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Misa Tridentina, una polémica estéril

El 25 de octubre de 2025 se celebró en la Basílica de San Pedro, específicamente en el Altar de la Cátedra, una misa en rito tridentino, con la autorización expresa del Papa León XIV. Este hecho resulta polémico pues constituye un desafío al espíritu conciliar que quiso una Iglesia en diálogo con el mundo, no encerrada en ritos que pueden alienar a los fieles de hoy. De hecho, esta decisión papal de permitir al Cardenal Raymond Burke celebrar la Misa tridentina (preconciliar) en la Basílica de San Pedro, es vista como un desafío o una tensión directa con el espíritu renovador del Concilio Vaticano II y su apuesta por una liturgia más participativa, en lengua vernácula y despojada de excesos. Se subraya que este permiso, otorgado a Burke — una figura clave para los tradicionalistas que rechazan la reforma litúrgica—, no es un mero detalle, sino un gesto de gran simbolismo que arriesga avivar las divisiones dentro de la Iglesia, poniendo a prueba el corazón conciliar y el objetivo de unidad de la fe. Aunque se reconoce la conexión emocional de algunos con el rito antiguo, la pregunta central que plantea el asunto es si esta acción es un riesgo calculado o una peligrosa rendición a las presiones tradicionalistas.

Si abordamos una polémica, es necesario definir los conceptos en disputa, es decir, lo que constituye el núcleo de la controversia. La Misa Tridentina, codificada por el Papa Pío V en 1570 tras el Concilio de Trento (1545–1563) mediante la bula Quo Primum, representó una profunda unificación y estandarización de la liturgia romana en toda la Iglesia Católica de Occidente. Su principal efecto fue la supresión de la mayoría de los ritos locales y variantes litúrgicas que, a lo largo de los siglos, se habían desarrollado en diversas diócesis y órdenes religiosas. El Misal Romano de 1570, que recogía el rito tridentino, se estableció como obligatorio para toda la Iglesia occidental, con excepción de aquellos ritos que pudieran demostrar una antigüedad mínima de 200 años, como el rito ambrosiano en Milán o el rito mozárabe en Toledo, aunque este último con un uso restringido.

El contenido del ritual impuesto con la Misa Tridentina implicaba una estricta uniformidad textual y ceremonial. Se fijaron de manera definitiva los textos, oraciones y lecturas a emplear, y se especificaron con detalle las acciones, gestos y movimientos que el sacerdote debía realizar en el altar, eliminando así las variaciones regionales. Aunque no se introdujo una nueva doctrina, la liturgia se orientó de forma explícita hacia la afirmación del carácter sacrificial de la Misa. En síntesis, más que una innovación, el rito tridentino representó un esfuerzo de consolidación: buscaba restaurar lo que se consideraba el uso antiguo y auténtico del rito romano, suprimiendo la diversidad litúrgica para establecer una práctica homogénea frente a los desafíos planteados por la Reforma Protestante.

Como es sabido, el Rito Tridentino estuvo en vigor desde su codificación tras el Concilio de Trento hasta el siglo XX. Una de las principales tareas del Concilio Vaticano II fue abordar la forma y el significado de ese rito litúrgico para adaptarlo a las necesidades del mundo moderno.

Las diferencias esenciales se establecen entre la Misa Tridentina (Forma Extraordinaria, 1570/1962) y el Novus Ordo (Misa de Pablo VI, 1970). En la Tridentina, la liturgia es casi toda en latín, el sacerdote reza el Canon en voz baja y mira ad orientem (de espaldas al pueblo); en contraste, el Novus Ordo usa principalmente la lengua vernácula, el Canon se proclama en voz alta y el sacerdote mira versus populum (hacia el pueblo). Respecto a las lecturas, la forma antigua tiene un ciclo anual con dos lecturas y una única plegaria eucarística (el Canon Romano), mientras que la forma nueva usa un ciclo trienal/bienal con tres lecturas dominicales y varias plegarias. La participación del pueblo es limitada en el rito antiguo y fomentada activamente en el nuevo. La Comunión se recibe en la boca y de rodillas en el rito tradicional, y en la mano o de pie también en el nuevo. Los ministerios litúrgicos antiguos están restringidos a hombres (sacerdote y acólitos), mientras que en el Novus Ordo pueden participar laicos y mujeres. El Saludo de la Paz no está presente en el rito tridentino, pero sí en el Novus Ordo. Ambos ritos expresan la misma fe, aunque la Tridentina enfatiza el carácter sacrificial y el Novus Ordo resalta también la dimensión de banquete y asamblea.

