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MACHISMO Y CLERICALISMO

Fue noticia en este mes de octubre de 2025. La obispa Sarah Elisabeth Mullally fue designada el día 3 como la primera mujer en ocupar el cargo de Arzobispa de Canterbury. En la Iglesia Anglicana, el Arzobispado de Canterbury es la sede primada, equivalente al del papado u obispado de Roma en la Iglesia Católica. Imaginemos y comprendamos lo chocante, y aún traumático que resulta esa noticia en el ámbito católico: una mujer, y además casada, elegida para un puesto eclesiástico equivalente al del papa católico. En la Iglesia Católica Romana es inimaginable ese tipo de encumbramiento; ni siquiera se contempla la ordenación presbiterial de las féminas y tampoco la anulación del precepto del celibato para los clérigos ordenados.

Se trata de ámbitos culturales distintos, y cada uno evoluciona a su propio ritmo. Corresponde a los sociólogos investigar y determinar las causas de las diferentes actitudes hacia la emancipación femenina, que varían notablemente entre la cultura anglosajona, la latina y otras aún más represivas en este aspecto. A modo de ejemplo, la ordenación sacerdotal o pastoral femenina es común en gran parte del ámbito luterano (aunque no en todas sus ramas); sin embargo, no existe en las iglesias orientales que se autodenominan “ortodoxas”. No obstante, es interesante notar que incluso estas iglesias ortodoxas prescinden del celibato sacerdotal, una práctica que parece ser un precepto exclusivo de la Iglesia Católica Romana.

Veamos concretamente el tema del machismo. Este puede definirse como el conjunto de actitudes, conductas, valores y creencias que promueven la supremacía del varón sobre la mujer, lo que deriva en la discriminación y subordinación de lo femenino. Se fundamenta en una percepción de la mujer como ser inferior o menos valioso respecto al hombre, legitimando así la imposición de roles rígidos y jerárquicos.

En este contexto, resulta significativo observar que incluso dentro de las iglesias anglicanas ha surgido desacuerdo ante el reciente nombramiento de Sarah Elisabeth Mullally como Arzobispa de Canterbury. Se han difundido noticias sobre una posible amenaza de cisma anglicano, especialmente desde sectores eclesiásticos de África y Asia, donde la designación ha sido calificada como “devastadora” y una “vergüenza”. Aunque el anglicanismo llegó a esas regiones como consecuencia de la colonización británica, las diferencias culturales persisten y generan tensiones que se manifiestan en este tipo de reacciones.

Si tomamos como guía la enseñanza y la práctica de Jesús, es ineludible reconocer que él no estableció ningún tipo de marginación o jerarquía basada en el género entre sus primeros seguidores. De hecho, figuras como María Magdalena y otras mujeres formaban parte del círculo más cercano de discípulos en igualdad de condiciones con los varones.

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María Magdalena y otras mujeres formaban parte del círculo de discípulos en igualdad de condiciones con los varones.

Este rol crucial se magnifica en el evento fundacional del cristianismo: según el testimonio evangélico, fue precisamente a varias de estas mujeres a quienes Jesús Resucitado se apareció en primer lugar. Con este acto, no sólo las honró, sino que les encomendó la misión de ser las primeras apóstoles (apostolae apostolorum), otorgándoles el encargo explícito de anunciar la resurrección a los demás discípulos varones. Este reconocimiento subraya el liderazgo espiritual femenino en los orígenes del movimiento cristiano, desafiando cualquier intento posterior de exclusión clerical.

La superación del machismo y de los prejuicios sobre la sexualidad que subyacen en preceptos como el celibato clerical, será un proceso gradual, inherente a toda evolución y mejora social. Se trata de un camino que las sociedades deben recorrer, con los inevitables altibajos propios de cualquier transformación cultural. En este recorrido de progreso, Dios acompaña a la humanidad: la emergencia del sentido moral, reflejado en el Decálogo, y la enseñanza del Evangelio, plasmada en las Bienaventuranzas, son signos de la asistencia del Espíritu divino. De igual modo, la consolidación de ideales como Libertad, Igualdad y Fraternidad se enmarca dentro de este proceso incesante de mejora de las relaciones humanas.

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Los varones que quieren monopolizar el rango clerical y las mujeres que luchan por alcanzarlo, buscan lo mismo: destacar, ostentar...

En este proceso de cambio social, la religión juega un papel complicado y de doble filo: sus efectos en el progreso humano no siempre son beneficiosos, pero tampoco siempre negativos. Para entender esto, miremos de cerca la controversia sobre la ordenación femenina en el sacerdocio. Dejando de lado las diferencias entre católicos, anglicanos o luteranos, la clave está en una misma aspiración. Tanto los hombres que luchan por mantener su estatus clerical como las mujeres que luchan por alcanzarlo, están buscando lo mismo: ejercer un ministerio que da poder, autoridad y una posición destacada. En el fondo, este debate pone al descubierto un “afán elitista”. Es una lucha por pertenecer a esa minoría que, al ser la “elegida” para el cargo sagrado, se distingue de todos los demás. Por eso, esta discusión no es sólo sobre si una mujer puede ser pastora o sacerdote; es sobre quién tiene el derecho de ocupar los puestos de mayor influencia dentro de la Iglesia.

