En la reunión de nuestra Comunidad de Cristianos de Base de Gijón de este mes
de octubre, se planteó la posibilidad de estudiar y debatir el Concilio de Nicea,
cuyo 1.700 aniversario se conmemora en este año 2025. Aunque se expusieron
reparos que lo calificaban de tema anacrónico, alejado de los problemas de nuestra
época, consideramos que las consecuencias de Nicea tienen una profunda e
ineludible repercusión en la realidad actual de la Iglesia y la sociedad. Es preciso
examinar a fondo esta cuestión.
Al buscar materiales sobre Nicea en Internet, se encuentran bastantes textos sobre
el tema, pero la mayoría de ellos centran su valoración en la culminación teológica
de la asamblea: la proclamación de la divinidad de Jesucristo como «Dios
verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma naturaleza
que el Padre». Es sabido que esta sigue siendo la doctrina, con categoría de
dogma, de la Iglesia Católica Romana y otras iglesias cristianas, impuesta como
condena a la enseñanza de Arrio, presbítero de Alejandría, quien negaba la
divinidad de Jesucristo y sostenía que «el Hijo está subordinado al Padre». Cada
cual puede conceder la importancia que quiera a estos temas teológicos, pero
pensamos que la verdadera trascendencia y el problema persistente de Nicea
radican en otra cuestión. La decisión del concilio podría haber sido la contraria, y
aún así, Nicea seguiría siendo una losa para el cristianismo actual, con un efecto
igualmente nefasto que el que ha tenido.
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políticos, no teológicos. Como gobernante, buscaba la estabilidad del Imperio y las
polémicas teológicas amenazaban con arruinar la concordia social necesaria. El
concilio respondió a esta finalidad al definir la creencia como “dogma y la
oposición a la misma como “herejía”. Constantino respaldó esta decisión al
desterrar a los obispos que se oponían a la doctrina nicena y encumbrando a
quienes la defendían.
Sin embargo, no consiguió su objetivo político. De hecho, tuvo que contemplar la
gran oposición que suscitaba entre los cristianos el dogma aprobado en Nicea. Por
tanto, él mismo cambió de postura, pasando a defender la doctrina arriana. Arrio
pudo volver de su destierro, y los obispos “homousianos” (los nicenos) fueron, a su
vez, desterrados. Constantino fue bautizado, poco antes de morir, por Eusebio, un
obispo arriano. Su hijo y sucesor, Constancio, siguió apoyando el arrianismo, que
fue por bastante tiempo la religión oficial del Imperio, una realidad que influ
incluso sobre el papa Félix II (355-365) quien aceptó la doctrina arriana y persiguió
a los homousianos o nicenos. Esto fue muy incómodo para quienes, en el siglo XIX
B
oletín nú
m
. 81
- 25 de octubre de 2025
quisieron proclamar la infalibilidad del pontífice romano. Resolvieron la cuestión
declarando “antipapa” a Félix II, pero esto fue una coartada elaborada a posteriori;
durante esos diez años de su pontificado nadie discutió la legitimidad de Félix II,
precisamente porque contaba con el apoyo del emperador Constancio.
La situación cambió definitivamente cuando otro emperador romano, el español
Teodosio, se inclinó por el credo niceno y conde todas las demás corrientes
cristianas. Queda claro que la doctrina eclesial y la legitimidad episcopal dependían
por completo de la voluntad y preferencia de los emperadores. Esto ocurrió porque,
desde Nicea, se había establecido un matrimonio o compromiso indisoluble de la
iglesia con el poder político. De hecho, lo que ocurrió fue que el cristianismo, que
hasta entonces había sido un movimiento de seguidores de Jesús de Nazaret, se
institucionalizó. Se convirtió en una estructura organizada, con normas de
pertenencia (credos, dogmas) y jerarquías con poder.
Y lo que es peor: se perdió la finalidad del seguimiento del Maestro. Jesús tenía un
proyecto subversivo, el del Reino de Dios, que pretendía transformar la realidad,
por eso fue ejecutado. En el esquema organizativo diseñado y aprobado en Nicea,
la asamblea de los seguidores de Jesús se transformó en una Iglesia co
m
pro
m
etida
con el poder político
. S
e arrinco el proyecto liberador del
R
eino de Dios y se pasó a
apoyar a las estructuras que siempre representaron los intereses económicos de las
clases dominantes. Desde entonces, el objetivo de la Iglesia se desvió: su jerarquía
clerical vende perdón de los pecados, sacramentos de santificación, esperanza de
vida eterna apartando a la gente del proyecto liberador de Jesús.
Desde entonces, la Iglesia institución pasó a ser un componente central del aparato
ideológico del sistema, dándole cobertura a todas las formas de dominio de clase:
desde el esclavismo en la época romana y el feudalismo (con la invención del
“derecho divino” de los reyes), hasta la época burguesa actual, donde defiende la
propiedad privada como un “derecho humano” fundamental, oponiéndose a toda
forma de igualdad y socialización que pretenda fortalecer el sector público en
beneficio de toda la sociedad.
