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Deja que los muertos entierren a sus muertos

Otro de sus discípulos le dijo: -Señor, permíteme que primero vaya y entierre a mi padre. Pero Jesús le dijo: -Sígueme y deja que los muertos entierren a sus muertos. (Mateo 8, 21-22)

El texto es conocido, pero su profunda enseñanza a menudo pasa inadvertida. La respuesta de Jesús —“Sígueme y deja que los muertos entierren a sus muertos”— no es sólo un llamado a la prioridad, sino una rotunda declaración de que el seguimiento radical de Él constituye una alternativa de vida fundamentalmente distinta. Dicho seguimiento se opone, o al menos relativiza, la primacía de los deberes sociales, los ceremoniales tradicionales y el culto funeral, así como cualquier otra forma de culto que distraiga de la acción presente.

Este mandamiento de priorizar la misión de Jesús por encima de los ritos fúnebres parece no haber sido asumido en nuestro ámbito religioso. El contraste se me hizo palpable el pasado 2 de noviembre (Día de los Fieles Difuntos) al asistir a la celebración eucarística en una parroquia de mi ciudad. En su homilía, el clérigo oficiante no sólo encomió la celebración del culto a favor de los difuntos, sino que deploró la pérdida de la costumbre de encargar misas funerales. Su disertación se centró en la idea de que incluso las almas salvadas deben padecer tormentos en el Purgatorio por la pena debida a sus pecados ya perdonados, y que estos sufrimientos sólo pueden ser aliviados efectivamente mediante nuestra oración y, sobre todo, a través de la celebración de misas pagadas con esa intención.

Lo escuchado no era más que la doctrina tradicional, inculcada desde la infancia en el catecismo, las aulas de religión y la predicación sistemática. Tanto los asistentes al culto como el propio predicador, formados bajo la tutela del seminario y la costumbre, asumían esta enseñanza como la verdad incuestionable. Sin embargo, si el creyente se libera de esa instrucción dogmática y se atreve a leer el Evangelio y otros textos bíblicos –algo que la Iglesia institucional no fomenta–, descubre que hay pasajes, como el mencionado, que no sólo no avalan, sino que confrontan directamente esta enseñanza tradicional.

La pregunta clave es: cuando Jesús convocaba a sus discípulos a seguirle, ¿su intención real era que se convirtieran en participantes regulares de un culto pasivo y descomprometido, como el observado en ese templo? La llamada de Jesús es una interpelación, una movilización y una convocatoria a la acción. No es para la simple adhesión a devociones; es para imitarle, para llevar a cabo Su proyecto: la construcción activa del Reino de Dios en este mundo. Los muertos ya están en manos de Dios; el plan de Jesús es para los vivos, especialmente para aquellos que son víctimas de la opresión y la injusticia. Su proyecto es eminentemente profético, destinado a entrar en confrontación y contradicción con el sistema dominante, razón por la cual Él y los profetas fueron perseguidos.

Es precisamente a la realización de este proyecto mesiánico de confrontación social a lo que estamos llamados los seguidores de Jesús. No obstante, la Iglesia institucional, no profética, utiliza enseñanzas y prácticas como la doctrina del Purgatorio y las misas de sufragio para reorientar la energía de sus fieles. Mediante la promoción de estos cultos enajenantes, la institución consigue mantener al personal alejado del cumplimiento de la llamada de Jesús en la calle y lo recluye en devociones intramuros.

Esta estrategia se hizo necesaria históricamente cuando el concepto del Purgatorio fue popularizado, no en tiempos apostólicos, sino en la alta Edad Media por figuras como el Papa Gregorio Magno (siglo VI). Su encumbramiento se dio en un contexto de absoluto colapso político, con el Imperio Romano de Occidente desaparecido y la ineficaz dependencia de la corte bizantina ante la invasión bárbara. Forzado a ser el defensor, administrador civil y proveedor de Roma, Gregorio Magno legitimó al papado como la única autoridad efectiva. La consolidación de doctrinas como el Purgatorio ofreció entonces a esta nueva autoridad temporal una herramienta de influencia popular y una fuente de ingresos (a través de las ofrendas por las misas de difuntos), reforzando la figura del clero como mediador indispensable entre la vida y la muerte, y desviando la atención de la lucha social inminente.

