Es bien conocido el argumento de la parábola del Buen Samaritano, que el calendario eclesiástico contempla en el segundo domingo de julio de este año: un hombre es asaltado y dejado medio muerto en el camino. Por allí pasan un sacerdote y un levita —representantes religiosos—, pero ambos lo ignoran y no lo socorren. En cambio, un samaritano —miembro de un grupo despreciado por los judíos— se compadece de él, le cura las heridas y lo lleva a una posada, pagando por su cuidado.
Este pasaje evangélico constituye un excelente tema para ser estudiado y debatido en asambleas litúrgicas o misas dominicales. Sin embargo, en la Iglesia Católica Romana, las misas son actos litúrgicos, no espacios de asamblea deliberativa. Es decir, no se promueve el debate abierto; todo el desarrollo recae en el oficiante, un clérigo consagrado. Es él quien se encarga de interpretar y explicar el significado del pasaje del Buen Samaritano.
En el mejor de los casos, el celebrante llegará a conclusiones como las siguientes:
El prójimo no tiene límites étnicos o religiosos. Jesús redefine al "prójimo" no como alguien de tu grupo o nación, sino como cualquiera que necesita ayuda. El samaritano, considerado enemigo por los judíos, actúa con verdadera compasión.
El amor se demuestra con acciones, no solo con palabras o creencias. El sacerdote y el levita conocían la Ley de Dios, pero no actuaron con misericordia. El samaritano, en cambio, encarnó el amor al prójimo con hechos concretos.
La compasión es central en la vida cristiana. Jesús concluye diciendo: “Ve, y haz tú lo mismo”. Es un llamado a actuar con compasión hacia todos, incluso los desconocidos o enemigos.
Romper prejuicios y barreras sociales. La parábola desafía al oyente a superar prejuicios y ver la dignidad de cada persona. La misericordia no depende del estatus social ni de la religión.
Son una buenas conclusiones de la enseñanza de este pasaje evangélico del Buen Samaritano. Nos invitan a reflexionar sobre el sentido auténtico de la fe cristiana y sobre la coherencia entre creencia y práctica. Sin embargo, debemos reconocer que este mensaje podría no ser bien recibido en ciertos sectores del catolicismo actual, especialmente en un contexto social donde resurgen con fuerza ideologías como el racismo, la xenofobia y otras formas de exclusión. En un tiempo en el que lo religioso a menudo se asocia con la identidad cultural cerrada o con la tradición ritualista, el mensaje radical del Evangelio puede parecer provocador o incluso subversivo.
Pero es importante señalar que la enseñanza contenida en la parábola del Samaritano va mucho más allá de una simple invitación a la compasión. Su mensaje es, en realidad, profundamente crítico con una religiosidad centrada en el ritual, en la norma, o en la pertenencia institucional. Por ello, no sorprende que muchos predicadores eclesiásticos tiendan a abordar este texto con cautela, evitando profundizar en su verdadero alcance. No es raro que se pase de puntillas por este pasaje, como quien camina sobre brasas, sin detenerse a considerar lo que implica realmente.
Jesús, en esta parábola, plantea una comparación deliberadamente provocadora. Por un lado, presenta a dos figuras religiosas respetables —un sacerdote y un levita— que, pese a su vínculo con el culto y la Ley, eluden ayudar a un hombre herido en el camino. Por otro, coloca como protagonista positivo a un samaritano, miembro de un grupo despreciado por los judíos de su tiempo, que actúa movido por la compasión y la solidaridad. Esta elección no es casual: Jesús no sólo elogia la misericordia, sino que lo hace confrontando la ortodoxia religiosa con una ética de la humanidad que supera barreras étnicas, sociales y religiosas.
Este contraste apunta a una tensión de fondo que ha estado presente a lo largo de la historia del cristianismo: la que existe entre la devoción religiosa entendida como cumplimiento de ritos y normas, y el compromiso real con el prójimo, especialmente con los más vulnerables. La famosa afirmación de Jesús —el sábado fue hecho para el hombre, y no el hombre para el sábado— debe leerse como una clave hermenéutica para entender su actitud frente a la religión institucionalizada. Con ella, deja claro que las prácticas religiosas, por legítimas que sean, sólo tienen valor si están orientadas al bien del ser humano. En otras palabras, toda expresión religiosa debe estar subordinada al principio de la dignidad humana.
Desde esta perspectiva, la parábola del Buen Samaritano no sólo invita a ser solidarios; también cuestiona la estructura misma del culto cuando este se convierte en un fin en sí mismo. Jesús relativiza, incluso desautoriza, el culto institucional cuando éste se desentiende del sufrimiento humano. Para él, los verdaderos templos en los que Dios desea ser venerado no son los edificios sagrados ni los rituales litúrgicos, sino aquellos rostros concretos de las personas heridas por la vida: los pobres, los enfermos, los marginados. En esos “templos vivientes” se manifiesta, de manera privilegiada, la presencia del Padre.
Esto nos lleva a una conclusión inevitable, aunque incómoda: el Evangelio conlleva una crítica implícita —y a veces explícita— a la religión centrada en el culto organizado. No se trata de despreciar los rituales en sí, sino de ponerlos en su justo lugar. La liturgia tiene sentido únicamente si está al servicio de la vida, si remite al amor, a la justicia, a la compasión. De lo contrario, corre el riesgo de convertirse en un ejercicio vacío, ajeno a las verdaderas necesidades del ser humano.
Ahora bien, ¿cómo comunicar esta visión a personas cuya identidad, e incluso cuya subsistencia, está ligada al mantenimiento del culto religioso? Este es uno de los desafíos más delicados. No se trata únicamente de que la Iglesia haya establecido un estamento clerical encargado de administrar los sacramentos y guiar la liturgia. Lo más problemático es que, a lo largo del tiempo, ha terminado por identificar su misión principal con la perpetuación de ese aparato cultual. En lugar de ser una mediación hacia el Reino de Dios, el culto se ha convertido, en muchos casos, en el objetivo central de la institución.
Pero si atendemos con honestidad al mensaje del Maestro, queda claro que su misión iba mucho más allá del culto o de las prácticas religiosas establecidas. Él no fue condenado por proponer una nueva forma de liturgia, ni por discutir interpretaciones teológicas menores. Fue rechazado y perseguido porque proponía un cambio profundo del orden establecido, una transformación radical de la sociedad desde la base: la instauración de un Reino de Dios caracterizado por la igualdad, la justicia, la fraternidad y la dignidad de todas las personas, especialmente de aquellas que el sistema excluía. No se trataba de una espiritualidad evasiva, sino de un proyecto histórico, humano y profundamente comprometido.
Ese anuncio —el del Reino de Dios como alternativa a los reinos de este mundo— sigue siendo incómodo para muchas iglesias organizadas. Al estar profundamente integradas en el sistema, raramente se plantean superarlo. Prefieren adaptar el mensaje evangélico a los moldes de la institución, antes que dejarse interpelar por su fuerza transformadora. Sin embargo, el reto sigue en pie: volver a las fuentes, al Evangelio vivido y proclamado por Jesús, y asumir sus consecuencias, aunque sean desafiantes. Sólo así la fe cristiana podrá recuperar su poder profético y liberador.
