El segundo efecto colateral es la denominada «lepenización de los espíritus». El neofascismo ha
conseguido radicalizar y polarizar el marco del debate público, de la agenda política y mediática,
hasta el punto de que buena parte de sus postulados están siendo asumidos no solo por los grupos
políticos conservadores de la derecha y los liberales, sino también incluso por algunos grupos
progresistas y socialdemócratas, especialmente las políticas migratorias, claramente
discriminatorias y punitivas, y las políticas represivas en materia de derechos y libertades: «Los
partidos que se dicen democráticos han hecho propia la agenda ultra en temas como inmigración,
nacionalismo, seguridad, derechos sociales o valores, y se muestran dispuestos a pactar gobiernos
y hasta a ofrecer ministerios» (Guamán et al., 2019).
E
s
m
ás
,
la aparente entrada en el juego de
m
ocrático del neofascis
m
o
, m
ientras les sirva
,
ha presionado
a otros partidos políticos a radicalizarse para evitar la
m
igración de los votos y justificar y blanquear
su cogobernanza con esa extrema derecha (Fundación los Comunes, 2020). Como ha pasado en
España, donde el Partido Popular (conservador) ha pactado con el partido de ultraderecha Vox
para gobernar en determinadas regiones, comunidades, ciudades y ayuntamientos. De esta forma
cada vez la derecha tradicional se va situando ideológicamente en una derecha extrema, cercana o
similar en sus postulados a la ultraderecha. La carencia de una cultura antifascista y la falta de una
ruptura con el franquismo en España han creado el sustrato de esta lepenización progresiva.
A
de
m
ás
,
el hecho de que en
E
spaña el partido ultraderechista esté dirigido por varios antiguos
m
ie
m
bros
del Partido Popular, el trato más que benévolo recibido en los medios de comunicación y la
relativización de sus postulados y propuestas xenófobas, antifeministas y antidemocráticas por
parte de los líderes de los partidos conservadores también ha servido para blanquear a Vox como
una formación legítima, integrándole incluso en el autodenominado «bloque constitucionalista».
Lo mismo ha pasado en Europa, cuando la nueva presidenta de la Comisión Europea, Ursula von
der Leyen, con el apoyo de socialistas y liberales, situó al candidato de la ultraderechista Giorgia
Meloni (presidenta de Italia) como vicepresidente de la Comisión Europea (el órgano ejecutivo de
la UE), que por primera vez tenía en ese puesto a un representante del neofascismo. O lo mismo
que está sucediendo en la esfera latinoamericana donde la derecha tradicional, los liberales y la
socialdemocracia cada vez llegan a más acuerdos y pactos con la ultraderecha.
Por eso, hemos de ser conscientes de que este neofascismo cuenta con la capacidad de destruir la
democracia en nombre de la democracia. La experiencia histórica en Europa nos muestra que una
vez que están dentro de las instituciones cuentan con recursos mediáticos, políticos, económicos e
institucionales que hacen muy difícil que acaben desapareciendo.
Pues bien, esta agenda ultra está penetrando también en el sistema educativo. Lenta y
sostenidamente. Por eso este libro pretende abordar dos aspectos cruciales para una pedagogía
antifascista: detectar y prevenir el fascismo desde la escuela y afrontarlo y combatirlo en la
educación. Necesitamos tener claves para entender, analizar y deconstruir el discurso del
neofascismo neoliberal que se infiltra en la escuela y en la sociedad. No solo aquel discurso obvio
y claramente provocador ligado a los modelos más conservadores y arcaicos, sino también aquel
más sutil y naturalizado, más ligado a los relatos de la «libertad», la competencia, el éxito, el
esfuerzo, la autoridad, el control o la vigilancia, vinculado a la ideología neoliberal, base del
actual neofascismo. Y no solo ser capaces de detectarlo, sino también tener estrategias y
herramientas para afrontarlo y combatirlo.
En estos tiempos, cuando, como decía al inicio de esta introducción, el viejo orden social se está
derrumbando y uno nuevo está luchando por definirse y surgir, emergen los monstruos. No
podemos permanecer ajenos. Debemos implicarnos de una forma clara y sin ambages ni medias
tintas para combatirlos y defender los derechos humanos y el bien común. También en la
educación, en los centros educativos y en la universidad, así como en la socialización educativa
cotidiana, en la casa y en la calle, en todo tiempo y lugar.