Esa es la verdadera herencia y el problema crucial del Concilio de Nicea: la
naturaleza institucional de la Iglesia, con todas sus servidumbres, y el compromiso
eclesial con los injustos poderes dominantes. Esto se traduce en la convocatoria a
cultos y ceremonias vacías, credos irrelevantes, y la división de los miembros de la
Iglesia en un estado laical que lo controla todo y una base seglar a la que se quiere
mantener en la ignorancia.
Si hemos de estudiar el Concilio de Nicea, debe ser centrándonos en esta proble-
m
ática
. L
os aspectos y conclusiones teológicas no conducen a nada práctico
;
son
,
en
efecto, la parte anacrónica del debate. Debemos ser conscientes de cuánto influyó
el compromiso de Nicea en apartar a los cristianos de la necesaria atención a los
asuntos verdaderamente interesantes de cada época. Y esto es un buen motivo de
reflexión no sólo para nuestro grupo de Cristianos de Base, sino también como
idea a exponer en el ámbito al que podemos llegar con nuestro modesto boletín.
“No tenía casa y le acogisteis” (Mt. 25,35)
L
os
B
aró
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etros mensuales del CIS, desde diciembre de 2024 a julio de 2025, recogen de forma
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a la expansión de los pisos turísticos y la entrada de fondos buitre en busca de rentabilidad
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ás difícil el acceso a la propiedad o al alquiler a los sectores so-
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anecer
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ula de pisos co
m
partidos o a ocupar un piso vacío. Co
m
o
recoge el último informe de la Red de Lucha contra la Pobreza (junio 2025), “el acceso a la
vivienda se ha convertido en una carga económica cada vez más difícil de sostener, con efectos
negativos sobre la equidad social, el ahorro familiar y las posibilidades de desarrollo vital”.
Otra vertiente del problema de la vivienda son los desahucios, en este caso por la dificultad
creciente de pagar las cuotas del alquiler o la hipoteca. Según el Consejo General del Poder
Judicial, en el último cuarto de siglo se han iniciado 2,45 millones de desahucios (280 diarios).
Un problema crónico, que se agudizó a raíz de la crisis de las hipotecas, hasta llegar a superar
los 400 desahucios diarios, y reducirse poco a poco en los años siguientes pero siempre por
encima de los 200. Al iniciarse 2024, último año con datos completos, 131.488 hogares
estaban pendientes de desahucios de años anteriores, a los que se añadieron otros 75.392
iniciados a lo largo del año, la mayoría de alquiler. O sea, que unos 200.000 hogares, más de
medio millón de personas, padeció en 2024 el drama de un desahucio. ¿Cómo es esto posible?
La clave nos la da la Encuesta de Condiciones de Vida según la cual en los últimos cinco años
más del 10% de los hogares ha tenido “retrasos en el pago de gastos relacionados con la
vivienda principal”. La misma encuesta registra que el gasto mensual medio, tanto del alquiler
como de la hipoteca, ha aumentado un 26% en el conjunto de España desde 2018, afectando
más a los hogares pobres que tuvieron que dedicar el 54% de sus ingresos para pagar el
alquiler, con el consiguiente problema de impago e inminente desahucio.
La vivienda no es un derecho, como recoge el art. 47 de la Constitución, sino un bien de
mercado que divide en canal a la sociedad española: de una parte, algo menos de la mitad
(45% de los hogares) tiene vivienda en propiedad sin cargas y goza también en muchos casos
de una segunda vivienda que a veces se dedica al alquiler; de otra, el 21% de los hogares viven
de alquiler y el 29% con hipoteca pendiente, que tienen que pagar cuotas mensuales crecientes
a caseros, fondos de inversión y bancos, éstos dos últimos en manos mayoritariamente del
primer grupo de propietarios sin cargas.
Según la Encuesta Financiera de las Familias, del Banco de España, los inmuebles son el
principal componente de la riqueza de los hogares, por lo que es fácil concluir que la enorme
desigualdad existente entre la mitad más rica de España y la más pobre, que va de 12 a 1 en
2022, tiene mucho que ver con el desigual acceso a la vivienda. Algunas reformas de los
últimos años (nueva ley de vivienda, medidas para reducir los desahucios, subida del salario
mínimo, reforma laboral, etc.) han favorecido una ligera reducción de la desigualdad pero
siguen siendo insuficientes para frenar la escalada de precios del sector privado y la inacción
del gobierno y las comunidades autónomas en materia de vivienda social.
Redes Cristianas, conocedora de esta lamentable situación, que en ocasiones se da incluso en
el seno de las propias familias y que afecta principalmente al sector social más vulnerable, pide
y exige a las administraciones públicas soluciones urgentes y eficaces.
