La Teología de la Liberación representa un cuestionamiento profundo a la tradición teológica dominante dentro de la Iglesia. Como era de esperarse, los sectores conservadores de la institución han expresado fuertes críticas hacia el espíritu que anima esta corriente renovadora. Resulta útil, entonces, examinar estas objeciones y valorar su pertinencia.
Uno de los reproches más frecuentes es que esta teología cambia el centro de gravedad de la reflexión: ya no sitúa directamente a Dios en el núcleo de su pensamiento, sino al pobre. Desde la mirada crítica, este desplazamiento implicaría una instrumentalización de lo divino al servicio de fines sociales o políticos, desvirtuando así —según sus detractores— la dimensión trascendente de Dios.
Sin embargo, esta crítica parece pasar por alto —o eludir deliberadamente— que el corazón del mensaje cristiano es, precisamente, la encarnación de Dios en la historia humana. Jesús no vino al mundo como figura abstracta o distante, sino como alguien profundamente comprometido con el sufrimiento de los más vulnerables. Se identificó con los marginados, los pobres y quienes padecen injusticias. Así lo expresa con claridad el Evangelio: “Lo que hicisteis a uno de estos más pequeños, a mí me lo hicisteis”. En la parábola del Buen Samaritano, Jesús no exalta la religiosidad de quienes se dirigen a orar en el Templo, sino la compasión de quien se detiene a socorrer al necesitado. Al ensalzar a quien se detiene, se conmueve y actúa a favor del herido, reafirma la opción preferencial por los pobres como núcleo del auténtico seguimiento cristiano.
Otra crítica habitual sostiene que al poner la causa del pobre en el centro de la fe, la Teología de la Liberación corre el riesgo de politizar el mensaje evangélico. Desde esta perspectiva, se la acusa de convertir el Evangelio en un manifiesto ideológico y de reducir a Jesús a una figura revolucionaria más. Además, se objeta el uso de categorías como la lucha de clases, provenientes del marxismo, lo cual —según sus opositores— comprometería la “pureza” del pensamiento teológico con ideologías ajenas a la fe cristiana.
Sin embargo, lo que parece incomodar a muchos sectores conservadores no es tanto la relación entre fe y política, sino el tipo de política que esta teología impulsa: una política comprometida con la emancipación de los oprimidos. A lo largo de la historia, la Iglesia no ha vacilado en respaldar sistemas de poder cuando estos coincidían con sus intereses o con su visión del orden social. Apoyó, por ejemplo, la monarquía absoluta bajo la doctrina del “derecho divino” de los reyes; toleró el colonialismo y el capitalismo sin mayores objeciones morales. Pero cuando emergen movimientos que cuestionan las estructuras de poder y privilegio, y buscan mayor equidad social, entonces surgen rápidas condenas con etiquetas como “marxismo”, “totalitarismo” o “ideología”.
Se rechaza el método marxista por su teoría de la lucha de clases, sin advertir que ese mismo rechazo implica ya un posicionamiento dentro de esa lucha: el silencio o la pretendida neutralidad frente a la injusticia constituye, en sí misma, una forma de tomar partido.
Algunos detractores sostienen también que esta teología pone tanto énfasis en lo humano que olvida la dimensión espiritual del ser humano. Se trata de un reproche clásico, que suele emplearse para promover prácticas devocionales que desvíen la atención de las realidades de opresión, manteniendo así al creyente alejado de los mecanismos concretos de explotación que lo afectan, mientras se lo anima a ocuparse de sus rezos.
En esa lógica interesada en conservar el orden establecido, se acusa a la Teología de la Liberación de sustituir a Cristo por la política, olvidando que fue precisamente Cristo quien confrontó estructuras injustas. Él denunció el poder del dinero, expulsó a los mercaderes del Templo y llamó a trabajar por el Reino de Dios y su justicia: un Reino que comienza a gestarse en la Tierra, donde se debe hacer la voluntad divina, “así en la Tierra como en el Cielo”.
Resulta evidente que la teología tradicional ha promovido con frecuencia fines escatológicos y promesas de salvación eterna como un modo de contener o neutralizar el impulso hacia la transformación social. Su insistencia en la eternidad, el alma y la salvación parece buscar que el creyente desvíe su mirada del sufrimiento presente. En esa lógica, termina poniéndose al servicio de los poderosos y legitimando el statu quo.
La Teología de la Liberación afirma, por el contrario, que no es posible conducir verdaderamente hacia Cristo ni construir su Reino si la religión permanece ajena a la liberación concreta de los oprimidos. Sólo una fe encarnada en la historia puede ser fiel al Evangelio.