Estamos hablando del clericalismo. Y en este contexto es inevitable recordar lo que Jesús mismo nos dice sobre este fenómeno. Jesús advierte contra el afán de los líderes religiosos por ser reconocidos y diferenciarse del pueblo. Criticó a los escribas y sacerdotes por su afán de acaparar “los primeros asientos en las cenas y en las sinagogas, y los saludos en las plazas” (Mt 23:6-7), así como el uso de vestiduras llamativas y distintivas. Prohibió a sus discípulos usar títulos que implicaran superioridad o monopolio del saber o la autoridad espiritual: “Pero vosotros no permitáis que os llamen Maestro, porque tenéis un solo Maestro, y todos vosotros sois hermanos. Y no llamad Padre a nadie en la tierra, porque tenéis un solo Padre, el del cielo. Tampoco permitáis que os llamen Guía” (Mt 23:8-10). Con esto, Jesús buscaba establecer la igualdad radical entre todos sus seguidores.

Este afán de dominio espiritual inherente a las estructuras religiosas se dio, por lo general, en todas las religiones. De hecho, en el judaísmo que Jesús conoció, el sacerdocio ya estaba limitado a clanes privilegiados de la tribu de Leví, y la posición de Sumo Sacerdote era un cargo extremadamente codiciado, fuente de intrigas y disputas políticas.

A los cristianos de hoy nos corresponde reflexionar con una dosis de autocrítica histórica sobre la génesis y el desarrollo de la élite clerical que se constituyó, a lo largo de los siglos, con dedicación exclusiva al culto. Es lamentable que, en el estado culturalmente atrasado en el que aún nos hallamos en este punto, consideremos normal la existencia de un estamento jerárquico que se autodefine como mediador indispensable entre la divinidad y la humanidad, erigiéndose en dispensador de gracias y perdones divinos.

Al hacer de la dirección del culto el centro y misión de su existencia, esta clerecía ha terminado por rebajar la condición de los seguidores de Jesús al mero cumplimiento de devociones. De esta manera, se desvía la atención de la misión central del Evangelio: la implantación del Reino de Dios y su justicia. Este proyecto de justicia y transformación social implicaría necesariamente enfrentar a los poderes dominantes que oprimen al pueblo, una confrontación que la élite clerical a menudo evita, prefiriendo, en cambio, mantener buenas relaciones con el statu quo político y económico.

La pregunta crucial es: ¿Cómo superar el machismo, tanto en el ámbito religioso como en la sociedad en general? ¿Cómo lograr una práctica de fe que esté realmente anclada en la enseñanza liberadora del Evangelio, una fe libre de élites clericales que imponen dogmas y devociones alienantes?

Como ya se ha señalado, estas dificultades tienen su origen en un estado de atraso cultural. Por lo tanto, el verdadero campo de batalla debe ser el terreno cultural, donde la lucha principal consiste en combatir la ignorancia y movilizar la conciencia.

Este fue precisamente el método de Jesús de Nazaret: dedicarse a enseñar y a despertar al pueblo sometido y engañado. El Evangelio nos muestra las enormes dificultades que el Maestro encontró en esta misión. Por un lado, estaban los privilegiados y beneficiados por el sistema dominante, encarnados en los escribas, sacerdotes y líderes de la religión establecida (el “clero” de su época). Por otro lado, estaba la masa dominada, una parte del pueblo que, engañada, asumía su situación como la única posible y correcta. Este era el caso de personas como Nicodemo, y de todos aquellos que, actuando de buena fe pero con una mentalidad programada, terminaron por elegir a Barrabás en lugar del Mesías liberador.

Para este tipo de gente, Jesús tenía un mensaje radical: debían “nacer de nuevo”. Esto significaba desaprender de raíz todo lo que los poderes dominantes —tanto religiosos como políticos— les habían inculcado, y atreverse a partir de cero para construir una nueva visión de la vida y la justicia. La superación, entonces, no es sólo un cambio de normas, sino una profunda transformación de la mentalidad.

En esas estamos, nuestra misión hoy es precisamente continuar esa labor educativa. Como grupo comprometido con recuperar la enseñanza original de Jesús, una enseñanza que tradicionalmente ha quedado confinada en un fárrago de ritos, ceremonias, dogmas y normas sin sentido, debemos enfocarnos en la paciente labor de la educación y la concienciación.

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La enseñanza de Jesús ha quedado confinada en un fárrago de ritos, ceremonias, dogmas y normas sin sentido.

Nuestro objetivo es llegar a aquellos a quienes llamamos los “pobres nicodemos”: personas sinceras, pero que han sido víctimas de una profunda deformación ideológica. Esta deformación fue diseñada por los poderes dominantes, y está interesada en mantener intactas las injustas estructuras sociales y las élites eclesiásticas que existen actualmente. En esencia, se trata de rescatar el mensaje liberador del Evangelio de la parálisis ritual para devolverlo a su lugar: la transformación de la conciencia y la lucha por la justicia en el mundo.

El nombramiento de una mujer, casada, como Arzobispa de Canterbury en pleno 2025, actuando como un sismógrafo cultural, no hace más que confirmar la urgencia de esta misión. Mientras el catolicismo romano se mantiene atrincherado en sus preceptos de celibato y en el monopolio masculino del poder, demostrando el arraigo del atraso cultural, la Iglesia Anglicana da un paso que revela profundas fracturas globales. Este debate, impulsado por el ejemplo de Sarah Mullally, nos obliga a mirar más allá de la cuestión de género, recordándonos que la verdadera batalla es contra el elitismo en todas sus formas. La vía de la transformación no está en cambiar una élite por otra, sino en desmantelar la mentalidad clerical que reduce la fe a un privilegio. Sólo a través de una paciente y constante labor educativa, desaprendiendo las doctrinas del dominio y recuperando el llamado radical de Jesús a la justicia y la igualdad, podremos liberarnos de las estructuras que nos impiden, a todos, nacer de nuevo. El futuro de la fe pasa por la abolición de todo pedestal y el retorno a la esencia liberadora del Evangelio.