Steffen Zimmermann
Lo que se está pasando actualmente en Estados Unidos es más que una disputa
política: es un ataque a los cimientos de la democracia. Bajo el presidente Donald
Trump, el país experimenta una alarmante erosión del Estado de derecho. El
desprecio por las instituciones democráticas, las mentiras descaradas, la división
deliberada de la sociedad y las políticas inhumanas contra los migrantes y las
minorías: todo esto recuerda cada vez más a sistemas autoritarios, no a la democracia
más antigua del mundo occidental.
El comportamiento de la Iglesia Católica es aún más deprimente. Hasta el momento,
ha habido poca oposición pública a este desarrollo por parte de los obispos
estadounidenses, e incluso el Vaticano ha guardado silencio. Si bien el Papa León
XIV criticó recientemente el "trato inhumano a los inmigrantes en Estados Unidos" en
términos generales, hasta ahora se ha abstenido de criticar directamente al gobierno
de su país. Quienes presencian las condiciones en la frontera con México, la privación
de derechos de los solicitantes de asilo o el brutal clima político se preguntan cada
vez más: ¿Dónde está la voz de la Iglesia?
Ahora es especialmente necesaria. El Evangelio no conoce la neutralidad cuando las
personas son privadas de sus derechos, marginadas o deshumanizadas. Jesús siempre
estuvo del lado de los débiles, no de los poderosos. Si la Iglesia sigue guardando
silencio sobre estos temas, perderá su credibilidad.
No basta con repetir los llamados generales a la caridad. La Iglesia debe llamar la
atención a Trump, a sus políticas, a su odio y a su desprecio por la democracia y por
la humanidad por su nombre, de forma clara, inequívoca y en voz alta. Debe
demostrar que la fe cristiana, que muchos de los seguidores de este hombre de 79
años invocan con tanta facilidad e intolerancia, está inextricablemente ligada a la
dignidad de todo ser humano y es incompatible con los objetivos del movimiento
MAGA. El silencio puede ser cómodo, pero no es cristiano. Si la Iglesia alza la voz
contra Trump y su administración, se arriesga a la oposición; pero si permanece en
silencio, pone en riesgo su propia base moral.
Fue noticia en este mes de octubre de 2025. La obispa Sarah Elisabeth Mullally fue designada
el día 3 como la primera mujer en ocupar el cargo de Arzobispa de Canterbury. En la Iglesia
Anglicana, el Arzobispado de Canterbury es la sede primada, equivalente al del papado u
obispado de Roma en la Iglesia Católica. Imaginemos y comprendamos lo chocante, y aún
traumático que resulta esa noticia en el ámbito católico: una mujer, y además casada, elegida
para un puesto eclesiástico equivalente al del papa católico. En la Iglesia Católica Romana es
inimaginable ese tipo de encumbramiento; ni siquiera se contempla la ordenación presbiterial
de las féminas y tampoco la anulación del precepto del celibato para los clérigos ordenados.
Se trata de ámbitos culturales distintos, y cada uno evoluciona a su propio ritmo. Corresponde
a los sociólogos investigar y determinar las causas de las diferentes actitudes hacia la
emancipación femenina, que varían notablemente entre la cultura anglosajona, la latina y otras
aún más represivas en este aspecto. A modo de ejemplo, la ordenación sacerdotal o pastoral
femenina es común en gran parte del ámbito luterano (aunque no en todas sus ramas); sin
embargo, no existe en las iglesias orientales que se autodenominan ortodoxas. No obstante,
es interesante notar que incluso estas iglesias ortodoxas prescinden del celibato sacerdotal, una
práctica que parece ser un precepto exclusivo de la Iglesia Católica Romana.
Veamos concretamente el tema del machismo. Este puede definirse como el conjunto de
actitudes, conductas, valores y creencias que promueven la supremacía del varón sobre la
mujer, lo que deriva en la discriminación y subordinación de lo femenino. Se fundamenta en
una percepción de la mujer como ser inferior o menos valioso respecto al hombre, legitimando
así la imposición de roles rígidos y jerárquicos.
En este contexto, resulta significativo observar que incluso dentro de las iglesias anglicanas ha
surgido desacuerdo ante el reciente nombramiento de Sarah Elisabeth Mullally como
Arzobispa de Canterbury. Se han difundido noticias sobre una posible amenaza de cisma
anglicano, especialmente desde sectores eclesiásticos de África y Asia, donde la designación
ha sido calificada como “devastadora” y una “vergüenza”. Aunque el anglicanismo llegó a
esas regiones como consecuencia de la colonización británica, las diferencias culturales
persisten y generan tensiones que se manifiestan en este tipo de reacciones.
Si tomamos como guía la enseñanza y la práctica de Jesús, es ineludible reconocer que él no
estableció ningún tipo de marginación o jerarquía basada en el género entre sus primeros
seguidores. De hecho, figuras como María Magdalena y otras mujeres formaban parte del
círculo más cercano de discípulos en igualdad de condiciones con los varones. Este rol crucial
se magnifica en el evento fundacional del cristianismo: según el testimonio evangélico, fue
precisamente a varias de estas mujeres a quienes Jesús Resucitado se apareció en primer lugar.
