vez más visibles en nuestro país, asistimos a una recuperación sistemática del rito tridentino. Esta deriva se manifiesta con especial fuerza en diócesis de Estados Unidos, como Tyler (Texas) o Cleveland, donde sectores alineados con el destituido obispo Strickland han convertido la Misa antigua en una bandera de resistencia política. En Europa, Francia sigue siendo el epicentro a través de la Fraternidad San Pedro y los institutos tradicionalistas en ciudades como Chartres, mientras que en nuestro país, parroquias en Madrid, Barcelona y Toledo han visto cómo las celebraciones “de espaldas al pueblo” se han estabilizado y ampliado durante este inicio de 2026.

Incluso en la Basílica de San Pedro, donde el espíritu del Vaticano II debería estar más custodiado, la reciente autorización de misas en el altar de la Cátedra bajo el rito de 1962 ha sentado un precedente alarmante. Lo inquietante de estos casos no es la sonoridad del latín ni la estética del rito per se, sino que estas celebraciones actúan como catalizador de una eclesiología de exclusión. No se postulan como una opción de sensibilidad espiritual, sino como una enmienda deliberada a la totalidad del Concilio. Al restaurar el altar como una barrera, refuerzan la figura del clero como una casta sagrada e intocable, precisamente en un momento histórico en el que el mundo clama por una Iglesia horizontal, sinodal y profundamente comprometida con el grito de la tierra y de los pobres.

El rito tridentino, codificado en 1570, fue diseñado históricamente para consolidar la autoridad clerical frente a la Reforma. Su estructura rigurosamente vertical, su lenguaje inaccesible para el pueblo y su énfasis en el sacrificio y la estricta separación entre el clero y el laicado, reflejan una teología que ha marginado durante siglos la participación activa de los creyentes. Aunque el Concilio Vaticano II intentó abrir ventanas al mundo, la restauración de este rito —por más que se presente como opción legítima— representa un gesto que inquieta profundamente a quienes creen en una Iglesia más horizontal, más comunitaria, y más auténticamente evangélica. Se refuerzan así dinámicas excluyentes, clericales y patriarcales que mantienen a la feligresía en un rol pasivo y subordinado.

Aquí reside el nudo del problema y el secuestro del mensaje evangélico por parte de la institución. La misión central para la que Jesús convocó a sus seguidores no fue la práctica de cultos y devociones con la finalidad individual y egoísta de alcanzar la vida eterna. La misión de Jesús fue, radical y públicamente, la dedicación a la liberación de los oprimidos y la construcción de un mundo más justo y fraterno: lo que Él llamaba el Reino de Dios.

El Evangelio no nació en un templo, ni fue proclamado desde una cátedra de autoridad. Jesús de Nazaret no instituyó jerarquías ni rituales cerrados. Su mensaje fue claro e innegociable: justicia, compasión, igualdad. Denunció los privilegios, rechazó la hipocresía de los religiosos de su tiempo y se posicionó, sistemáticamente, del lado de los excluidos. La expulsión de los mercaderes, la parábola del Buen Samaritano, el gesto de lavar los pies, la mesa compartida con pecadores… todo apunta a una espiritualidad totalmente encarnada en la realidad del mundo, no ritualizada y alejada de él.

La liturgia, la estructura clerical, los dogmas rígidos y las devociones que proliferan en la Iglesia, cuando se vuelven un fin en sí mismos o un mero espectáculo, corren el riesgo de desactivar la fuerza transformadora del Evangelio. El culto sin compromiso social, la devoción sin justicia, la misa sin misión, son formas de profunda alienación espiritual. Y si bien muchos fieles encuentran consuelo en la solemnidad del rito antiguo, no podemos ignorar que su restauración esconde un peligro mayor: la Iglesia, con su énfasis desmedido en la obediencia al dogma y la práctica de ritos que enfatizan la autoridad vertical, está, de hecho, secuestrando la llamada evangélica a la justicia y la sustituye por una promesa individual de vida eterna basada en la sumisión. Se ofrece la salvación a cambio de la quietud, anulando la vocación profética.

La verdadera pregunta no es si el rito tridentino debe permitirse, sino si la Iglesia está dispuesta a recuperar el espíritu subversivo de Jesús: una comunidad de iguales, una asamblea profética dedicada al servicio y a la denuncia. El Sínodo de la Sinodalidad prometía una Iglesia en escucha, en camino, en reforma. Pero gestos como este parecen responder más a presiones internas que a convicciones evangélicas.

Desde una mirada progresista, urge recordar que la fe no se celebra en el altar, sino en la calle, en la lucha por la dignidad, en el acompañamiento del que sufre. La Eucaristía no es un sacrificio que nos separa, sino una mesa que nos convoca. Y si la Iglesia quiere ser fiel al Maestro, debe dejar de mirar hacia los oropeles del pasado y empezar a caminar hacia el Reino que él anunció: un Reino de justicia, de fraternidad y de vida compartida para todos. El tiempo de sustituir el compromiso social por la devoción vacía debe terminar.