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Vivimos un tiempo sombrío. A comienzos de septiembre de 2025, el mundo y nuestra propia nación se sienten atrapados en una espiral de crisis que nos interpelan profundamente. Como colectivo de Cristianos de Base, no podemos ni debemos permanecer impasibles ante esta realidad. Es nuestra obligación, como seguidores de Jesús de Nazaret, ser la voz que denuncie las injusticias y la mano que actúe para construir un mundo más justo.
Un mundo en tinieblas: de guerras a la injusticia económica
La geopolítica actual presenta un panorama desolador. Las guerras en Ucrania y Gaza siguen cobrándose un precio altísimo en vidas humanas, mostrando la brutalidad del conflicto y el fracaso de la diplomacia. A nivel global, la agresiva política de la potencia imperialista liderada por Trump promueve una guerra económica que ahoga a los países más vulnerables y un rearme militar que desvía recursos esenciales que deberían destinarse a resolver problemas sociales urgentes. Mientras unos pocos se enriquecen con el comercio de armas, millones de personas sufren las consecuencias de la pobreza y la falta de servicios básicos.
En nuestra propia tierra, el fuego devora el campo. Los incendios forestales que asolan España no son un accidente, sino el resultado de políticas nefastas. La despoblación rural y el abandono del campo, sumados a una política que privilegia la reducción de impuestos sobre el cuidado de los servicios sociales, nos han hecho vulnerables. Este desprecio por lo público y por la vida en el campo no sólo destruye la naturaleza, sino que también desvela la profunda desigualdad de nuestra sociedad.
El inquietante telón de fondo de este escenario de crisis global es el auge de la extrema derecha, tanto a nivel nacional como internacional. Sus discursos de odio y exclusión dividen a las comunidades y amenazan los derechos y libertades que tanto costó conseguir. La base de esta ideología se cimienta en la xenofobia y la aporofobia.
La xenofobia, el miedo u hostilidad hacia el extranjero, se manifiesta en narrativas que demonizan a los inmigrantes y refugiados. Se les acusa de ser la causa de todos los males sociales: la inseguridad, el desempleo y el deterioro de los servicios públicos. Se fomenta así un rechazo a la diversidad cultural y un nacionalismo excluyente, que ve en el "otro" una amenaza a la identidad y la cohesión nacional. Se construyen muros, se endurecen las políticas migratorias y se niega la ayuda humanitaria, todo ello bajo el pretexto de "proteger" a la población local.
Paralelamente, la aporofobia, o el rechazo al pobre, se convierte en un pilar fundamental de su discurso. Esta política no solo desprecia al inmigrante, sino también a las personas sin recursos, independientemente de su origen. Se les considera una carga social y se les culpa de su propia situación, ignorando las causas estructurales de la pobreza y la desigualdad. Esta aversión al pobre justifica la reducción de las ayudas sociales y la privatización de servicios esenciales, argumentando que el Estado no debe “mantener a los que no trabajan”.
Así, esta política de extrema derecha, basada en la xenofobia y la aporofobia, crea una sociedad fracturada y sin empatía. En lugar de abordar las causas reales de los problemas —como las guerras, el cambio climático o la injusticia económica—, estos movimientos señalan a los más vulnerables como chivos expiatorios. El resultado es un retroceso en los valores de solidaridad y humanidad, erosionando la cohesión social y amenazando los cimientos de una sociedad justa e inclusiva.
La Iglesia y nuestra misión
Ante esta crisis, la respuesta de la Iglesia resulta, en muchos casos, lamentable. Observamos con preocupación cómo el tradicional clericato conservador, lejos de abrazar el mensaje liberador de Jesús, se alinea con las élites y las clases dominantes. Esta traición al Evangelio convierte a la Iglesia en una institución pasiva, sin horizontes de reforma, incapaz de ofrecer una respuesta significativa a los problemas que atormentan a la humanidad.
La desviación del verdadero mensaje de Jesús
Este sector clerical conservador promueve una forma de fe centrada en la devoción cultual y litúrgica. Se enfatiza la observancia de ritos, la veneración de imágenes y la participación en ceremonias, elementos que se utilizan para desviar la atención del verdadero seguimiento de Jesús. Se busca alejar a los fieles de la esencia de su mensaje: una acción comprometida con la justicia social, el cuidado de los marginados y la denuncia de las estructuras de opresión.
Jesús de Nazaret, por el contrario, no fue un líder pasivo. Su vida fue una constante confrontación con el poder establecido, con el mercado y el dinero, y con las formas de propiedad que sustentaban ese sistema. Expulsó a los mercaderes del Templo, denunció la riqueza como un obstáculo para la entrada al Reino de Dios y compartió sus bienes con los más necesitados. En este sentido, la propuesta de Jesús es radicalmente opuesta a un sistema económico que genera desigualdad y explota a los más débiles.
La traición a la esencia del Evangelio
La traición del clero conservador consiste precisamente en esto: en reemplazar la esencia profética y liberadora de Jesús por una fe cómoda y descomprometida. Se predica una resignación pasiva ante las injusticias, en lugar de un compromiso activo para transformar el mundo. Al hacerlo, se convierte a la Iglesia en un baluarte de la tradición y el orden establecido, en lugar de ser un motor de cambio.
En lugar de desafiar las estructuras de poder que perpetúan la pobreza y la desigualdad, ese sector eclesial se alía con ellas. Esta pasividad se convierte en complicidad, y la Iglesia, en lugar de ser un refugio para los oprimidos, se transforma en un espejo de las clases dominantes, olvidando que el Evangelio es, en su núcleo, un llamado a la liberación de los cautivos, la justicia para los oprimidos y la subversión de los poderes de este mundo. Pero la fe en Jesús de Nazaret no es para la pasividad, sino para la acción. Inspirados por la Teología de la Liberación, creemos que el mensaje de Jesús es, en esencia, subversivo y revolucionario. Él se puso del lado de los pobres y los oprimidos, desafiando a los poderosos de su tiempo. Nos enseñó que el Reino de Dios no es una promesa lejana, sino un proyecto a construir aquí y ahora, a través de la justicia, la solidaridad y el amor.
La llamada a la acción: ser sal de la tierra y luz del mundo
Nuestro colectivo, y todos los que se sientan interpelados por esta realidad, debemos asumir nuestra responsabilidad. Estamos llamados a ser luz del mundo y sal de la tierra. Ser sal significa darle sabor y sentido a una sociedad que se ha vuelto insípida por la indiferencia. Significa actuar en el mundo, denunciando la injusticia y promoviendo la igualdad. Ser luz es iluminar los caminos de la esperanza donde sólo parece haber oscuridad, mostrando que otro mundo es posible.
No podemos ser cómplices de la pasividad ni del silencio. Nuestra fe nos exige tomar partido, como lo hizo Jesús. Por eso, debemos dirigirnos a todos los cristianos y a todas las personas de buena voluntad a unirse a este camino de transformación. Difundir nuestro mensaje, organizar la acción social y trabajar incansablemente por los derechos de los más vulnerables no es una opción, sino una necesidad imperante.
Es hora de dejar de ser una Iglesia sin horizontes. Es hora de actuar. Es hora de encender la luz. El seguimiento de Jesús es un acto de liberación, y en estos tiempos oscuros, es la única respuesta que tiene sentido.