Con este acto, no sólo las honró, sino que les encomendó la misión de ser las primeras
apóstoles (apostolae apostolorum), otorgándoles el encargo explícito de anunciar la
resurrección a los demás discípulos varones. Este reconocimiento subraya el liderazgo
espiritual femenino en los orígenes del movimiento cristiano, desafiando cualquier intento
posterior de exclusión clerical.
La superación del machismo y de los prejuicios sobre la sexualidad que subyacen en preceptos
como el celibato clerical, será un proceso gradual, inherente a toda evolución y mejora social.
Se trata de un camino que las sociedades deben recorrer, con los inevitables altibajos propios
de cualquier transformación cultural. En este recorrido de progreso, Dios acompaña a la
humanidad: la emergencia del sentido moral, reflejado en el Decálogo, y la enseñanza del
Evangelio, plasmada en las Bienaventuranzas, son signos de la asistencia del Espíritu divino.
De igual modo, la consolidación de ideales como Libertad, Igualdad y Fraternidad se
enmarca dentro de este proceso incesante de mejora de las relaciones humanas.
En este proceso de cambio social, la religión juega un papel complicado y de doble filo: sus
efectos en el progreso humano no siempre son beneficiosos, pero tampoco siempre negativos.
Para entender esto, miremos de cerca la controversia sobre la ordenación femenina en el
sacerdocio. Dejando de lado las diferencias entre católicos, anglicanos o luteranos, la clave
está en una misma aspiración. Tanto los hombres que luchan por mantener su estatus clerical
como las mujeres que luchan por alcanzarlo, están buscando lo mismo: ejercer un ministerio
que da poder, autoridad y una posición destacada. En el fondo, este debate pone al descubierto
un afán elitista. Es una lucha por pertenecer a esa minoría que, al ser la elegida para el
cargo sagrado, se distingue de todos los demás. Por eso, esta discusión no es sólo sobre si una
mujer puede ser pastora o sacerdote; es sobre quién tiene el derecho de ocupar los puestos de
mayor influencia dentro de la Iglesia.
Estamos hablando del clericalismo. Y en este contexto es inevitable recordar lo que Jesús
mismo nos dice sobre este fenómeno. Jesús advierte contra el afán de los líderes religiosos por
ser reconocidos y diferenciarse del pueblo. Criticó a los escribas y sacerdotes por su afán de
acaparar los primeros asientos en las cenas y en las sinagogas, y los saludos en las plazas
(Mt 23:6-7), así como el uso de vestiduras llamativas y distintivas. Prohibió a sus discípulos
usar títulos que implicaran superioridad o monopolio del saber o la autoridad espiritual
:
Pero
vosotros no permitáis que os llamen Maestro, porque tenéis un solo Maestro, y todos
vosotros sois hermanos. Y no llamad Padre a nadie en la tierra, porque tenéis un solo Padre,
el del cielo. Tampoco permitáis que os llamen Guía
(Mt 23:8-10).
C
on esto, Jesús buscaba
establecer la igualdad radical entre todos sus seguidores.
Este afán de dominio espiritual inherente a las estructuras religiosas se dio, por lo general, en
todas las religiones. De hecho, en el judaísmo que Jesús conoció, el sacerdocio ya estaba
limitado a clanes privilegiados de la tribu de Leví, y la posición de Sumo Sacerdote era un
cargo extremadamente codiciado, fuente de intrigas y disputas políticas.
A los cristianos de hoy nos corresponde reflexionar con una dosis de autocrítica histórica sobre
la génesis y el desarrollo de la élite clerical que se constituyó, a lo largo de los siglos, con
dedicación exclusiva al culto. Es lamentable que, en el estado culturalmente atrasado en el que
aún nos hallamos en este punto, consideremos normal la existencia de un estamento jerárquico
que se autodefine como mediador indispensable entre la divinidad y la humanidad, erigiéndose
en dispensador de gracias y perdones divinos.
Al hacer de la dirección del culto el centro y misión de su existencia, esta clerecía ha
terminado por rebajar la condición de los seguidores de Jesús al mero cumplimiento de
devociones. De esta manera, se desvía la atención de la misión central del Evangelio: la
implantación del Reino de Dios y su justicia. Este proyecto de justicia y transformación social
implicaría necesariamente enfrentar a los poderes dominantes que oprimen al pueblo, una
confrontación que la élite clerical a menudo evita, prefiriendo, en cambio, mantener buenas
relaciones con el statu quo político y económico.
La pregunta crucial es: ¿Cómo superar el machismo, tanto en el ámbito religioso como en la
sociedad en general? ¿Cómo lograr una práctica de fe que esté realmente anclada en la
enseñanza liberadora del Evangelio, una fe libre de élites clericales que imponen dogmas y
devociones alienantes?