El Concilio Vaticano II, a pesar de la apología que lo rodeó, resultó frustrante. No supo, no pudo o no quiso afrontar todas las reformas necesarias para que la Iglesia fuera realmente la asamblea de los seguidores de Jesús de Nazaret dedicados a su proyecto mesiánico. Quizás sea imposible rea-lizar una reforma tan profunda desde el ámbito interno de la institución, dada su estructura organizativa y sus normas (Có-digos de Derecho Canónico, jerarquías, dogmas, etc.). En todo caso, debe valorarse con indulgencia el intento de mejorar el rito de la celebración eucarística con las reformas enumeradas. Es evidente que se llegó a tomar conciencia, aunque fuese con cuatro siglos de retraso, de que el rito tridentino relegaba al pueblo laico al papel de mero asistente, y no de participante, en la celebración.

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...el rito tridentino relegaba al pueblo laico al papel de mero asistente, y no de participante, en la celebración.

Incluso esos cambios limitados encontraron, y aún encuentran sesenta años después del Concilio, oposición en sectores conservadores del clero, incluidos altos grados de la jerarquía eclesiástica. La reciente autorización del Papa para la celebración tridentina puede interpretarse de dos maneras: como un intento de perpetuar o potenciar el antiguo culto, o como una necesidad de contentar a sectores que buscan entorpecer o anular las reformas. En ambos casos, la situación es lamentable y representa un bloqueo a la dinámica reformista que, al parecer, pretendía impulsar el Sínodo de la Sinodalidad.

La capacidad de la Iglesia para una verdadera reforma genera escepticismo. Esto se debe a que las posturas enfrentadas en la actual controversia sobre el rito eucarístico no representan una alternativa genuina. Esta falta de opciones reales nos lleva a calificar la con-troversia como una «polémica estéril».

Veamos. Es claro que los padres conciliares del Vaticano II percibieron con claridad que la Misa Tridentina relegaba al papel de simples asistentes, no participantes, a los laicos que acudían al culto eucarístico. Pero, quienes acudimos, desde hace sesenta años, a las misas del Novus Ordo, ¿nos sentimos, realmente, más participantes que antes? Es inevitable constatar que, a pesar de las reformas superficiales, el culto de las misas actuales mantiene una distinción radical entre el celebrante clerical y el pueblo laico.

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el culto de las misas actuales mantiene una distinción radical entre el celebrante clerical y el pueblo laico.

El énfasis insistente en asignar a la misa el carácter de sacrificio convierte la celebración eucarística en un mero culto litúrgico y marco de devoción, desvirtuando así su sentido y significado originales. Este enfoque margina o ignora que la intención de Jesús al instituirla no fue crear un acto de culto y devoción, sino establecer un marco de recordatorio y convocatoria para que, al rememorarle a él, se recuerde y asuma la misión de trabajar en el mundo por la realización de su proyecto de construir el Reino de Dios. La misa cultual y litúrgica, al ignorar este carácter de interpelación y asamblea, reduce la participación a devociones vacías y sitúa al sacerdote como el actor principal, investido del poder exclusivo de realizar el sacrificio en el altar, mientras que el laico queda relegado a un rol pasivo de mero asistente piadoso.

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la intención de Jesús no fue crear un acto de culto y devoción sino establecer un marco recordatorio de la misión de trabajar por su proyecto del Reino de Dios.

Otro punto crítico de continuidad clerical es el acaparamiento, por parte del clero, de la función de cátedra y magisterio durante la celebración. La homilía es una función estrictamente reservada al clero, y el pueblo laico carece de participación en la reflexión magisterial. Esta estructura unidireccional refuerza la imagen de una Iglesia donde la autoridad para interpretar y enseñar reside verticalmente en la jerarquía, sin mecanismos litúrgicos que permitan al laicado ejercer la corresponsabilidad profética, como se esperaría de una verdadera asamblea de seguidores de Jesús.

Al centrar la controversia únicamente en el formato, se ignora que la estructura de poder y la dinámica de exclusión del laicado del centro activo del misterio (el magisterio y la acción sacrificial) permanecen fundamentalmente intactas. La reforma se quedó a medio camino, cambiando la forma pero manteniendo la esencia clerical.

En resumen, el Vaticano II apenas arañó la superficie de las reformas necesarias. La persistente oposición conservadora y la ambigüedad de las posturas actuales sobre el rito eucarístico evidencian que la Iglesia sigue priorizando la Misa como un culto sacrificial clerical antes que como la asamblea de diálogo y debate de los seguidores de Jesús. La polémica actual es una distracción formal que enmascara el fracaso de una verdadera reforma estructural que recupere la misión profética y liberadora de los seguidores del Maestro.