Así se inculca la preocupación primordial por la salvación eterna individual y el alivio de los tormentos post-mortem, desviando la atención de la tarea central de construir el Reino de Dios en el presente, luchando contra la opresión y promoviendo la igualdad y la fraternidad. Esta estrategia, que tiene sus raíces en conceptos extra-bíblicos (como la idea del Purgatorio y el remedio interesado de las “misas gregorianas” que recetan para mitigarlo), sirve para neutralizar el potencial revolucionario del Evangelio. De hecho, las personas asistentes a la mencionada misa del Día de los Fieles Difuntos, salimos del templo sin alguna orientación o convocatoria a hacer algo en este mundo por mejorar la sociedad, sólo instados a rezar y encargar misas.

Debe quedar claro, no obstante, que en esta crítica no se está minusvalorando la celebración eucarística en sí. Este acto fue instituido por Jesús con una función de importancia trascendental. El problema radica, más bien, en la forma en que el rito se ha instrumentalizado y la finalidad a la que se lo destina, lo que le impide cumplir el objetivo radical para el que fue pensado.

En la Santa Cena, Jesús instó a sus seguidores a repetir ese gesto en recuerdo suyo. Recordar a Jesús no puede significar un mero recuerdo afectivo, sino la actualización de su enseñanza y su proyecto de vida. Si no fuera así, sería superfluo leer y comentar pasajes evangélicos durante la celebración. Sin embargo, nuestras misas introducen elementos que pervierten el sentido original: la recitación del “Credo” inyecta dogmas discutibles e innecesarios que desvían el foco de la acción evangélica. Más grave aún es que lo que inicialmente era un ágape de hermandad se transformó progresivamente en un ritual de carácter sacrificial, equiparándose a los cultos paganos de la antigüedad. Al adquirir una forma puramente litúrgica y cultual, pierde su contenido de asamblea de estudio y debate para analizar y concretar en el mundo los pasos a seguir en la realización del proyecto del Reino de Dios que Jesús quería instaurar.

Esto es, en esencia, lo más grave. Lo que debería ser un marco de trabajo y movilización para la acción profética en este mundo, queda reducido a un acto estéril de piedad individual, cuyo único fin es acumular méritos para una vida eterna futura. Con este modelo, los sistemas de dominación que persiguieron a Jesús y a los profetas pueden estar tranquilos. La Iglesia institucional promueve un tipo de seguidor tan acomodaticio y ensimismado que jamás cuestionará las relaciones de poder y las estructuras de injusticia establecidas en la sociedad. A lo sumo, su activismo se limitará a la beneficencia; en la misa antes mencionada se realizó una cuestación para CÁRITAS. Si bien la caridad es una acción noble, ésta no interpela al sistema: no le hace ni cosquillas. La caridad, separada de la lucha por la justicia y la igualdad, se convierte en un cojín amortiguador que alivia temporalmente la opresión sin desmontar sus causas, manteniendo el statu quo que Jesús vino precisamente a subvertir con la instauración del Reino.

Lamentablemente, la Iglesia que observamos parece irremediablemente modelada por el peso de una tradición establecida por “Santos Padres” y “Doctores” como Gregorio Magno, Agustín de Hipona, Juan Crisóstomo o Cirilo de Alejandría. Estas figuras, inmensamente influyentes en la configuración dogmática y litúrgica de los primeros siglos, sentaron las bases de una estructura que prioriza la autoridad institucional y la ortodoxia devocional sobre la ortopraxis profética. A pesar de los esfuerzos reformistas de concilios y sínodos modernos, esta herencia parece haber blindado a la institución contra el cambio radical. Una Iglesia marcada por este tipo de figuras, cuya teología consolidó el poder clerical (como en el caso del Purgatorio) y se alejó del mensaje subversivo del Evangelio, está esencialmente condenada a defraudar y desanimar. Para aquellos que vemos en Jesús de Nazaret el modelo y Maestro a seguir, cuya llamada implica la confrontación activa de la injusticia para construir el Reino de Dios aquí y ahora, esta Iglesia resulta ser un obstáculo: es la institución del statu quo y no el motor de la transformación que este mundo desgraciado necesita.

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...lo que inicialmente era un ágape de hermandad degeneró a un ritual de carácter sacrificial.