Como ya se ha señalado, estas dificultades tienen su origen en un estado de atraso cultural. Por
lo tanto, el verdadero campo de batalla debe ser el terreno cultural, donde la lucha principal
consiste en combatir la ignorancia y movilizar la conciencia.
Este fue precisamente el método de Jesús de Nazaret: dedicarse a enseñar y a despertar al
pueblo sometido y engañado. El Evangelio nos muestra las enormes dificultades que el
Maestro encontró en esta misión. Por un lado, estaban los privilegiados y beneficiados por el
sistema dominante, encarnados en los escribas, sacerdotes y líderes de la religión establecida
(el “clero” de su época). Por otro lado, estaba la masa dominada, una parte del pueblo que,
engañada, asumía su situación como la única posible y correcta. Este era el caso de personas
como Nicodemo, y de todos aquellos que, actuando de buena fe pero con una mentalidad
programada, terminaron por elegir a Barrabás en lugar del Mesías liberador.
Para este tipo de gente, Jesús tenía un mensaje radical: debían “nacer de nuevo”. Esto
significaba desaprender de raíz todo lo que los poderes dominantes tanto religiosos como
políticos les habían inculcado, y atreverse a partir de cero para construir una nueva visión de
la vida y la justicia. La superación, entonces, no es sólo un cambio de normas, sino una
profunda transformación de la mentalidad.
En esas estamos, nuestra misión hoy es precisamente continuar esa labor educativa. Como
grupo comprometido con recuperar la enseñanza original de Jesús, una enseñanza que
tradicionalmente ha quedado confinada en un fárrago de ritos, ceremonias, dogmas y normas
sin sentido, debemos enfocarnos en la paciente labor de la educación y la concienciación.
Nuestro objetivo es llegar a aquellos a quienes llamamos los “pobres nicodemos”: personas
sinceras, pero que han sido víctimas de una profunda deformación ideológica. Esta
deformación fue diseñada por los poderes dominantes, y está interesada en mantener intactas
las injustas estructuras sociales y las élites eclesiásticas que existen actualmente. En esencia, se
trata de rescatar el mensaje liberador del Evangelio de la parálisis ritual para devolverlo a su
lugar: la transformación de la conciencia y la lucha por la justicia en el mundo.
El nombramiento de una mujer, casada, como Arzobispa de Canterbury en pleno 2025,
actuando como un sismógrafo cultural, no hace más que confirmar la urgencia de esta misión.
Mientras el catolicismo romano se mantiene atrincherado en sus preceptos de celibato y en el
monopolio masculino del poder, demostrando el arraigo del atraso cultural, la Iglesia
Anglicana da un paso que revela profundas fracturas globales. Este debate, impulsado por el
ejemplo de Sarah Mullally, nos obliga a mirar más allá de la cuestión de género,
recordándonos que la verdadera batalla es contra el elitismo en todas sus formas. La vía de la
transformación no está en cambiar una élite por otra, sino en desmantelar la mentalidad
clerical que reduce la fe a un privilegio. lo a través de una paciente y constante labor
educativa, desaprendiendo las doctrinas del dominio y recuperando el llamado radical de Jesús
a la justicia y la igualdad, podremos liberarnos de las estructuras que nos impiden, a todos,
nacer de nuevo. El futuro de la fe pasa por la abolición de todo pedestal y el retorno a la
esencia liberadora del Evangelio.
Machismo y clericalismo
Muchas de nosotras, involucradas por muchos años en el movimiento feminista,
reconocemos que el aborto dificulta la igualdad y los derechos de la mujer, y que
también degrada a la mujer individualmente.
A estas conclusiones hemos llegado por las siguientes razones:
· P
orque tene
m
os conoci
m
iento de las situaciones reales que llevan a la
m
ujer a abortar
,
incluyendo la actitud hostil al e
m
barazo
,
la explotacn
m
édica y sexual
,
la insensibilidad a las
necesidades de la nueva madre, la presión económica y la baja auto-estima; el conocimiento
también del trauma que sufren muchas mujeres después del aborto.
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orque reconoce
m
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inación en contra de cualquier
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o; no se debe discriminar contra el niño por
nacer
,
por aquellos que recla
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an la igualdad
,
discri
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inación que resulta fatal para éste.
· Porque somos fieles a la filosofía feminista tradicional, la cual repetidas veces
condenó el aborto como una atrocidad, impuesta por la fuerza a la mujer por una
sociedad dominada por el hombre machista.
· Porque somos conscientes de que gran parte del apoyo al aborto proviene de motivos
egoístas que no tienen nada que ver con el bienestar de la mujer, --tales como las
ganancias lucrativas de los aborteros; el deseo de explotación sexual de la mujer por
parte de los hombres que evitan asumir la responsabilidad por los hijos concebidos; y el
interés de los eugenesistas de eliminar globalmente a los que ellos catalogan como
“comensales inútiles”.
· P
orque te
m
e
m
os que debido al au
m
ento cada vez
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ayor en el
m
ero de abortos de
bebés basados en la selección del sexo
,
la discri
m
inación basada en el género se ha exten
-
dido
por el aborto al período pre
-
natal, con consecuencias mortales para las niñitas.
Esta declaración fue emitida por la organización:
Feminists for Life of America
733 15th Street, NW, Suite 1100
Washington, DC 20005 USA
Tel. (202) 737-FFLA (737-3352)
Sitio de web: http://www.feministsforlife.org/
Aunque el texto que presentamos no es reciente, el tema de fondo ha recu-
perado actualidad en nuestro país a raíz de la propuesta de modificación de
la normativa del aborto. Los argumentos a favor y en contra vuelven a
proliferar, pero no son nuevos; su reiteración solo subraya la inamovilidad
de las posturas.
C
o
m
parti
m
os esa intención de fir
m
eza, pero además buscamos desmarcarnos
de la clasificación simplista que se intenta imponer. Se ha establecido un
reparto de roles: oponerse al aborto es visto como una actitud reaccionaria,
mientras que la postura progresista, de izquierdas o feminista, se identifica
necesariamente con la defensa de la libertad de abortar.
D
ado que la realidad es
m
ás co
m
pleja que estos esque
m
as binarios, quere
m
os
evidenciar que, incluso desde sensibilidades progresistas y feministas, hay
voces que se alzan para calificar el aborto como un crimen.
Enrique Javier Díez Gutiérrez
Las políticas neoliberales con sus privatizaciones masivas, el ataque a los derechos sociales y a lo
público, a la misma idea del bien común, así como la promoción del individualismo y el egoísmo,
del “sálvese quien pueda”, han sentado las bases del actual auge del neofascismo. Un entorno
social cuidadosamente diseñado para desalentar la movilización y la solidaridad colectiva. A
través de exacerbar el individualismo sociológico y el consumismo enajenante hemos alcanzado
niveles de desarticulación colectiva que hace un siglo hubieran requerido de una represión feroz o
de la ilegalización de las organizaciones sociales. Lo cual ha permitido que se difundan como una
ola los discursos etnonacionalistas y neofascistas que se presentan como soluciones autoritarias
ante el desamparo y abandono, o la impotencia o incapacidad, por parte de los poderes públicos
(Brown, 2021).
Este proceso y la normalización del neofascismo está teniendo dos efectos colaterales. El primero
es la amplificación de la «teoría de la equiparación o equidistancia». Están consiguiendo
reconstruir el imaginario colectivo situando a todo movimiento progresista que cuestione el
capitalismo como si fuera el otro extremo de la ecuación del denominado populismo, acusándole
de «extrema izquierda radical». Tildando con el epíteto vacío de «populista(sin saber muy bien
qué significa) tanto a las opciones fascistas (totalitarias y antidemocráticas) como a las opciones
comunitarias anticapitalistas y antifascistas (de defensa del bien común). De tal forma que el
centro del tablero político queda redefinido por el conservadurismo y el neoliberalismo, que se
convierten automáticamente en opciones de centro, «moderadas», «responsables» y «de
gobierno». Como dice Rendueles (2020): “A los intelectuales orgánicos del cosmopolitismo
liberal les encanta agrupar todas esas fuerzas emergentes en el cajón de sastre del populismo. Es la
famosa teoría de la herradura, que afirma que los extremos políticos se tocan: los partidarios de la
igualdad y la democratización de las instituciones económicas vienen a ser lo mismo que los
racistas, neofascistas y autoritarios. Todos radicales, todos extremistas. Esa tesis, planteada
abiertamente por personas prestigiosas y aparentemente serias, no sólo es una idiotez ofensiva,
también es un suicidio político”.
E
sta nor
m
alización de la teoría de la equidistancia se constata en todos los á
m
bitos
,
desde los
m
edios
de comunicación con la manida expresión “la política está polarizada” (donde se equipara y se
pone al mismo nivel a todas las partes) hasta la propia academia universitaria. Un ejemplo en este
ámbito ocurrió recientemente en un departamento de nuestra Universidad pública. En la Facultad
de Educación, donde se forman a los futuros profesionales de educación, un área contrató a un
profesor asociado que era militante de Vox para dar la asignatura “Inmigración, minorías y
educación intercultural”. Era una asignatura compartida con otra área del mismo departamento.
Cuando el profesor que impartía la otra mitad de la asignatura fue a hablar con el área que había
contratado al profesor asociado, le contestaron: “así el alumnado podrá conocer los dos extremos
y comparar”. Es decir, se equiparaba la defensa de los derechos humanos y la interculturalidad,
que se plantean en esta asignatura, con los postulados supremacistas y xenófobos que defiende
Vox. De esta forma vemos cómo progresivamente va penetrando el neofascismo en la vida
cotidiana e incluso en el ámbito académico, asumiéndolo y normalizándolo.
El segundo efecto colateral es la denominada «lepenización de los espíritus». El neofascismo ha
conseguido radicalizar y polarizar el marco del debate público, de la agenda política y mediática,
hasta el punto de que buena parte de sus postulados están siendo asumidos no solo por los grupos
políticos conservadores de la derecha y los liberales, sino también incluso por algunos grupos
progresistas y socialdemócratas, especialmente las políticas migratorias, claramente
discriminatorias y punitivas, y las políticas represivas en materia de derechos y libertades: «Los
partidos que se dicen democráticos han hecho propia la agenda ultra en temas como inmigración,
nacionalismo, seguridad, derechos sociales o valores, y se muestran dispuestos a pactar gobiernos
y hasta a ofrecer ministerios» (Guamán et al., 2019).
E
s
m
ás
,
la aparente entrada en el juego de
m
octico del neofascis
m
o
, m
ientras les sirva
,
ha presionado
a otros partidos políticos a radicalizarse para evitar la
m
igración de los votos y justificar y blanquear
su cogobernanza con esa extrema derecha (Fundación los Comunes, 2020). Como ha pasado en
España, donde el Partido Popular (conservador) ha pactado con el partido de ultraderecha Vox
para gobernar en determinadas regiones, comunidades, ciudades y ayuntamientos. De esta forma
cada vez la derecha tradicional se va situando ideológicamente en una derecha extrema, cercana o
similar en sus postulados a la ultraderecha. La carencia de una cultura antifascista y la falta de una
ruptura con el franquismo en España han creado el sustrato de esta lepenización progresiva.
A
de
m
ás
,
el hecho de que en
E
spaña el partido ultraderechista esté dirigido por varios antiguos
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del Partido Popular, el trato más que benévolo recibido en los medios de comunicación y la
relativización de sus postulados y propuestas xenófobas, antifeministas y antidemocráticas por
parte de los líderes de los partidos conservadores también ha servido para blanquear a Vox como
una formación legítima, integrándole incluso en el autodenominado «bloque constitucionalista».
Lo mismo ha pasado en Europa, cuando la nueva presidenta de la Comisión Europea, Ursula von
der Leyen, con el apoyo de socialistas y liberales, situó al candidato de la ultraderechista Giorgia
Meloni (presidenta de Italia) como vicepresidente de la Comisión Europea (el órgano ejecutivo de
la UE), que por primera vez tenía en ese puesto a un representante del neofascismo. O lo mismo
que está sucediendo en la esfera latinoamericana donde la derecha tradicional, los liberales y la
socialdemocracia cada vez llegan a más acuerdos y pactos con la ultraderecha.
Por eso, hemos de ser conscientes de que este neofascismo cuenta con la capacidad de destruir la
democracia en nombre de la democracia. La experiencia histórica en Europa nos muestra que una
vez que están dentro de las instituciones cuentan con recursos mediáticos, políticos, económicos e
institucionales que hacen muy difícil que acaben desapareciendo.
Pues bien, esta agenda ultra está penetrando también en el sistema educativo. Lenta y
sostenidamente. Por eso este libro pretende abordar dos aspectos cruciales para una pedagogía
antifascista: detectar y prevenir el fascismo desde la escuela y afrontarlo y combatirlo en la
educación. Necesitamos tener claves para entender, analizar y deconstruir el discurso del
neofascismo neoliberal que se infiltra en la escuela y en la sociedad. No solo aquel discurso obvio
y claramente provocador ligado a los modelos más conservadores y arcaicos, sino también aquel
más sutil y naturalizado, más ligado a los relatos de la «libertad», la competencia, el éxito, el
esfuerzo, la autoridad, el control o la vigilancia, vinculado a la ideología neoliberal, base del
actual neofascismo. Y no solo ser capaces de detectarlo, sino también tener estrategias y
herramientas para afrontarlo y combatirlo.
En estos tiempos, cuando, como decía al inicio de esta introducción, el viejo orden social se está
derrumbando y uno nuevo está luchando por definirse y surgir, emergen los monstruos. No
podemos permanecer ajenos. Debemos implicarnos de una forma clara y sin ambages ni medias
tintas para combatirlos y defender los derechos humanos y el bien común. También en la
educación, en los centros educativos y en la universidad, así como en la socialización educativa
cotidiana, en la casa y en la calle, en todo tiempo y lugar.
El cristianismo actual, con su estructura jerárquica, cuerpo doctrinal rígido y devociones
rituales, no representa una evolución orgánica del mensaje de Jesús de Nazaret. Tanto la
evidencia histórica como el desarrollo teológico posterior sugieren que su configuración
actual fue el resultado de una intervención política decisiva: el Concilio de Nicea del año
325. Convocado por el emperador Constantino, este encuentro marcó el punto de inflexión.
Lo que había sido un movimiento espiritual diverso, centrado en la justicia social y la
consecución del ideal que Jesús denominaba el Reino de Dios, fue transformado en una
institución jerárquico-clerical y dogmática, profundamente alineada con el poder político.
El cristianismo primitivo era un mosaico de comunidades con diversas interpretaciones
sobre Jesús: para unos, un maestro de sabiduría; para otros, un hombre elegido por Dios o
un ser divino. Esta diversidad fue percibida como un riesgo para la cohesión imperial. Sin
embargo, ninguna de estas concepciones poseía el carácter de dogma. El Concilio de Nicea
no lo creó el concepto de dogma, sino que impuso una única versión oficial de la fe,
codificada en el Credo Niceno. Este Credo zanjó la controversia al proclamar a Jesús como
Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado.
El Concilio de Nicea ejerce aún un impacto decisivo en el cristianismo contemporáneo.
Más allá de su contenido teológico, este encuentro reestructuró la fe al confinarla en el
marco de la institución eclesial. Esto supuso el ascenso de una jerarquía con poderes sobre
los creyentes, cuyas funciones de culto pasaron a ser el objetivo primordial del aparato
eclesiástico. Este enfoque institucional se desarrolló con un claro menoscabo e ignorancia
deliberada del plan original de Jesús de construir un mundo más justo e igualitario.
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como un mecanismo de exclusión, condenando toda visión alternativa bajo el título de
herejía, un concepto inventado y formalizado precisamente en ese concilio.
Desde entonces, la fe dejó de ser una búsqueda ética y espiritual, y se transformó en
adhesión obligatoria a postulados elaborados por una élite clerical. Esta transformación
implicó una pérdida crucial: la imagen de Jesús como guía humano y liberador, cuya vida y
enseñanza apuntaban a la justicia social, fue reemplazada por una figura trascendente,
menos desafiante para la autoridad. Al centrar la fe en la naturaleza divina de Cristo y no en
la imitación de su praxis, el dogma diluyó el potencial transformador de su mensaje.
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iento original de Jesús no requería
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cuya autoridad ya no se basaba en la ejemplaridad ética, sino en la interpretación exclusiva
del dogma y en el control de los sacramentos. Esta estructura consolidó una Iglesia aliada al
poder, con obispos convertidos en actores políticos y religiosos de primer orden.
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sta alianza desvió el foco de la fe
. E
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ensaje del
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eino de Dios -una llamada urgente a la
transformación de las estructuras de opresión- fue reemplazado por un sistema litúrgico
centrado en la ortodoxia y la salvación individual. Las devociones rituales y el culto a la
figura divina de Cristo, si bien proporcionaron consuelo y pertenencia, terminaron por
desplazar la energía espiritual hacia la esfera privada, dejando de lado la dimensión pública
y liberadora del mensaje de Jesús.
Esta mutación convirtió el cristianismo en un instrumento de domesticación. Una población
centrada en recitar correctamente el credo es más fácilmente gobernable que una
movilizada por ideales de justicia y equidad. El desplazamiento de la praxis hacia la
obediencia doctrinal consolidó un modelo útil al orden político dominante, más interesado
en el control que en la transformación.
El Concilio de Nicea no fue meramente un evento teológico; fue la institucionalización de
una ideología. En este proceso, el mensaje espiritual se convirtió en dogma, y la misión
profética fue sofocada en beneficio de los poderes dominantes. La verdad revelada se
definió a partir de los intereses del poder político, los cuales, históricamente, están al
servicio del poder económico. Aunque esta fórmula dogmática proporcionó una cohesión
social centralizada, al mismo tiempo silenció voces, marginó espiritualidades alternativas y
bloqueó cualquier posibilidad teológica más cercana al espíritu original de Jesús.
El legado de Nicea perdura. La estructura eclesial consolidada en el Concilio dio origen a
una relación simbiótica entre el poder político y la autoridad religiosa. Este modelo tuvo
consecuencias profundas en la configuración de las sociedades occidentales, donde los
aspectos espirituales quedaron subordinados a intereses estratégicos. En esencia, el
cristianismo que prevaleció fue sólo una acomodación a un mundo y un sistema que se
negaba a transformar. El dogma oficial, el culto que genera y el personal que lo administra
se han convertido en un pilar de apoyo del orden social injusto que busca perpetuarse.
Frente a esta historia, resulta legítimo preguntarse: ¿cuánto de lo que hoy se considera
revelación fue en realidad una decisión política? ¿Qué se perdió al imponer una única
interpretación de Jesús y su mensaje? La recuperación de estas preguntas no busca
relativizar la fe, sino devolverle su carácter dinámico y su capacidad crítica.
En un contexto donde resurgen las teologías de liberación y las búsquedas espirituales
autónomas, se vuelve urgente rescatar el núcleo ético y transformador del mensaje de Jesús.
No como nostalgia, sino como horizonte: una fe que no sirva al poder, sino que lo
cuestione. Sólo así podrá emerger un cristianismo más fiel a su origen: comprometido con
la justicia, centrado en la vida, y libre de las cadenas del dogma impuesto.